Piruetas
Dibuja una línea.
No preguntes todavía qué significa.
Puede ser un camino, una frontera, el horizonte o simplemente una línea.
Déjala respirar.
Nos hemos acostumbrado demasiado pronto a poner nombre a las cosas. A decidir qué son, dónde empiezan, dónde terminan y, sobre todo, qué debemos pensar de ellas.
Quizá por eso confundimos tantas veces avanzar con movernos.
El espíritu que no cambia está condenado a orbitar permanentemente.
Puede recorrer millones de kilómetros.
Y no haber ido a ninguna parte.
Giramos alrededor de nuestras certezas, de nuestros miedos, de aquello que alguna vez aprendimos y dejamos de preguntarnos. Cambiamos el paisaje, las personas, las palabras.
Y seguimos dando vueltas.
Hasta que algo no encaja.
Una verdad que quizá nunca lo fue.
Una certeza que envejeció.
Una línea que, vista desde otro lugar, ya no parece una frontera.
Entonces podemos cerrar los ojos y continuar orbitando.
O mirar.
Mirar de verdad.
Porque cuando algo deja de ser verdad se abren demasiadas posibilidades.
Podemos negarlo.
Disfrazarlo.
Buscar otra mentira que lo sostenga.
Culpar a alguien.
Dejar que otros decidan qué debemos ver.
O hacer algo mucho más incómodo:
cambiar.
No para tener siempre razón.
Precisamente para no necesitar tenerla.
Quizá por eso seguimos cayendo por madrigueras.
Persiguiendo conejos.
Mirando dibujos que algunos llaman sombreros y otros aseguran que esconden elefantes.
No importa demasiado quién acierte primero.
Importa no entregar nuestra mirada.
Aceptar todas las posibilidades sin conceder a todas el mismo derecho a ser verdad.
Imaginar.
Dudar.
Contrastar.
Volver a imaginar.
Circular. Orbitar. Transitar.
No son lo mismo.
Circular es moverse.
Orbitar es aceptar un centro.
Transitar es atravesar algo sabiendo que probablemente no volveremos a ser exactamente quienes entraron.
Y quizá eso sea vivir.
No elegir entre la imaginación y la realidad.
Necesitamos las dos.
Nos hace falta suelo precisamente porque queremos saltar.
Gravedad porque queremos hacer piruetas.
Realidad porque queremos imaginar mundos que todavía no existen y regresar de ellos con algo entre las manos.
Una idea.
Una duda.
Una herida.
Una respuesta.
O simplemente otra pregunta.
Dibuja ahora un sol.
Después una casa.
Un barco.
Un avión.
Hazlos enormes.
Hazlos imposibles.
Píntalos como quieras.
El papel aguanta casi todo.
Nosotros también.
Pero de vez en cuando conviene bajar el lápiz y mirar dónde estamos.
Porque podemos creer que volamos cuando estamos cayendo.
Podemos creer que avanzamos mientras orbitamos.
Podemos incluso creer que hemos despertado cuando solamente hemos cambiado de sueño.
No pasa nada.
Volvemos a mirar.
Volvemos a dibujar.
Volvemos a cambiar.
Todo es tránsito.
También nosotros.
Y quizá algún día comprendamos que nunca se trató de acertar el dibujo.
Se trataba de conservar la libertad de imaginarlo de otra manera sin perder la capacidad de reconocer el papel.
Haz todas las piruetas que quieras.
Yo también pienso hacerlas.
Pero procura tocar tierra alguna vez.
Aunque solo sea para tomar impulso.
Y vuelve a dibujar.
Mientras quede papel.
