A lomos de los arabescos del viento
Hay misterios que se revelan cuando consiguen mover algo.
El viento es uno de ellos.
Nadie lo ha visto jamás.
Vemos la rama que se inclina, la nube que acelera, la vela que se tensa, el cabello que abandona por unos segundos cualquier disciplina. Sentimos la humedad que trae del mar, unas motas de sal pegándose a la cara, el descenso repentino de la temperatura cuando decide jugar alrededor de nuestra nuca.
Sabemos que está ahí porque algo ha cambiado.
Quizá por eso, desde que aprendimos a mirar hacia arriba, concedimos el viento a los dioses.
Algo que nadie puede sujetar, encorsetar ni ordenar completamente tenía que pertenecer a un territorio superior.
Podríamos considerarlo un dios menor.
Caprichoso.
Invisible.
Libre.
A veces llega como un remanso tibio y nos envuelve.
Otras refresca una tarde que empezaba a pesar demasiado.
Puede robarnos el aroma de algo que tenemos delante y traernos, en cambio, el olor de un lugar que está a kilómetros.
Hurta y entrega.
Transporta.
Mezcla.
Juega.
Hasta que alguna vez deja de hacerlo.
Entonces baja la temperatura, enseña los dientes y aquel dios pequeño se convierte en dragón.
Ruge.
Levanta el mar.
Arranca.
Golpea.
Devasta cuanto encuentra a su paso con la indiferencia de quien jamás necesitó preguntarse por las consecuencias.
Y después se marcha.
Sin disculparse.
Sin explicar nada.
Porque el viento nunca explica.
Actúa.
Quizá por eso me fascina su movimiento.
Nunca he imaginado el viento avanzando en línea recta.
Para mí, el viento dibuja arabescos.
Sube.
Cae.
Gira.
Retrocede.
Se retuerce.
Te empuja desde un lado y, cuando creías haber entendido su dirección, aparece por el otro.
Tiene algo del bebé que se enfada y parece dispuesto a romper cuanto encuentra a su alrededor para, un instante después, regalarte una carcajada como si nada hubiera sucedido.
Así es el viento.
Y quizá así sea también buena parte de la vida.
Nosotros, sin embargo, adoramos las líneas rectas.
Queremos saber de dónde salimos, adónde vamos, cuánto tardaremos y qué encontraremos al llegar.
Dibujamos planes.
Calculamos rutas.
Construimos certezas.
Y después aparece el viento.
Una persona.
Una oportunidad.
Una pérdida.
Una casualidad.
Una conversación.
Una idea.
Algo que no figuraba en nuestros mapas y que, de repente, modifica la dirección.
Entonces podemos cerrar las ventanas.
Podemos escondernos.
Podemos enfadarnos porque la realidad ha vuelto a incumplir nuestros planes.
Podemos intentar luchar contra los elementos.
Aunque quizá exista otra posibilidad.
Aprenderlos.
Porque venir a luchar contra los elementos significa haber decidido antes de empezar que tenemos un enemigo.
Y ningún ser humano vence al océano.
Nadie derrota una montaña.
Nadie somete al viento.
La montaña se asciende.
El océano se atraviesa.
El viento se aprende.
Lo saben quienes viven cerca del mar.
Y quizá nadie lo sepa mejor que quienes se acercan a las rocas de Galicia mientras el Atlántico rompe contra ellas para arrancar unos percebes.
Desde fuera parece una lucha.
No lo es.
Si un percebeiro intentara demostrar que es más fuerte que el mar, probablemente no regresaría.
Lo observa.
Lee las olas.
Calcula.
Espera.
Sabe cuándo acercarse y cuándo retroceder.
Y durante unos segundos, cuando el océano concede el espacio suficiente, entra.
No lucha.
Está preparado.
Esa diferencia puede contener una vida entera.
Porque hay momentos en los que debemos esperar.
Otros en los que debemos protegernos.
Algunas veces habrá que retroceder.
