Reválidas
Hubo un tiempo en el que me preguntaron si querría para siempre.
Respondí lo único que sabía responder.
Te querré mientras te quiera, que quiero que sea siempre.
Durante años pensé que aquella frase hablaba del amor.
Hoy sé que hablaba de la verdad.
Porque hay promesas que nacen del deseo de tranquilizar al otro.
Y hay otras que nacen del respeto de no mentirle.
Nunca he sabido prometer el tiempo.
Pero siempre he querido prometer la intención.
Con los años he descubierto que el “siempre” nunca ocurre de una vez.
Sucede cada mañana.
Cada conversación.
Cada silencio.
Cada mano que vuelve a buscar otra mano sin preguntarse por qué.
El “siempre” no es una palabra.
Es una reválida.
La decisión íntima de volver a elegir aquello que ayer también elegiste.
No porque estés obligado.
Porque sigue pareciéndote verdadero.
Tal vez por eso nunca he entendido las despedidas del todo.
¿Para qué despedirnos si ya somos uno?
¿Dónde partir lo impalpable?
¿Qué frontera podría separar aquello que, sin pedir permiso, terminó formando parte de quien eres?
Hay personas que dejan de caminar a tu lado.
Pero nunca dejan de caminar contigo.
No porque permanezcan.
Porque te constituyen.
Aprendamos a vivir intercambiando lo que somos y lo que todavía seremos.
No para parecernos.
Sino para descubrir que toda entrega verdadera modifica discretamente a quien la recibe y también a quien la ofrece.
Caminemos espalda con espalda hacia un horizonte compartido, pergeñado con tus ansias y mi entrega; con tu anhelo y mi certeza.
Que nuestras manos no se lleven una a la otra.
Que simplemente se encuentren.
Que se acaricien distraídamente mientras el pulso se acelera.
Porque hay instantes en los que el corazón no cambia de ritmo.
Cambia el mundo que es capaz de reconocer.
He aprendido que amar nunca estuvo completamente en mis manos.
Pero sí lo estuvo no dejar de ser alguien capaz de amar.
Y esa diferencia me salvó muchas veces.
Porque hubo días en los que todo invitaba al repliegue.
Al cálculo.
A la prudencia.
Y, sin embargo, comprendí que dejar de amar para no sufrir era una forma demasiado lenta de dejar de vivir.
Siempre amaré.
No para que me amen siempre.
No porque el destino garantice permanencias.
Siempre amaré porque no sé hacer bien otra cosa.
Y quizá esa sea la única promesa que un ser humano puede cumplir sin traicionarse.
No prometer que nada cambiará.
Sino revalidar, una y otra vez, aquello que decidió ser cuando todavía miraba el mundo con la venda quitada.
