La primavera siempre está delante

viernes, julio 3, 2026 Permalink 0

La primavera siempre está delante

Hay personas que creen que la vida consiste en resistir.

Yo no.

Creo que resistir es un acto de dignidad cuando no queda otra opción, pero jamás debería convertirse en nuestro lugar de residencia.

Prefiero vivir.

Y vivir es una decisión mucho más exigente.

No consiste en negar el otoño. Sería absurdo. Las hojas caen, el cuerpo envejece, las despedidas llegan, el miedo visita la casa cuando menos lo esperamos y hay noches en las que la única conversación posible sucede frente al espejo.

Todo eso existe.

Y merece ser transitado.

Pero una cosa es atravesar un paisaje y otra muy distinta decidir que ese paisaje será tu destino.

Por eso me niego a caminar hacia el otoño.

Prefiero transitarlo mientras camino hacia la primavera.

No porque la primavera sea una estación.

Porque es una forma de mirar.

Es la decisión de seguir creyendo que la belleza merece ser buscada incluso cuando todavía no aparece. Es aceptar que la realidad tiene sombras, pero negarse a concederles el monopolio de la luz.

La belleza nunca me ha parecido un lujo.

Siempre la he entendido como una referencia.

No la belleza de las formas perfectas, sino la de aquello que, cuando lo contemplas, te reconcilia contigo mismo.

Una palabra.

Una mirada.

Una conversación.

Una melodía.

Un silencio compartido.

Todo aquello que consigue recordarte quién eras antes de que el miedo empezara a explicarte el mundo.

Quizá por eso me gustan tanto las palabras sencillas.

No necesitan imponerse.

Solo necesitan ser verdaderas.

Están a la altura de un beso, de una caricia o de una mirada que, sin hacer ruido, te susurra: «No te pierdas».

Vivimos demasiado deprisa para escuchar ese susurro.

Demasiado ocupados en defendernos como para recordar que la vida no siempre nos pide resistir.

A veces solo nos pide permanecer abiertos.

Con paciencia.

Con curiosidad.

Con el hormigueo de quien todavía siente ganas de caminar.

Nada debería ser completamente incuestionable, salvo una cosa: que cada amanecer nos concede la oportunidad de inaugurar una historia distinta.

No porque el mundo haya cambiado.

Porque podemos cambiar nosotros.

Y cuando eso ocurre, incluso el carrusel deja de ser el mismo.

La música sigue girando.

Los caballos continúan dando vueltas.

Pero quien sonríe sobre ellos ya no es la misma persona.

Quizá esa sea la única transformación que merece la pena perseguir.

No convertirnos en alguien diferente.

Sino regresar, cada día, un poco más cerca de quien siempre fuimos.

Y caminar.

Siempre caminar.

Aunque el paisaje sea de otoño.

Porque la primavera, cuando es verdadera, nunca está detrás.

Siempre espera delante.

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