
Diciembre 2010 — Donde vivir deja de ser una búsqueda y pasa a ser una elección
Hay un momento en el que dejas de pelear con lo que te ocurre. No porque todo esté resuelto, ni porque hayas encontrado respuestas definitivas, sino porque entiendes algo más simple y más difícil a la vez: la vida no necesita ser controlada para poder ser vivida.
Y ahí cambias.
No abandonas.
Te sueltas.
Dejas que el tiempo avance sin exigirle que encaje en lo que esperabas. Te subes a su ritmo, no para dejarte arrastrar, sino para acompañarlo con una mezcla extraña de lucidez y locura. Sabes lo que has pasado. Sabes lo que has aprendido. Y aun así, eliges no endurecerte.
Eso es nuevo.
El amor sigue presente, pero ya no pesa igual. No es urgencia ni necesidad. Es compañía. Es lenguaje. Es un espacio donde puedes estar sin perderte. Donde lo que fue no compite con lo que es, y lo que será no genera ansiedad.
Te permites sentir sin exigir resultado.
Y eso te libera.
Miras atrás y no necesitas reconstruir nada. Lo vivido está ahí, con sus luces y sus grietas, formando parte de ti sin necesidad de ser revisado constantemente. No hay nostalgia innecesaria. No hay lucha por reinterpretar lo que ya fue.
Hay aceptación.
Y desde ahí, aparece algo distinto.
Empiezas a mirar hacia adelante.
No con un plan rígido, ni con una ambición desmedida. Con curiosidad. Con una intención suave pero firme de seguir avanzando, de seguir construyendo, de no quedarte en lo que ya conoces.
Porque entiendes que vivir no es llegar.
Es moverse.
Y en ese movimiento, hay algo que permanece.
No eres quien eras.
Tampoco eres aún quien imaginas ser.
Pero eres suficiente para este momento.
Y eso basta.
Diciembre no cierra el año.
Lo abre.

