Hacia la luz
Hay días en los que creemos que la vida se rompe. Un fracaso, una ausencia, una traición o una enfermedad llegan sin pedir permiso y sentimos la tentación de pensar que todo ha terminado. Es entonces cuando miramos hacia atrás buscando el instante en que dejamos de ser quienes éramos, como si el pasado pudiera devolvernos una versión intacta de nosotros mismos.
Llamamos pasado a las figuras caprichosas que el humo dibuja cuando el tiempo ya ha apagado el fuego. Las contemplamos porque hablan de lo vivido, pero ninguna puede caminar por nosotros. Las cicatrices pueden convertirse en una carga o en un punto de apoyo. La resiliencia nos mantiene en pie cuando el viento arrecia; la superación transforma aquello que nos hizo caer en el lugar desde el que volvemos a impulsarnos.
Vivimos buscando la primera cerilla, aquella chispa irrepetible que nos descubrió el fuego. Y sufrimos porque sabemos que nunca volverá a ser la primera. Sin embargo, la vida nunca nos prometió repetir el milagro. Nos ofreció algo mucho más generoso: la posibilidad de seguir encontrando nuevos fuegos. No se trata de conservar el asombro. Se trata de vivir, emocionarse, ilusionarse, fracasar, levantarse y añadir cada experiencia al balance de una existencia que permanece abierta mientras respiramos.
La vida no nos garantiza balances siempre favorables. Habrá pérdidas que dolerán durante años y otras que jamás comprenderemos. Pero mientras el libro permanezca abierto, ninguna cifra tiene la última palabra. Siempre queda un asiento por escribir, una experiencia capaz de cambiar el valor del conjunto.
El mal existe. A veces llega desde las decisiones de otros; otras, desde el azar. Siempre hiere. Pero el mal tiene un límite que la luz no tiene: no sabe crear. Puede destruir un jardín, pero no hacer brotar una flor. Puede apagar una lámpara, pero no inventar el amanecer.
Entonces comprendemos algo que casi siempre confundimos: el precio y el valor no son la misma cosa. La vida nos hace pagar precios que nunca habríamos elegido. Pero también nos ofrece la posibilidad de descubrir un valor que ninguna pérdida puede comprar.
La vida comienza de verdad cuando dejamos de medir lo que cuesta y empezamos a descubrir lo que vale.
Y cuando eso sucede, algo cambia silenciosamente. Empezamos a dar valor a lo que nos rodea y, casi sin darnos cuenta, descubrimos que nosotros también formamos parte de ese valor.
Existe un instante imposible. Dura menos que un latido. Todo acaba de convertirse en pasado, el presente se desvanece mientras intentamos nombrarlo y el futuro todavía no ha tenido tiempo de nacer.
Nadie puede vivir allí. Pero quien ha rozado esa frontera escribe de otra manera. Ya no busca tener razón. Solo intenta dejar una verdad antes de que el tiempo vuelva a ponerse en marcha.
Quizá, al final, no contemos los años. Tal vez recordemos las veces que elegimos seguir caminando cuando detenerse parecía lo más fácil. Las veces que una piedra dejó de ser un obstáculo para convertirse en un punto de apoyo. Las veces que una primera vez volvió a aparecer disfrazada de algo completamente distinto.
Porque la luz nunca obliga.
Solo espera.
Y cada mañana, mientras el humo dibuja nuevas figuras sobre el recuerdo del fuego, vuelve a formular la misma pregunta:
¿Qué valor vas a crear hoy?
