La reencarnación del espíritu

martes, agosto 18, 2026 Permalink 0

La reencarnación del espíritu

Sed de mi mente.
Eclosiona la vida.
Arribo a la orilla.

No hay mayor ponzoña que un hola no contestado.

Es una palabra pequeña. Apenas necesita aire para pronunciarse. La dejamos delante de alguien casi sin pensar, como quien acerca una silla para que otro se siente.

Y algunas veces la silla queda vacía.

Entonces hacemos lo que tan bien sabemos hacer: empezamos a llenarla.

Quizá no me ha oído. Quizá estaba pensando en otra cosa. Quizá tiene prisa. Quizá ya no quiere hablar conmigo. Quizá aquel gesto de ayer. Quizá aquella palabra. Quizá nosotros. Quizá yo.

Somos escultores de metáforas. Nos basta un silencio para empezar a trabajar la piedra. Una mirada se convierte en distancia; una ausencia, en sospecha; cuatro letras sin respuesta pueden terminar sosteniendo una historia que nadie escribió.

Y seguimos.

Corremos.

Corremos desde que aprendemos que quedarse quieto no siempre nos acerca a ninguna parte. Por calles conocidas y caminos que todavía no tienen nombre. Corremos detrás de pequeñas glorias, de días soleados, de alguien que se aleja o de nosotros mismos cuando no queremos encontrarnos.

A veces corremos incluso sin movernos.

Basta una discusión absurda en la mesa. Una puerta que se cierra un poco más fuerte de lo necesario. Dos personas sentadas muy cerca que ya no saben cómo llegar la una hasta la otra.

Debe de haber pocas soledades tan extrañas como esa.

Escuchar respirar a alguien y no encontrar dónde dejar una palabra.

Compartir techo y seguir buscando refugio.

Tener compañía y echar de menos una retaguardia.

Porque quizá no necesitemos que alguien nos comprenda siempre. Ni que nos dé la razón. Ni siquiera que encuentre las palabras adecuadas.

A veces bastaría con saber que podemos dejar de vigilar nuestra espalda.

Por eso inventamos jardines secretos.

Una habitación. Una canción. Una carretera que conduce a ninguna parte. Un banco desde el que mirar cómo cae la tarde. Un hombro. Una mano.

El mío algunas veces tiene agua.

Voy al mar con intención de mirarlo.

Eso me digo.

Me siento cerca y dejo que haga lo suyo. Que venga. Que se vaya. Que vuelva a venir sin cansarse de repetir el mismo gesto.

Quizá por eso termino descalzándome.

Primero entra un pie.

El agua está más fría de lo que esperaba.

Después el otro.

Camino hasta que la arena empieza a desaparecer debajo de ellos y el cuerpo recuerda movimientos que la cabeza no necesita enseñarle.

Sigo entrando.

Hasta que dejo de hacer pie.

Y entonces floto.

No ocurre nada.

El mundo no se detiene. Nadie borra los mensajes pendientes. Ninguna discusión encuentra de repente las palabras que le faltaban. Las personas que se fueron no regresan. Las que están lejos siguen lejos.

Ni siquiera aquel hola recibe respuesta.

Pero durante unos minutos dejo de preguntarme por qué.

El agua no sabe quién soy.

No conoce mis aciertos ni mis torpezas. No le interesan mis planes. No espera nada de mí. No tiene opinión sobre aquello que debería haber dicho o callado.

Me sostiene igual.

Y quizá por eso cierro los ojos.

No para no ver.

Para sentir mejor.

El ruido queda en algún lugar de la superficie. También el cincel.

Por un momento no hay nada que interpretar.

Agua fría en los hombros.

Sal en los labios.

El sonido de mi respiración.

Un cuerpo que sube y baja muy despacio.

Y un cielo que, cuando vuelvo a abrir los ojos, sigue exactamente donde estaba.

No sé cuánto tiempo permanezco así.

Hay momentos que se estropean cuando intentamos medirlos.

Después regreso.

Los pies encuentran otra vez la arena. El cuerpo recupera su peso. Camino hacia fuera mientras el agua va abandonándome poco a poco.

En la orilla me espera todo.

La ropa.

Los zapatos.

El teléfono.

Mi nombre.

Me seco.

La toalla se llena de arena y cuesta ponerse la camiseta sobre la piel mojada. Miro la pantalla casi por costumbre.

Nada.

Guardo el teléfono.

No siento que haya aprendido ninguna lección.

Tampoco soy otro.

Quizá el lienzo simplemente tenga ahora algún espacio donde volver a pintar.

Empiezo a caminar.

Todavía llevo sal en la piel.

A unos metros alguien viene en dirección contraria. No lo conozco. Durante un instante nuestros ojos coinciden.

Podría seguir andando.

Pero levanto ligeramente la cabeza.

—Hola.

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