No tengáis miedo
Hubo una vez un sueño que era Roma.
Tan frágil que apenas podía susurrarse. Tan delicado que parecía capaz de desvanecerse al contacto con la realidad. No era una ciudad. No era un imperio. Era una posibilidad.
Y todas las posibilidades importantes son frágiles.
Lo son los hijos cuando todavía no han nacido. Lo son los proyectos cuando apenas ocupan unas líneas en una libreta. Lo son las amistades que empiezan a construirse. Lo son las verdades que todavía no han encontrado las palabras adecuadas para ser pronunciadas.
Vivimos rodeados de miedo porque vivimos rodeados de cosas que amamos.
Miedo a perderlas.
Miedo a no estar a la altura.
Miedo al ridículo.
Miedo al fracaso.
Miedo a la enfermedad.
Miedo a descubrir que el mundo no será tan amable como esperábamos.
El miedo forma parte de la condición humana. Negarlo sería tan absurdo como negar la lluvia o la gravedad.
Sin embargo, hay algo que siempre me ha llamado la atención.
Quienes utilizan el miedo para controlar a otros rara vez necesitan hacerles daño.
Les basta con convencerlos de que el daño es posible.
Porque el miedo tiene una virtud terrible: trabaja solo.
Una vez instalado, comienza a reducir horizontes. Convierte los caminos en amenazas. Las oportunidades en riesgos. Los sueños en imprudencias. Las preguntas en silencios.
Y poco a poco nos lleva a una forma extraña de muerte.
Seguimos respirando.
Seguimos caminando.
Seguimos ocupando espacio.
Pero dejamos de vivir.
Morimos un poco cada día para evitar morir algún día.
Y ese intercambio suele ser una mala operación.
Por eso me conmueve tanto la frase del Evangelio:
No tengáis miedo.
No la escucho como una orden.
La escucho como un gesto de compañía.
Como la mano de alguien que conoce perfectamente la tormenta y, aun así, señala el horizonte.
No está diciendo que el peligro no exista.
Está diciendo que no merece gobernarnos.
Porque la vida siempre ha sido frágil.
Lo fue Roma.
Lo fue cada sueño que mereció la pena.
Lo fueron todas las grandes historias.
La diferencia nunca estuvo en la ausencia de miedo.
La diferencia estuvo en lo que decidimos hacer a pesar de él.
Hay quienes dedican la vida a protegerse.
Y hay quienes dedican la vida a construir.
A veces ambas cosas parecen compatibles.
Pero llega un momento en que hay que elegir.
Yo siempre he admirado a quienes siguen construyendo.
A quienes siguen teniendo hijos aunque sepan que sufrirán por ellos.
A quienes defienden una idea aunque puedan perder.
A quienes dicen la verdad aunque resulte incómoda.
A quienes siguen creyendo en las personas después de haber sido decepcionados.
No porque sean valientes.
Porque comprenden algo esencial.
Que lo contrario de vivir no es morir.
Lo contrario de vivir es renunciar.
Todos tenemos un remanso al que intentamos llegar.
Un lugar donde las aguas se calman.
Donde la energía puede dedicarse a crear en lugar de defenderse.
Donde las verdades no necesitan disfrazarse.
Donde la paz deja de ser una aspiración para convertirse en una forma de habitar el mundo.
Ese remanso también es frágil.
Como Roma.
Como los sueños.
Como el amor.
Como la fe.
Como la esperanza.
Pero quizá precisamente por eso merece la pena.
Porque las cosas eternas suelen comenzar siendo apenas un susurro.
Y porque ningún ser humano debería abandonar aquello que ama por miedo a la tormenta.
No tengáis miedo.
No porque el mar vaya a tranquilizarse.
No porque el viento vaya a desaparecer.
No porque las olas vayan a dejar de golpear la embarcación.
No tengáis miedo porque existe un remanso.
Y porque algunas travesías merecen la pena incluso antes de llegar a él.
