Tardes de humo, whisky y risas
Zapatos nuevos.
Ilusiones viejas.
Madres cargando.
Nunca bebimos tanto.
El humo tampoco era para tanto.
Las risas sí.
O era al revés.
No me acuerdo.
Da igual.
Hay cócteles que se estropean cuando intentas recordar las proporciones.
Todo solía empezar con cierta dignidad. Un vaso, algo de humo buscando el techo y una conversación razonablemente inteligente.
Éramos adultos.
Sabíamos comportarnos.
Incluso conocíamos gente seria.
No nos sirvió de mucho.
Bastaba con que uno dijera algo ligeramente inconveniente.
No una barbaridad. Eso habría sido demasiado fácil.
Una pequeña cosa.
De esas que deberían pasar desapercibidas si enfrente tienes a una persona sensata.
Ese era el problema.
Nunca había una persona sensata enfrente.
—Si seguimos así vamos a acabar diciendo alguna estupidez.
—Probablemente.
—Y mañana nos arrepentiremos.
—También.
—Entonces paramos.
—¿Por qué?
Primer charco.
Todavía llevábamos los zapatos secos.
Hay personas que cuando dices una tontería intentan devolverte a la sensatez.
Son necesarias.
Merecen nuestro respeto.
Incluso nuestra admiración.
Pero no necesariamente otra copa.
Las peligrosas son las otras.
Las que reciben una estupidez y, pudiendo dejarla morir dignamente, deciden alimentarla.
Si dices que hay una jirafa dentro del ascensor, no preguntan qué hace allí.
Preguntan:
—¿Sube o baja?
Y ya está.
Acabas de perder la tarde.
Porque ahora hay que saber dónde vive la jirafa.
—En el quinto.
—¿Y por qué utiliza el ascensor?
—Las escaleras le dan vértigo.
—Normal.
Chof.
A partir de ahí, regresar empieza a parecernos una pérdida de tiempo.
Una tarde alguien habló de la sabiduría.
Grave error.
—Los maestros tienen que transformarte. Si no, solo sirven para ponerlos en una estantería.
Hubo asentimientos.
Alguna mirada profunda.
El humo adoptó una de esas formas que adopta el humo cuando quiere colaborar con la solemnidad.
Entonces alguien dijo:
—Hay que digerir a los maestros.
Silencio.
Había frases que merecían morir solas.
Aquella era una.
—¿Ahora me vienes con la ballena de Geppetto?
Y durante unos segundos hubo una ballena en la habitación.
No necesitábamos más.
Seguimos bebiendo.
Otro día apareció un samurái.
Ese tenía cierta justificación porque hablábamos de lealtad, muerte, estrategia y esas cosas que uno dice cuando lleva un whisky y todavía conserva la esperanza de parecer interesante.
—La muerte puede ser parte de una estrategia mayor.
El samurái asintió.
—Eso lo dice porque lleva katana.
—Tú tienes sacacorchos y tampoco eres sumiller.
El samurái desapareció.
Probablemente ofendido.
O muerto.
Aunque, siendo samurái, tampoco estaba claro que hubiese mucha diferencia.
Fue entonces cuando descubrimos que la solemnidad es un animal extraordinariamente fácil de cazar.
Solo hay que esperar.
Siempre acaba asomando la cabeza.
A veces viene disfrazada de sentencia.
—Existen tres verdades.
—Pues con una ya me manejo regular.
Otras aparece con voz grave.
—Tenemos que ser inevitables.
—¿Antes o después de cenar?
Y alguna vez adquiere dimensiones preocupantes.
—Esto necesita profundidad.
Entonces aparece el 300.
No sabemos quién lo invitó.
Poco después llega el 497 cargado de metáforas.
Tampoco conseguimos echarlo.
Por suerte alguien pone música.
—¿Secret Garden?
—Ya la hemos utilizado.
—¿Kitaro?
—Déjalo para otro día.
—¿Los Beatles?
Desde algún lugar parecen escucharse siete voces pequeñas bastante cabreadas.
Nadie pregunta.
Hemos aprendido.
La experiencia sirve fundamentalmente para saber qué preguntas no conviene hacer.
Entonces aparece Brad Pitt.
Trae algarrobas.
Tampoco preguntamos.
Hay amistades que pueden sobrevivir a muchas cosas.
No conviene someterlas innecesariamente a todas.
Servimos otro whisky.
—Macallan.
—Buena elección.
—¿Solo?
—Depende de la vía de administración.
Otra vez aquel silencio.
Largo.
Denso.
Innecesariamente médico.
—Ni se te ocurra.
—No he dicho nada.
—Lo estabas pensando.
—Pensar todavía no es delito.
—En tu caso hay jurisprudencia pendiente.
Chof.
Los zapatos ya dan exactamente igual.
Y quizá ahí empieza lo mejor.
No cuando aparece la ocurrencia.
Sino cuando el otro decide no salvarte de ella.
Porque una estupidez aislada puede ser simplemente una estupidez.
Pero si alguien la recoge con cuidado, la observa, le da la vuelta y te la devuelve ligeramente empeorada, acabamos de fabricar algo.
No sabemos qué.
Tampoco hace falta.