Y existirán esos instantes extraordinarios en los que todo cuanto hemos aprendido parece reunirse para decirnos una sola palabra:
ahora.
Entonces hay que ir.
La serendipia necesita encontrarnos allí.
No ocurre únicamente porque algo inesperado aparezca.
Necesita que alguien sea capaz de reconocer que aquello inesperado podría convertirse en posibilidad.
Miles reciben el mismo viento.
Solo algunos despliegan la vela.
Por eso no creo demasiado en quedarse esperando a que la vida suceda.
Hay que estar en el mar.
No puedes arribar a aguas calmas o angostas si nunca has abandonado el puerto.
Puedes estudiar durante años las corrientes.
Perfeccionar el barco.
Memorizar los mapas.
Esperar el viento perfecto.
Eliminar todos los riesgos.
Y continuar exactamente donde estabas.
Para llegar hay que zarpar.
Y para zarpar hay que aceptar algo que ninguna carta de navegación puede resolver:
no controlaremos completamente el viaje.
Eso no significa renunciar al destino.
Una cosa es aceptar el arabesco y otra vivir a la deriva.
Hay que querer llegar.
Hay que mirar el horizonte.
Hay que levantar alguna vez los ojos hacia las estrellas y sentir esa antigua provocación de todo aquello que todavía está demasiado lejos.
Necesitamos destinos.
No para convertirlos en cárceles.
Para tener razones.
Porque llegar no consiste únicamente en ocupar un lugar.
Llegar es consumar.
Hay destinos a los que solo podemos arribar después de habernos convertido en alguien capaz de alcanzarlos.
Por eso llegar también es ser.
Pero ni siquiera eso basta.
¿Para qué queremos ser más si todo termina en nosotros?
¿Para qué aprender?
¿Para qué superar?
¿Para qué conseguir?
¿Para qué acercarnos a las estrellas si después vamos a guardar el cielo en un cajón?
Quizá llevemos demasiado tiempo imaginando la vida como una acumulación.
Más cosas.
Más éxitos.
Más conocimientos.
Más experiencias.
Más reconocimientos.
Más.
Y quizá el viento lleve todo este tiempo explicándonos exactamente lo contrario.
El viento no conserva.
Hace circular.
Toma el aroma de una flor y lo deposita lejos de ella.
Levanta una semilla y la entrega a otra tierra.
Recoge sal del océano y la deja sobre nuestra piel.
Encuentra una vela y la empuja.
Encuentra las aspas de un molino y las convierte en movimiento.
El viento recibe y entrega.
Nosotros podemos hacer conscientemente lo que él hace por naturaleza.
Vivir para compartir.
Superar para compartir.
Conseguir para compartir.
Crecer no para ocupar cada vez más espacio, sino para aumentar aquello que podemos ofrecer dentro de él.
Quizá por eso el verdadero viaje nunca termine en la cima.
Ni en la estrella.
Ni siquiera en el destino.
Hay que regresar.
Siempre me ha parecido profundamente humano que podamos mirar el firmamento deseando alcanzarlo y, al mismo tiempo, después de mucho tiempo lejos, sentir una necesidad casi animal de volver a poner los pies sobre la tierra.
Volamos.
Pero ansiamos regresar.
No porque el cielo nos haya quedado grande.
Porque tenemos algo que hacer aquí abajo.
El pájaro necesita viento para volar y una rama para posarse.
El navegante puede amar el océano y desear el puerto.
El percebeiro entra en el mar precisamente porque quiere salir de él.
Hasta quien consiguiera cabalgar un dragón acabaría buscando algún lugar donde desmontar.
Aterrizar no es descender.
Es consumar el vuelo.
Porque lo importante no es solamente aquello que vimos allí arriba.
Es qué sucede con nosotros cuando volvemos.
Y quizá aquí hayamos cometido otro error.
Pensábamos que debíamos regresar trayendo algo.
Un trofeo.
Una prueba.
Un pedazo de estrella.
Algo que pudiéramos colocar sobre una mesa y señalar diciendo:
mira lo que conseguí.
