
2020 Donde la emoción aprende a quedarse
Hubo un tiempo en que todo ardía sin medida.
En que cada palabra era una huida hacia adelante
y cada abrazo, una forma de no caer.
Vivía como quien se lanza al mar
sin saber si hay fondo,
sin preguntarse siquiera si quiere volver.
Amaba así.
Pensaba así.
Escribía así.
Y, sin embargo, algo empezó a cambiar.
No fue un golpe.
No fue una pérdida concreta.
Fue más sutil… más incómodo.
Empecé a quedarme.
A quedarme en las preguntas que antes evitaba.
A sostener el silencio sin llenarlo de metáforas.
A mirar lo que sentía sin necesidad de embellecerlo.
Descubrí que la emoción no necesita gritar
para ser verdad.
Que el deseo no pierde fuerza por ser comprendido.
Que el dolor, cuando no se disfraza,
deja de ser enemigo.
Aprendí que no todo lo intenso es profundo.
Y que lo profundo, casi siempre,
es más sencillo de lo que uno quiere admitir.
Dejé de acumular imágenes
y empecé a elegirlas.
Dejé de escribir para impresionar
y empecé a escribir para no mentirme.
Y en ese tránsito —incómodo, lento, necesario—
algo se ordenó.
No dejé de sentir.
Pero dejé de desbordarme.
No dejé de buscar.
Pero entendí que no todo merece ser perseguido.
No dejé de amar.
Pero dejé de hacerlo como quien se pierde.
Ahora, cuando escribo,
no intento salvar nada.
No intento retener a nadie.
No intento demostrar.
Solo dejo que lo vivido
ocupe su lugar exacto.
Ni más grande.
Ni más pequeño.
Porque al final,
después del fuego,
después del ruido,
después de todas las versiones de uno mismo…
queda esto:
una emoción que ya no huye,
una verdad que no necesita adornos,
y una forma de estar en el mundo
que, por primera vez,
no pide permiso para quedarse.
