A dos centímetros

miércoles, agosto 19, 2026 Permalink 0

A dos centímetros

Tiembla la luz.
Tu aliento busca el mío.
Amanece cerca.

Hoy me he despertado a dos centímetros de ti.

Me embriagaba la distancia, los aromas, los leves movimientos, los espasmos, las posibilidades, el encanto.

Y me he quedado allí.

Mirándote.

A dos centímetros el mundo pierde su definición. También tu rostro. Ya no puedo verte entera. Apenas una pestaña, la curva de tus labios, un mechón desordenado, ese movimiento pequeño que haces al respirar y que probablemente desconoces porque nadie puede mirarse mientras duerme.

Yo tampoco lo conocía.

Hay cosas de ti que solo aparecen cuando no estás pendiente de mostrarlas.

Quizá por eso no he querido despertarte.

Al principio aprendí a escucharte. Parece poca cosa, pero no lo era. Después empecé a reconocer esos silencios tuyos que pedían una pregunta y aquellos otros que solo querían que me quedara cerca.

Alguna vez pregunté cuando debía haber callado.

Otras acerté.

Supongo que conocerse también consiste en eso: equivocarse sin salir corriendo, regresar al día siguiente y descubrir que todavía queda algo por aprender.

Con el tiempo empecé a recordar pequeñas cosas tuyas sin hacer ningún esfuerzo por guardarlas.

Una historia que dejaste a medias.

Algo que te hacía ilusión.

Aquello que fingiste que no te había dolido tanto.

Una canción.

La manera en que cambias ligeramente la voz cuando algo te importa de verdad.

No sé cuándo ocurrió.

Solo sé que un día algo que te preocupaba empezó a preocuparme un poco también.

Y continuamos acercándonos.

No siempre hacia delante.

Hubo días fáciles y otros en los que unos pocos centímetros parecían necesitar un puente. Algún entusiasmo demasiado rápido. Alguna duda. Una palabra que llegó antes de tiempo y otra que tardó demasiado.

También aprendimos a retroceder.

A esperar.

A volver.

Hay personas que entran en nuestra vida haciendo ruido y otras que van dejando pequeñas cosas sobre la mesa.

Nosotros fuimos dejando cosas.

Primero aquellas que no importaba demasiado perder.

Después alguna un poco más frágil.

Una torpeza.

Un miedo.

Una verdad sin terminar.

Una parte de nosotros que todavía no sabíamos muy bien cómo explicar.

Y esperábamos.

Quizá la confianza empezara así.

No el día en que nos contamos algo importante, sino cuando descubrimos que aquello que habíamos dejado en manos del otro seguía allí, intacto, cuando regresábamos a buscarlo.

Entonces dejamos algo más.

Sin darnos cuenta fuimos llenando la mesa.

Pero nunca toda.

Me gusta que sea así.

Hay habitaciones tuyas en las que todavía no he entrado. Algunas quizá nunca las conozca. También yo conservo las mías.

No necesito abrirlas todas.

Hace tiempo que dejé de creer que conocer a alguien significa poseer su mapa completo.

Prefiero saber dónde puedo caminar descalzo.

Y seguimos.

Hubo risas.

Curiosidad.

Recelo alguna vez.

Ternura otras.

Ese deseo extraño de prolongar una conversación aunque ya no quedara nada importante que decir.

Hasta que apareció la piel.

Sin anunciarse.

Una mano que permaneció un instante más de lo necesario.

Tu cabeza encontrando mi hombro.

Mis dedos apartándote el pelo.

Una mirada que empezó en tus ojos y alguna vez se olvidó de regresar a tiempo.

Pequeñas cosas.

La piel tiene esa costumbre de decir bajito lo que las palabras todavía están pensando.

Y esta mañana todo parece haberse reunido aquí.

En estos dos centímetros.

Puedo sentir el aire tibio de tu respiración.

A veces llega hasta mis labios.

Podría acercarme.

Claro que podría.

Bastaría casi nada.

Un movimiento pequeño y desaparecería esa distancia que ahora mismo me parece enorme.

Pero no quiero.

No así.

Porque puedo recorrer mi mitad del camino.

Puedo llegar hasta aquí.

Puedo esperarte.

Lo que no puedo es caminar también la tuya.

Esa te pertenece.

Así que permanezco quieto.

Y te miro.

Hay algo hermoso en descubrir que cuanto más cerca estoy de ti, menos puedo verte entera.

A dos centímetros no existe la perspectiva.

Solo fragmentos.

Tu piel.

Una pestaña.

El nacimiento de una sonrisa que todavía no sé si estoy imaginando.

Tu respiración mezclándose algunas veces con la mía.

Quizá conocerte haya sido precisamente esto.

No conseguir verte completa.

Sino aprender a querer también aquello que no alcanzo a ver.

El tiempo pasa.

O eso supongo.

A esta distancia también él ha perdido su definición.

Entonces te mueves.

Muy poco.

Abres los ojos.

Me encuentras allí.

Durante unos segundos no dices nada.

Yo tampoco.

Me miras como si intentaras averiguar cuánto tiempo llevo despierto.

Después sonríes.

Apenas.

Y vuelves a cerrar los ojos.

Creo que vas a seguir durmiendo.

Pero entonces ocurre.

Te acercas.

No mucho.

No hace falta.

Tu respiración ya no necesita viajar hasta encontrar la mía.

Y yo sigo quieto.

Porque después de tanto tiempo aprendiendo tus palabras, tus silencios, tus distancias y alguna de tus pieles, por fin entiendo que aquellos dos centímetros nunca fueron míos.

Tampoco tuyos.

Eran el pequeño lugar que habíamos dejado entre los dos para saber si algún día ambos querríamos recorrerlo.

Yo ya había dado mi paso.

Esta mañana,

¿Darás el tuyo?

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