Pero algunos de los grandes viajes de nuestra vida terminan exactamente al contrario.
Regresamos con las manos abiertas.
El corazón abierto.
El alma abierta.
Una sonrisa demasiado grande para ocultarla.
La mirada vidriosa.
La piel marcada.
La arenisca pegada a la cara como testimonio de que aquello no fue un sueño.
Y nada más.
Vacíos de materia.
Pero llenos de energía.
Quizá ese sea el verdadero tesoro.
No aquello que conseguimos retener.
Aquello en lo que nos convertimos mientras intentábamos llegar.
Imagino entonces el último vuelo.
El viento completamente desbocado.
Bravío.
Poderoso.
Tan cercano a la vida como aliado de la muerte.
Las espuelas intentando conservar alguna dirección sobre un arabesco que se niega a obedecer.
La arenisca golpeando el rostro.
Los ojos húmedos.
El corazón acelerado.
Y por un instante ya no sabemos si estamos cabalgando el viento o si el viento ha decidido cabalgarnos a nosotros.
Da igual.
Nos hemos encontrado.
Sinergia.
Él aporta una fuerza que nunca podremos poseer.
Nosotros aportamos intención.
Y durante unos segundos sucede algo que ninguno habría podido crear por separado.
Volamos.
No contra él.
Con él.
No luchamos contra los elementos.
Los superamos formando parte de ellos.
Y entonces comprendemos que la vida quizá nunca nos pidió tener suficiente fuerza para controlarla.
Nos pidió algo más difícil.
Estar disponibles.
Leer.
Esperar.
Aprender.
Reconocer el instante.
Y cuando llegue…
lanzarnos.
Porque siempre habrá razones para permanecer en tierra.
Siempre podremos esperar un viento más favorable.
Una certeza mayor.
Un mapa más preciso.
Una oportunidad más segura.
Pero ninguna estrella se alcanza desde el puerto.
Hay que salir.
Hay que estar allí para que la serendipia pueda encontrarnos.
Hay que ofrecer alguna vela al viento.
Hay que aceptar el arabesco.
Hay que atreverse a mirar hacia arriba sin perder la memoria de la tierra.
Y alguna vez, cuando todo encaje, habrá que subir al dragón.
Sin intención de domesticarlo.
Sin promesas de victoria.
Simplemente para descubrir hasta dónde somos capaces de llegar juntos.
Después volveremos.
Claro que volveremos.
Con las manos abiertas.
El corazón abierto.
El alma abierta.
Quizá cansados.
Quizá cubiertos de polvo y sal.
Quizá con alguna cicatriz nueva.
Pero sonriendo.
Y cuando alguien nos pregunte qué hemos traído de un viaje tan largo, podremos mirar nuestras manos vacías sin sentir que falta absolutamente nada.
Porque finalmente habremos comprendido:
no hemos venido a acumular vida.
Hemos venido a hacerla circular.
A vivir para compartir.
A superar para compartir.
A conseguir para compartir.
A mirar las estrellas para regresar después y contar que estaban allí.
A dejarnos multiplicar por fuerzas que nunca nos pertenecerán.
A aprender que llegar no siempre significa traer algo.
A veces llegar significa poder volver, poner los pies sobre la tierra, mirar a quienes nos esperan y descubrir que tenemos mucho más que entregar precisamente porque ya no necesitamos conservarlo.
Quizá eso sea culminar.
Llegar hasta donde soñábamos.
Regresar hasta donde pertenecemos.
Y hacerlo vacíos de materia y llenos de energía.
Así que cuando vuelva a soplar el viento no intentes preguntarle adónde va.
Probablemente tampoco él lo sepa.
Abre la ventana.
Mira cómo dibuja.
Escucha.
Aprende sus tiempos.
Y si alguna vez reconoces tu arabesco…
sube.
Hay vuelos que no necesitan llevarnos más lejos.
Solo necesitan conseguir que, cuando volvamos a tocar tierra,
seamos capaces de abrir las manos.
