Las cajas
Duerme en las cajas
lo que aún tiene valor.
Miro hacia otra luz.
Tengo unas cajas cerradas desde 2017.
Sé lo que hay dentro. O creo saberlo.
Algún cuadro. Figuras. Documentos. Libros. Objetos que durante años estuvieron cerca de mí, compartiendo silenciosamente los días en un despacho que entonces era parte de mi vida.
Cuando me marché, lo guardé todo.
No escogí demasiado. Hay momentos en los que uno no tiene ganas de decidir qué merece quedarse y qué puede abandonar. Simplemente recoge. Protege. Cierra.
Después, la vida siguió.
Las cajas también.
A veces las miro y pienso que debería abrirlas. Poner unas buenas estanterías, recuperar algunas piezas, ordenar los libros, encontrar un lugar bonito para cada cosa.
Podría hacerlo.
Pero no me da.
Y durante mucho tiempo pensé que aquello era desorden, pereza o una de esas tareas que vamos dejando para un sábado que nunca llega.
Ahora no estoy tan seguro.
Porque las cosas siempre tienen un valor, pero no siempre despiertan interés.
Y ambas cosas pueden convivir sin hacerse daño.
Dentro de una de aquellas cajas hay tres libros que estuvieron juntos durante mucho tiempo: una Biblia, El arte de la guerra y Maquiavelo.
Encima había una calavera.
De mentira.
Conviene aclararlo.
Algún amigo me preguntaba cómo podía juntar cosas aparentemente tan distintas.
Nunca me pareció extraño.
Quizá porque nunca leí los libros para pertenecer a ellos. Los leí para llevarme algo.
Y me lo llevé.
Los libros siguen en las cajas.
Lo aprendido, no.
Supongo que nos ocurre con muchas más cosas.
Cuántas acumulamos.
Cuántas aprendemos.
Cuántas vivimos.
Cuántas interiorizamos.
Cuántas compartimos.
Cuántas queremos.
Cuántas llegamos a odiar.
Durante un tiempo algunas ocupan casi toda la habitación. Pensamos en ellas al despertarnos. Las defendemos. Las perseguimos. Nos enfadamos por ellas. Las acariciamos. Hacemos planes alrededor de su existencia.
Y un día siguen teniendo exactamente el mismo valor…
pero nuestra mirada está en otra parte.
No sé cuándo sucede.
Quizá no suceda de golpe.
Un día dejamos de llamar.
Otro dejamos de preguntar.
Una fotografía permanece más tiempo en el cajón.
Un libro que nos acompañó durante años empieza a coger polvo.
Una discusión que necesitábamos ganar pierde inexplicablemente su urgencia.
Un lugar al que jurábamos regresar continúa siendo hermoso, pero ya no hacemos planes para volver.
Incluso algunas versiones de nosotros mismos empiezan a parecernos así.
Las recordamos.
Sabemos cuánto necesitaron luchar.
Podemos reconocer todo lo que consiguieron.
Incluso sentir cariño por aquel que fuimos.
Pero ya no necesitamos vestirnos como él.
Y no pasa nada.
Tal vez nos equivocamos cuando pensamos que avanzar exige renunciar.
Como si para marcharnos de algún lugar necesitáramos convencer a nuestro corazón de que nunca fue tan hermoso.
Como si dejar de querer algo significara descubrir que no merecía ser querido.
Como si una historia necesitara terminar mal para justificar que haya terminado.
Hay cosas que fueron maravillosas y acabaron.
Personas que fueron importantes y se alejaron.
Sueños que conseguimos y después dejaron de interesarnos.
Otros que abandonamos sin que por eso fueran absurdos.
Palabras que un día necesitamos escuchar y que hoy apenas recordaríamos.
Todo permanece de alguna manera.
En el cerebro.
En el alma.
Que cada uno elija dónde guarda sus cajas.
Quizá una vida no sea más que una acumulación de pequeños apuntes.
Algunos subrayados.
Otros escritos deprisa.
Unos pocos con tanta fuerza que dejaron marca en la página siguiente.
Y muchos que nunca hemos vuelto a leer.
Pero no desaparecieron por eso.
Forman parte del cuaderno.
Tal vez crecer tenga algo que ver con dejar de exigir a cada cosa que alguna vez fue importante que siga siéndolo de la misma manera.
Reconocer su huella.
Agradecer su valor.
Y permitir que nuestro interés camine hacia otro sitio.
Sin culpa.
Sin desprecio.
Sin necesidad de tirar nada por la ventana.
Mis cajas continúan cerradas.
Puede que algún día las abra.
Quizá encuentre aquella calavera y me haga gracia recordar al hombre que decidió colocarla encima de tres libros para recibir visitas.
Quizá rescate un cuadro.
Tal vez venda alguna pieza.
O puede que vuelva a cerrarlas.
No lo sé.
Hoy no necesito decidirlo.
Me basta con saber que siguen ahí.
Y que casi nada de lo verdaderamente importante continúa dentro.
Porque algunas cosas que aprendí de aquellos libros ya no necesitan que los abra.
Algunas personas que conocí ya no necesitan estar cerca para haber dejado algo en mí.
Algunos lugares a los que no regresaré siguen formando parte de mi camino.
Y algunos hombres que fui ya no necesitan volver para que pueda reconocerlos como míos.
Quizá por eso las cajas no me llaman.
No están vacías.
Soy yo quien ya no está dentro.
