La casa que tienes delante

lunes, agosto 24, 2026 Permalink 0

La casa que tienes delante

La casa sigue.
Bajo sus nuevos muros,
duermen los otros.

Hay una casa al final de una calle.

Nada parece especial en ella. Tiene las paredes recién pintadas, unas ventanas abiertas y algunas plantas que alguien habrá regado esta mañana. Si paso por delante, probablemente la mire unos segundos y continúe caminando.

Lo que no sé es que esa casa fue destruida cincuenta veces.

Y reconstruida otras tantas.

No estuve allí cuando cayó la primera pared. No vi cómo sacaban los muebles entre los cascotes ni conozco las manos que volvieron a colocar las piedras. Tampoco sé si después de la décima vez alguien pensó en marcharse, ni por qué decidió quedarse.

Yo solo conozco la casa que tengo delante.

Y eso me inquieta.

Porque quizá hacemos lo mismo con casi todo.

También con las personas.

Llegamos a sus vidas cuando la película lleva mucho tiempo empezada y, después de observar unas cuantas escenas, creemos conocer el argumento.

Vemos cómo hablan, cómo miran, cómo reaccionan.

Nos gusta algo.

Nos incomoda otra cosa.

Y poco a poco construimos nuestra propia casa sobre la suya.

La persona que es.

La que nos gustaría que fuese.

Y la que ven los demás.

Tres verdades habitando las mismas habitaciones.

He utilizado muchas veces esas tres miradas para intentar comprender lo que ocurre. Ninguna me parece inútil. El problema empieza cuando olvido desde cuál estoy mirando.

Porque puedo querer tanto una casa que continúe viéndola hermosa cuando hace tiempo que amenaza ruina.

Puedo haberla visto caer tantas veces que siga buscando grietas incluso después de haber sido reconstruida.

Y puedo pasar por delante por primera vez, verla resplandeciente y pensar que siempre fue así.

Las tres miradas pueden engañarme.

Por eso algunas historias necesitan tiempo.

No para justificarlas.

Para comprenderlas.

Hay paredes que alguien levantó mucho antes de conocernos.

Puertas que encontramos cerradas y cuya llave jamás estuvo en nuestro bolsillo.

Habitaciones en las que entramos con naturalidad y no sabemos cuánto tiempo permanecieron vacías.

Hay personas que aprendieron a desconfiar antes de que llegáramos nosotros y otras que todavía son capaces de abrir todas las ventanas después de haber tenido que reconstruirlas demasiadas veces.

Nada de eso se ve desde la acera.

El cuerpo también tiene memoria.

La tiene la piel.

La manera de caminar.

Ese pequeño gesto con el que alguien aparta la mirada cuando tocamos sin querer un lugar que no sabíamos que existía.

También la tienen las raíces.

Una palabra que escuchamos demasiadas veces de pequeños.

La forma en que vimos quererse a quienes estaban antes.

Una ausencia que terminó convirtiéndose en costumbre.

Alguna habitación heredada que nunca elegimos construir y que, sin embargo, forma parte de nuestra casa.

Quizá por eso conocer a alguien no consista únicamente en acercarse.

Hay que aprender a mirar sus paredes sin pensar inmediatamente en pintarlas de nuestro color.

Preguntar alguna vez qué hubo allí.

Escuchar.

Y aceptar también que habrá habitaciones a las que nunca entraremos.

No todo lo que una persona es tiene obligación de explicarse ante nosotros.

Pero cuanto más conocemos su historia, menos posibilidades tenemos de confundir una fachada con una vida.

La historia tampoco lo explica todo.

Hay casas que se reconstruyen cincuenta veces y vuelven a caer.

Eso también me hace pensar.

Durante años hemos admirado a quien vuelve a levantarse. Y hay razones para hacerlo. Algunas personas poseen una fuerza que solo descubrimos cuando todo lo que parecía sostenerlas desaparece.

Recogen una piedra.

Después otra.

Y vuelven a empezar.

Pero quizá llega un momento en que la pregunta ya no es cuántas veces somos capaces de reconstruir.

Quizá haya que preguntarse por qué seguimos haciéndolo exactamente en el mismo lugar.

Porque podemos ser resistentes sin comprender.

Podemos sobrevivir sin aprender.

Podemos conocer perfectamente nuestra historia y continuar repitiéndola.

