2019 Lo que queda cuando dejas de arder

sábado, abril 25, 2026 Permalink 0

Lo que queda cuando dejas de arder

Hubo un tiempo en que todo era impulso.
No había medida, ni cálculo, ni descanso.
Sentía como quien cae: sin preguntarse por la altura, sin prever el impacto.
Amar era avanzar.
Desear era suficiente.
Y perder… apenas una posibilidad remota que no merecía atención.

Pero el tiempo no negocia con la intensidad.
La observa. La deja expandirse. Y después, la recoge.

Fueron llegando los cortes sin anuncio.
Las decisiones que no tomé y también las que tomé mal.
Los silencios que no supe interpretar.
Las manos que solté antes de tiempo.
Las que retuve cuando ya no había nada que sostener.

Y entonces, sin épica, sin ruido,
empecé a apagarme.

No de golpe.
No como quien se rinde.
Sino como quien entiende.

Entiende que no todo lo que arde ilumina.
Que hay fuegos que solo consumen.
Que hay pasiones que no construyen nada más allá de su propio estallido.

Me vi desde fuera.
Cansado de repetir la misma intensidad con distintos nombres.
De llamar destino a lo que era inercia.
De confundir profundidad con exceso.

Y dolió.
No el golpe.
Sino la claridad.

Porque cuando dejas de arder,
desaparece la excusa.

Ya no puedes esconderte en la intensidad.
Ni justificarte en el impulso.
Ni disfrazar de verdad lo que solo era necesidad.

Te quedas ahí.
Con lo que realmente eres cuando nadie te empuja.
Cuando nadie te salva.
Cuando nadie te sostiene.

Y entonces aparece lo importante.

No lo brillante.
No lo urgente.
No lo que deslumbra.

Lo que queda.

Una forma distinta de mirar.
Más lenta.
Más precisa.
Menos ingenua.

Aprendes que el amor no siempre incendia.
A veces permanece.
A veces cuida.
A veces simplemente está.

Aprendes que la ausencia no siempre destruye.
A veces ordena.
A veces limpia.
A veces te devuelve a ti.

Aprendes que el dolor, si no lo dramatizas,
termina hablando en voz baja.
Y cuando baja la voz,
empieza a decir la verdad.

No soy quien era cuando todo ardía.
Tampoco soy alguien nuevo.

Soy lo que ha sobrevivido a ese fuego.

Las partes que no pudieron quemarse.
Las decisiones que, por fin, no dependen del impulso.
Las cicatrices que ya no explico, pero tampoco escondo.

Queda menos ruido.
Menos urgencia.
Menos necesidad de demostrar.

Pero hay algo que antes no estaba.

Hay dirección.
Hay criterio.
Hay una calma que no es ausencia de conflicto,
sino dominio de él.

Y en ese lugar, sin espectáculo,
sin promesas grandilocuentes,
sin fuegos que deslumbren…

empieza algo más difícil.

Algo más real.

Vivir sin arder.