Los barcos de barro
Cada cierto tiempo aparecen frases que parecen contener una verdad completa.
«Si te hundes hasta el fondo, no regreses sin la perla.»
Es una buena frase.
Invita a encontrar algo valioso en medio de la dificultad. A no desperdiciar las caídas. A regresar con un aprendizaje entre las manos.
Pero con los años he aprendido que la vida rara vez es tan ordenada.
No siempre bajamos al fondo por decisión propia.
A veces nos empujan.
Una enfermedad.
Una pérdida.
Una decepción.
Un error.
Una circunstancia que nunca elegimos.
Y cuando estamos allí abajo descubrimos algo incómodo: no siempre hay una perla esperándonos.
A veces encontramos una respuesta.
A veces encontramos una pregunta más grande.
Y a veces no encontramos nada.
Salvo la necesidad de volver a subir.
Porque el fondo nunca fue nuestro hogar.
Solo un lugar de paso.
Como tantas otras cosas.
Porque estamos de paso.
Siempre lo hemos estado.
Desde el primer día.
Caminamos durante un tiempo con una mochila al hombro. A veces ligera. A veces pesada. Dentro vamos guardando personas, recuerdos, errores, afectos, heridas, canciones y despedidas.
Hay cosas que pesan.
Hay cosas que sostienen.
Y lo más curioso es que muchas veces son exactamente las mismas.
Con el tiempo descubrimos que algunos problemas terminan convirtiéndose en puntos de apoyo. Que ciertas derrotas nos enseñan a caminar mejor que algunas victorias. Que el miedo no es más que una forma temporal de ceguera. Que la resignación es una forma lenta de morir y que la aceptación es el primer paso para volver a vivir.
Y seguimos caminando.
No porque conozcamos el destino.
No porque estemos seguros de encontrar respuestas.
Simplemente porque no queremos vivir de rodillas.
La vida exige movimiento.
A veces crecer.
A veces proteger.
A veces construir.
A veces destruir aquello que ya no sirve.
A veces empuñar una espada.
A veces ofrecer sombra.
A veces caminar acompañado.
Y otras hacerlo solo durante un tramo.
Las personas que amamos hacen el viaje más hermoso. Más cálido. Más llevadero. Nos ayudan a cargar la mochila y nos enseñan a mirar el mundo desde lugares que nunca habríamos descubierto por nuestra cuenta.
Pero incluso cuando se marchan, el camino continúa.
Porque ellas nunca fueron el camino.
Fueron compañeros de viaje.
Maravillosos.
Irrepetibles.
Pero compañeros.
Y entonces seguimos avanzando con lo que dejaron en nosotros.
No porque olvidemos.
Porque recordamos.
Y porque vivir también consiste en honrar lo recibido.
Durante mucho tiempo pensé que la vida tenía que ver con encontrar perlas.
Hoy no estoy tan seguro.
Quizá porque cada vez recuerdo más una imagen de mi infancia.
Cuando llovía en el barrio, el agua bajaba desde las calles más altas formando pequeñas barranqueras. Nosotros recogíamos barro y construíamos barcos. Les clavábamos un palo de helado en el centro y pegábamos un triángulo de papel a modo de vela. Después los soltábamos corriente abajo y corríamos detrás de ellos para ver cuál resistía más tiempo.
Aquellos barcos no estaban hechos para durar.
Lo sabíamos.
El agua acabaría deshaciéndolos.
La corriente terminaría imponiéndose.
Pero eso nunca fue lo importante.
Lo importante era construirlos.
Verlos navegar.
Acompañarlos un tramo.
Y volver a empezar.
Quizá por eso hoy pienso que Dios no nos entregó una perla escondida en el fondo del océano.
Quizá nos entregó barro.
Y una corriente.
Y la libertad de decidir qué hacemos con ambos.
Hay quienes se sientan en la orilla a lamentarse porque el agua arrastra todo cuanto toca.
Hay quienes pasan la vida buscando tesoros ocultos.
Y hay quienes se arremangan, toman el barro entre las manos y construyen un barco.
Sabiendo que no será eterno.
Sabiendo que la corriente acabará llevándoselo.
Sabiendo incluso que quizá nadie recuerde que existió.
Pero construyéndolo igualmente.
Porque el sentido nunca estuvo en la permanencia.
Estuvo en la creación.
En la voluntad de participar.
En la decisión de dejar algo de nosotros flotando sobre las aguas mientras atravesamos este mundo.
Y cuando llegue el momento de partir, sospecho que no me preguntaré cuántas perlas encontré.
Me preguntaré qué hice con el barro que me fue entregado.
Y si fui capaz de convertir una parte de él en algo que navegara un poco más lejos que yo.
