
Diciembre 2009 — Cosido a lo imperceptible
Libaste mi vida
y, a cambio,
te di la tuya.
No hubo cálculo.
Ni equilibrio.
Solo un gesto antiguo
que ya sabía el cuerpo
antes que la cabeza.
Te sonreí
y apenas balbuceabas.
Y entendí, sin entender,
que hay vínculos
que no se rompen
aunque dejen de verse.
El cordón no desaparece.
Se vuelve invisible.
—
Los dioses juegan.
Siempre han jugado.
Tiran dados sobre nuestras vidas
como si el error
fuera parte del diseño.
Y lo es.
En ese margen torcido,
en esa grieta leve,
se escribe lo importante.
—
Un paso al infierno.
Otro hacia tu pecho.
Y entre ambos,
un espacio pequeño
donde el viento no duele.
Ahí quise quedarme.
Ahí quise construir
algo que no se explicara.
—
Pero no todo abriga.
Hay tardes huecas
que sonríen por compromiso.
Hay caricias
que no llegan a tocar.
Hay miradas
que ya no saben sostener.
Y entonces la ilusión
se vuelve arena.
Se escapa.
Sin ruido.
—
El último suspiro de un amor
no se oye.
Se siente
cuando ya es tarde.
—
Y aun así…
algo insiste.
—
Las olas llaman.
No preguntan.
No esperan.
Solo están ahí,
rompiendo contra lo que somos
hasta que decidimos subir.
—
Sube.
Eso me dije.
Aunque no supiera cómo.
Aunque no supiera si era el momento.
Sube.
—
Porque un sueño no se alcanza.
Se domestica.
Se mira de frente
hasta que deja de asustar.
—
Camino.
Llueve.
El frío no entra.
El barro no pesa.
Hay algo más allá de la bruma
que me nombra sin decir mi nombre.
Y yo respondo.
—
Siempre estás a la espera
del sol de poniente.
Ese que no ilumina todo,
pero basta.
—
Yo también.
—
Tengo palabras.
Algunas huecas.
Otras llenas de ti.
Palabras que quieren quedarse,
coserse,
no desaparecer con el viento.
—
Tengo preguntas.
Y respuestas que no llegan.
Y aun así…
algo crece.
—
Ilusiones.
—
Porque incluso cuando no puedo,
quiero.
Incluso cuando no es,
sigo.
—
No quiero esperar a que todo sea fácil.
Prefiero el frío.
La nieve.
El roce incómodo de lo real.
—
Vivir a medias
es otra forma de no estar.
—
Aún no he despertado del todo
de lo que fui.
Y no quiero.
Guardo mis recuerdos
como se guarda lo que salva.
Pan con mantequilla.
Chocolate.
Una risa que no sabía que era importante.
—
Ahí sigue todo.
Intacto.
—
Amo lo pequeño.
Lo que no se nombra.
Lo que no pesa
pero sostiene.
—
Mi vida está hecha de eso.
De cosas que no se ven
pero no se van.
—
Cosida
a lo imperceptible.
—
Y entonces…
apareces.
—
Grana y negro.
Quieta.
Como si el mundo no fuera contigo
y aun así lo atravesaras.
—
Yo avanzo.
Tú esperas.
El viento decide.
—
Nos acerca lo justo
para no entenderlo del todo.
—
Y ahí está.
Ese punto extraño
donde todo podría ser
y nada lo es todavía.
—
No todo amor se queda.
No todo deseo sabe vivir.
No todo encuentro es refugio.
—
Pero todo deja algo.
—
Diciembre no responde.
Abre.
—
Es un cruce.
—
Donde conviven:
lo que darías sin dudar,
lo que no supiste sostener,
lo que aún quieres construir,
y lo que no vas a olvidar.
—
Y aun así…
si volviera atrás,
no cambiaría nada.
—
Porque todo esto
también soy yo.