La herida cicatriza aunque no sepamos por qué nos hicimos daño.

La conciencia hace otra cosa.

Nos permite mirar el terreno.

Recordar dónde empezó aquella grieta.

Preguntarnos por qué siempre cedía la misma pared.

Y alguna vez decidir que la casa número cincuenta y uno no tiene por qué levantarse sobre los mismos cimientos.

Tal vez ni siquiera tenga que levantarse allí.

Eso no convierte las cincuenta anteriores en un fracaso.

Fueron nuestra casa.

Dormimos dentro.

Amamos dentro.

Nos protegieron de muchas noches.

Alguna vez lloramos cuando se derrumbaron.

Todo aquello fue verdad.

Pero que algo haya sido nuestro hogar no significa que estemos obligados a reconstruirlo eternamente.

También hay pequeñas muertes así.

No llevan flores ni funerales.

Un día simplemente descubrimos que algo que creíamos imprescindible ha terminado.

Una posición.

Una certeza.

Una forma de vivir.

Una relación.

Incluso alguien que fuimos durante muchos años.

Al principio miramos las ruinas y creemos que estamos contemplando el final.

Quizá porque vemos demasiado cerca.

Con el tiempo he aprendido a desconfiar un poco de los finales.

A veces aquello que parecía una muerte era solamente una parte de una lucha mucho mayor.

Perdimos una habitación intentando salvar la casa.

Perdimos la casa y descubrimos otro lugar.

O permanecimos un tiempo sentados sobre los cascotes hasta que alguien se acercó y, sin preguntar demasiado, empezó a retirar piedras.

Es curioso quién aparece entonces.

Cuando la casa está iluminada y hay comida en la mesa resulta difícil saber quién ha venido a vernos y quién simplemente disfruta de la cena.

Los cascotes son menos educados.

Hacen algunas presentaciones que las fiestas nunca consiguen hacer.

Hay quien desaparece.

Quien observa desde la otra acera.

Quien se acerca únicamente para comprobar cuánto hemos perdido.

Y alguna vez aparece aquel con quien discutimos durante años, se quita la chaqueta, se remanga y empieza a ayudarnos.

Por eso tampoco estoy demasiado seguro de que amigos y enemigos sean categorías eternas.

Las posiciones cambian.

Las personas también.

La lealtad necesita tiempo para dejarse ver.

No siempre está en quien nos da la razón.

A veces vive en quien nos contradice de frente y permanece cuando sería mucho más fácil marcharse.

Se reconoce mejor cuando quedarse cuesta algo.

Y para descubrirla también necesitamos conocer la historia.

Quién estuvo cuando había paredes.

Quién cuando solo quedaban piedras.

Quién regresó.

Quién cambió.

Y a quién habíamos juzgado nosotros desde la acera sin saber absolutamente nada de la casa en la que estaba viviendo.

Quizá por eso cada vez me cuesta más pronunciar sentencias rápidas sobre las personas.

No porque todo sea justificable.

No lo es.

Sino porque una fotografía contiene demasiada poca vida.

Hoy puedo encontrarte sentado sobre los restos de algo y pensar que estás derrotado.

Mañana puedo pasar por el mismo lugar y encontrar una casa magnífica.

En ninguno de los dos momentos sabré realmente quién eres si desconozco lo ocurrido entre ambos.

Y ni siquiera conocer tu historia me concederá el derecho a explicarte.

Solo me permitirá acercarme un poco mejor.

Tal vez de eso se trate.

De acercarnos sabiendo que llegamos tarde.

Que antes de nosotros hubo otras habitaciones, otras manos, otras tormentas.

Que la persona que tenemos delante ha sido muchas personas antes de encontrarnos.

Y que nosotros también lo hemos sido.

Podemos mirar.

Podemos preguntar.

Podemos escuchar.

Incluso podemos ayudar alguna vez a levantar una pared.

Pero antes de decidir dónde estamos y con quién estamos, convendría recordar algo muy sencillo.

La casa que tenemos delante es real.

Sus ventanas, sus grietas y la luz que sale esta noche de alguna habitación son reales.

Pero no son toda la casa.

Debajo quedan piedras que nunca veremos.

Y quizá comprender a alguien empiece precisamente ahí:

no intentando descubrirlas todas,

sino aprendiendo a caminar por su casa

sin olvidar que existieron.

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