Hay algo

miércoles, junio 24, 2026 Permalink 0

Hay algo

Con devoción a Juan Rulfo y a sus delicadas cartas a Clara.

Hay frases que admiramos.

Y hay frases que nos encuentran.

No llegan para enseñarnos algo nuevo. Llegan para recordarnos algo que habíamos olvidado.

Durante años creí que las palabras servían para expresar.

Para ordenar pensamientos.

Para trasladar emociones.

Para convencer.

Para construir puentes entre lo que sentimos y lo que los demás son capaces de comprender.

Y entonces apareció una frase.

Siete palabras sencillas escondidas en una carta de amor.

Nada más.

Ni promesas.

Ni juramentos.

Ni fuegos artificiales.

Tan solo:

”Hay algo en todo lo tuyo que a mi corazón le gusta mucho.”

Y el mundo se detuvo un instante.

No por la frase.

Por lo que despertó.

Porque comprendí que llevaba años mirando en la dirección equivocada.

Creía que la literatura consistía en encontrar las palabras exactas.

Y resulta que consiste en encontrar a la persona capaz de recibirlas.

No eres tú.

Nunca has sido tú.

Es quien te escucha.

Es quien se reconoce en ellas.

Es quien siente cómo algo se mueve por dentro mientras permanece en silencio.

Es quien descubre una puerta donde antes solo veía una pared.

Tal vez por eso Clara sigue existiendo.

No porque fuera Clara.

Sino porque todos hemos sido Clara alguna vez.

Todos hemos sentido el impacto de una frase que parecía dirigida a otro y, sin embargo, nos alcanzaba de lleno.

Todos hemos recibido alguna vez el regalo de sentirnos vistos.

No observados.

No analizados.

No descritos.

Vistos.

Por completo.

Y quizá ahí reside el misterio de la frase.

No dice qué le gusta.

No lo explica.

No lo enumera.

No intenta capturar el milagro para exhibirlo.

Solo reconoce su existencia.

Hay algo.

Nada más.

Y nada menos.

Porque las cosas verdaderamente importantes suelen llegar así.

Sin nombre.

Sin permiso.

Sin lógica suficiente.

Como una luz que entra por una rendija y revela una habitación que siempre estuvo allí.

La mayoría de las declaraciones amorosas hablan del otro.

Esta habla del asombro.

Del instante en que una persona descubre que la palabra “todo” todavía puede significar algo.

Todo.

Tus luces.

Tus sombras.

Tus silencios.

Tus contradicciones.

Tus heridas.

Tus días brillantes y tus días imposibles.

Todo.

Sin necesidad de seleccionar.

Sin necesidad de corregir.

Sin necesidad de comprender completamente.

Y entonces ocurre algo extraordinario.

La admiración deja de ser una elección.

Se convierte en una forma de mirar.

Quizá por eso la frase me golpeó con tanta fuerza.

No porque hablara del amor.

Sino porque hablaba de la verdad.

De esa verdad rara que no necesita adornos para ser inmensa.

Y porque me obligó a hacerme una pregunta que llevaba años evitando.

¿Qué ocurre cuando uno se abre en canal y todavía encuentra algo que merece la pena?

La respuesta llegó antes que las palabras.

Llegó como llegan las cosas importantes.

Con alivio.

Con gratitud.

Con una sonrisa inesperada.

Qué difícil es abrirse en canal.

Y qué placentero es descubrir que todavía queda alguien en casa cuando llamas a la puerta de tu propio corazón.

Quizá por eso seguimos leyendo.

Quizá por eso seguimos escribiendo.

Quizá por eso seguimos buscando.

Porque de vez en cuando aparece una frase capaz de retirar el polvo acumulado sobre una parte olvidada de nosotros mismos.

Y entonces comprendemos que el milagro no estaba en las palabras.

El milagro era seguir siendo capaces de sentirlas.

Y sentirnos dignos de ellas.

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