Escenas que me acunan
Hay escenas que nunca se marchan.
Solo esperan.
Esperan una tarde con la misma luz.
Una lluvia parecida.
El olor de una madera vieja calentándose al sol.
O el silencio suficiente para volver a llamar a nuestra puerta.
Porque hay recuerdos que no regresan cuando los llamas.
Lo hacen cuando la vida vuelve a tener la misma temperatura que el día en que nacieron.
…
Hay una silla de madera en un jardín.
Lleva tantos años allí que el sol ya conoce cada una de sus vetas.
Ha soportado lluvias, perros, niños, conversaciones interminables y tardes en las que nadie se sentó en ella.
No se queja.
Sigue esperando.
Quizá un día deje de ser una silla.
Y, sin embargo, sospecho que todavía le quedará una última forma de acompañar a alguien.
Hay cosas que, incluso cuando dejan de ser lo que fueron, continúan dando calor.
…
Una mañana me pinché con una rosa.
Mientras miraba el dedo con esa absurda costumbre que tenemos de fijarnos primero en el dolor, un hombre que llevaba media vida trabajando con las manos levantó la vista y dijo:
—Para poder decir que se ha pinchado con una rosa, primero hay que tener una rosa… y un jardín.
Nunca volvió a hablar de aquello.
No hizo falta.
Desde entonces, cuando algo duele, antes de mirar la espina intento recordar el jardín.
…
Hay un niño caminando bajo la lluvia.
Lleva un chubasquero demasiado grande para su cuerpo.
No corre para resguardarse.
Corre porque al final del camino lo esperan sus amigos.
Todavía no sabe que un día echará de menos aquella lluvia.
Ni aquel camino.
Ni siquiera las ganas de llegar antes que nadie.
Solo vive.
Y eso basta.
…
Hay alguien que canta sin afinar y mira alrededor esperando un aplauso.
Alguien que aprieta una mano en una habitación de hospital porque ya no sabe ofrecer nada más.
Alguien que hoy no consiguió lo que esperaba y, aun así, mañana volverá a levantarse.
Un anciano que tarda unos segundos más en ponerse en pie.
Un perro dormido al sol.
Una ventana abierta una tarde cualquiera.
No sé por qué.
Pero algunas escenas parecen saber más de nosotros que nosotros mismos.
…
Quizá por eso nunca he buscado la perfección.
He buscado otra cosa.
Que la realidad se vuelva tan generosa que hasta lo imposible me parezca cotidiano.
No porque el mundo cambie.
Porque mi manera de mirarlo todavía sea capaz de hacerlo.
…
Si mientras leías estas líneas has sentido, aunque solo fuera durante un instante, el calor de una silla que ya no existe…
Si has vuelto a caminar bajo una lluvia que creías olvidada…
Si has recordado unas manos, una voz o una tarde que el tiempo había dejado en silencio…
No has recordado.
Has vuelto.
Entonces, amigo mío…
acabas de descubrir la inmortalidad.
Y te la regalo de corazón.
