¿Dónde vas?
Quizá llevas tiempo caminando y nunca te lo habías preguntado.
No importa. Tampoco hace falta detenerse cada mañana para decidir el sentido de la vida antes del desayuno.
Caminamos.
Elegimos unas cosas y dejamos otras atrás. Acertamos. Nos equivocamos. A veces creemos haber llegado cuando apenas hemos cambiado de sitio. Otras, un paso que parecía insignificante termina llevándonos mucho más lejos de lo que habíamos imaginado.
Y mientras tanto miramos hacia delante.
Demasiado.
Como si todo lo que pudiera ayudarnos tuviera necesariamente que estar allí.
Pero mira alrededor.
Hay personas que vienen de lugares hacia los que tú todavía caminas. Otras regresaron. Algunas se perdieron. Muchas encontraron caminos que a ti ni siquiera se te habían ocurrido.
Hace años tuve que operarme.
El médico me explicó que había que hacerlo. Después vendría un protocolo, unos tiempos, una evolución… ya veríamos.
Él sabía perfectamente lo que tenía que hacer.
Yo quería saber qué iba a pasar conmigo.
Pregunté. No conseguí entenderlo.
Entonces busqué a un amigo que había pasado por algo parecido.
—Cuéntame.
Y me contó.
No sabía más medicina que el médico. No podía operarme. No podía garantizarme nada.
Simplemente había estado allí.
Después ocurrió casi todo como me había contado: los procedimientos, los tiempos, las pequeñas cosas que nadie considera suficientemente importantes hasta que eres tú quien tiene que vivirlas.
Mi amigo no solucionó mi problema.
Amplió mi capacidad para atravesarlo.
Quizá hacemos eso constantemente unos con otros y apenas nos damos cuenta.
Lo que hoy para ti es un mundo puede ser un territorio que alguien recorrió ayer.
Y lo que para ti ya es cotidiano puede ser exactamente aquello que otro todavía no sabe cómo afrontar.
No necesitas convertirlo en maestro.
Ni convertirte tú en discípulo.
Escucha.
Después haz lo que quieras.
Porque nadie puede entregarte su experiencia sin que deje de ser suya, pero tú puedes tomar algo de ella, mezclarlo con lo que sabes, con lo que eres, con aquello que deseas, con tus errores y hasta con tu miedo, y construir una posibilidad que antes no estaba.
Entonces ocurre algo extraño.
Dejamos de avanzar solamente con nuestros propios pasos.
Una conversación nos ahorra una vuelta. Una advertencia evita un golpe. Un error ajeno nos permite cometer otro diferente. Una idea contradice la nuestra y nos obliga a ensancharla. Alguien nos muestra una puerta que llevaba años delante de nosotros.
Y nosotros hacemos lo mismo.
Con una palabra.
Con un poema.
Con una conversación que quizá olvidaremos mañana.
Con una mirada sostenida apenas unos segundos.
Con algo que aprendimos hace treinta años y entregamos una tarde sin concederle demasiada importancia.
Vivimos rodeados de fragmentos de vidas ajenas.
No para obedecerlos.
Para disponer también de ellos.
Ahí empieza a multiplicarse el camino.
Porque cuando lo que yo he vivido se encuentra con lo que tú has aprendido y ambos dejamos espacio para lo que otro todavía puede descubrir, ya no avanzamos sumando.
Algo se expande.
No sé hasta dónde.
Y prefiero no saberlo.
Tampoco sé dónde vas.
No voy a decírtelo.
Solo sé que tienes tus pies, tus decisiones, tu experiencia y aquello que todavía eres capaz de hacer con ellas.
Pero levanta de vez en cuando la mirada.
Hay mucho más alrededor.
Personas que llegaron antes. Personas que vienen detrás. Algunas caminarán contigo apenas unos metros. Otras permanecerán durante años. Incluso alguien a quien nunca conocerás puede haberte dejado una frase, una canción, una idea con la que mañana resolverás algo que hoy parece imposible.
Toma lo que te sirva.
Transforma lo que puedas.
Devuelve algo cuando llegue el momento.
Y sigue.
Porque quizá la pregunta nunca fue solamente:
¿Dónde vas?
Quizá también importe descubrir cuánto mundo puedes llevar contigo sin dejar de elegir tus propios pasos.