Una tarde aparece Totó.
Otra, Pépinot esperando un sábado.
En alguna entra un cocodrilo únicamente porque alguien quiere despedirse.
—Hasta luego, cocodrilo.
Nadie pregunta qué cocodrilo.
Eso sería de principiantes.
Otro día alguien empieza a silbar.
Mal.
Naturalmente.
No sé por qué los recuerdos importantes parecen necesitar una banda sonora y las mejores tonterías funcionan perfectamente desafinadas.
Quizá porque durante esas tardes ocurre algo extraño.
Dejamos de exigirle utilidad a cada minuto.
Eso resulta casi revolucionario.
Pasamos la vida haciendo cosas para algo.
Trabajamos para conseguir.
Pensamos para comprender.
Hablamos para convencer.
Leemos para aprender.
Caminamos para llegar.
Hasta descansamos para estar mañana descansados.
Qué agotamiento.
Aquello no.
Aquello no sirve para nada.
Y defendemos rigurosamente que siga siendo así.
Si por accidente aparece una conclusión interesante, alguien tiene la obligación moral de estropearla.
—Cuando olvidas empiezas a comprender en silencio.
Pausa.
Humo.
Miradas.
Aquello promete.
—¿Pedimos algo de comer?
Gracias.
Salvados.
Porque tampoco todas las tardes tienen obligación de enseñarnos algo.
Algunas pueden limitarse a ocurrir.
Un vaso.
Algo de humo.
Una estupidez.
Otra peor.
Y alguien enfrente con suficiente inteligencia para comprender que debería detenerte y suficiente ruindad para no hacerlo.
Eso es un privilegio.
Supongo que por eso las mejores tardes no las recuerdo por lo que dijimos.
Recuerdo el mecanismo.
Uno encontraba un charco.
Miraba al otro.
El otro sabía perfectamente qué estaba pensando.
—Ni se te ocurra.
Chof.
A veces venía la colleja.
También formaba parte del juego.
Porque la verdadera ruindad necesita conocer las consecuencias.
De niño, cuando te dicen que no pises un charco, entiendes perfectamente la instrucción.
Ves el agua.
Ves tus zapatos nuevos.
Ves a tu madre.
Y sabes que tu madre también te está viendo a ti.
No eres idiota.
Incluso puedes calcular con bastante precisión el calibre de la represalia.
Pero hay un problema.
El charco está ahora.
La colleja viene después.
—Si hacemos eso nos van a castigar.
—Sí.
—Entonces no lo hacemos.
—No he dicho eso.
—Nos van a castigar.
—Sí.
—¿Y?
—Pero ahora no.
Qué argumento.
Irrefutable durante aproximadamente cinco minutos.
Suficiente.
Después uno crece.
Aprende prudencia.
Calcula riesgos.
Mide palabras.
Anticipa consecuencias.
Compra zapatos que no debe mojar.
Y procura caminar por la acera.
Incluso llega el día en que escucha su propia voz diciendo:
—Niño, deja ya de joder…
Y se queda un segundo en silencio.
Porque reconoce la voz.
No sabe exactamente cuándo ocurrió.
Pero en algún momento dejó de ser el niño de la pelota y empezó a parecerse sospechosamente a quien le pedía que dejara de jugar con ella.
Hasta que una tarde se sienta frente a alguien que tampoco parece tener excesivo interés en comportarse según su edad.
Hay un vaso.
Algo de humo.
Una conversación que empieza decentemente.
Y alguien dice una pequeña estupidez.
Levantas la mirada.
Sabes perfectamente lo que deberías hacer.
Cambiar de tema.
No seguir.
Conservar la dignidad.
Pero el otro está esperando.
Sonríe.
Mal asunto.
Durante un instante vuelve el samurái.
Geppetto niega conocer a ninguna ballena.
Totó prepara el proyector.
Pépinot pregunta si hoy es sábado.
Los enanitos regresan a casa.
El 300 intenta ponerse solemne mientras el 497 busca una metáfora para explicarlo.
Brad Pitt pasa por la puerta.
Lleva algarrobas.
No.
No preguntes.
Alguien sirve otro whisky.
Y durante un instante vuelves a tener ocho años.
—Como sigamos así nos van a castigar.
—Seguro.
—¿Paramos?
Miras el vaso.
Después al otro.
Fuera empieza a llover.
Sonríes.
—Pero ahora no.
Horas después salimos.
El humo queda dentro.
También los vasos.
De las conversaciones no recordamos gran cosa.
Probablemente sea mejor así.
Nunca bebimos tanto.
El humo tampoco era para tanto.
Las risas sí.
O quizá era al revés.
Da igual.
Hay cócteles que se estropean cuando intentas recordar las proporciones.
Nos ponemos las chaquetas.
Intentamos recuperar una dignidad que hace horas abandonó el local por su cuenta.
Abrimos la puerta.
Ha dejado de llover.
Justo delante hay un charco.
Lo vemos.
Nos detenemos.
Nos miramos.
Somos adultos.
Personas responsables.
Sabemos perfectamente lo que corresponde hacer.
Desde algún lugar vuelve aquella voz:
—Niño, deja ya de joder…
Demasiado tarde.
Chof.
