Los bordes del carrusel

viernes, junio 5, 2026 Permalink 0

Hay momentos en la vida en los que creemos estar solos.

Sucede cuando alguien se marcha. Cuando una puerta se cierra. Cuando una etapa termina y todavía no sabemos cómo llamar a la siguiente. Entonces miramos alrededor buscando una presencia, una respuesta o una señal cualquiera que nos recuerde que seguimos formando parte de algo.

Y casi siempre tardamos demasiado en descubrir que nunca estuvimos solos del todo.

Porque siempre hubo alguien acompañándonos.

Nosotros.

No el mismo de hoy.

Los otros.

Todos aquellos que fuimos.

Primero estuvo quien miraba el mundo con asombro.

No necesitaba explicaciones. Le bastaba una piedra para construir una montaña, una sombra para inventar un monstruo o una tarde para convertirla en una aventura. Vivía en un territorio donde la imaginación no era un refugio, sino una forma de habitar la realidad.

Creía que el futuro era inmenso.

No porque supiera lo que iba a encontrar allí.

Precisamente porque no lo sabía.

Y en esa ignorancia luminosa había una libertad extraordinaria.

La libertad de quien todavía no conoce sus límites.

La libertad de quien se atreve a imaginar.

Después llegó quien empezó a comprender el peso de las cosas.

Aprendió que las personas no siempre dicen lo que sienten. Que el amor convive con el miedo. Que algunas despedidas llegan sin avisar. Que ciertos sueños prosperan y otros se convierten en ceniza mucho antes de lo que imaginábamos.

Aprendió a construir.

A sostener.

A equivocarse.

A empezar de nuevo.

Y descubrió algo que nadie le había contado.

Que la vida rara vez se rompe de golpe.

La mayoría de las veces se desgasta.

Poco a poco.

Como una costa que el mar va modelando durante décadas.

Como una cuerda que soporta tensión durante años.

Como una fotografía que permanece inmóvil mientras el tiempo modifica silenciosamente sus colores.

Y sin embargo también descubrió algo hermoso.

Que el desgaste no siempre destruye.

A veces esculpe.

Más tarde apareció quien tuvo que hacerse cargo.

No porque quisiera.

Porque era necesario.

Alguien debía decidir cuando los demás dudaban.

Alguien debía sostener cuando otros se apoyaban.

Alguien debía permanecer en pie cuando el viento soplaba con más fuerza.

Aprendió a proteger.

Aprendió a defender.

Aprendió a asumir responsabilidades que nunca había imaginado.

Y aun así jamás dejó de escuchar a los otros dos.

Al que soñaba.

Y al que sentía.

Porque entendió que la madurez no consiste en abandonar las versiones anteriores de uno mismo.

Consiste en permitir que todas sigan sentadas a la misma mesa.

Por eso nunca me han convencido demasiado quienes hablan de dejar atrás al niño que fueron.

Ni quienes convierten el pasado en una patria permanente.

Ni quienes viven únicamente pendientes de una versión futura de sí mismos.

La vida no funciona así.

Somos la primera persona de miles de historias.

Las que vivimos.

Las que imaginamos.

Las que temimos.

Las que evitamos.

Y las que todavía esperan ser escritas.

Porque la imaginación no es una forma de escapar.

Es una forma de construir.

Mi libertad siempre ha vivido allí.

No en lo que poseo.

No en lo que controlo.

No en lo que consigo.

Sino en la capacidad de imaginar algo que todavía no existe y atreverme a caminar hacia ello.

Con los años cometemos un error curioso.

Empezamos a promocionar versiones antiguas de nosotros mismos.

Repetimos una y otra vez las mismas explicaciones.

Las mismas heridas.

Las mismas justificaciones.

Las mismas derrotas.

Como si nuestra biografía necesitara una campaña permanente de comunicación.

Y sin darnos cuenta dejamos de mirar hacia delante.

Quizá la verdadera sabiduría consista en otra cosa.

En agradecer lo vivido y dejarlo descansar.

No para olvidarlo.

Sino para hacer sitio a lo que todavía no ha ocurrido.

Porque el futuro tiene mala fama.

Se le acusa de traer incertidumbre.

De romper planes.

De cambiar las reglas.

Pero la verdad es que el futuro nunca nos ataca por la espalda.

Siempre llega de frente.

Somos nosotros quienes a veces caminamos mirando únicamente el retrovisor.

Y así resulta imposible bailar.

Porque vivir también es bailar.

Sobre cenizas algunas veces.

Sobre clavos otras.

Sobre nubes cuando la suerte acompaña.

Sobre el aliento de quienes amamos.

Sobre nuestras propias contradicciones.

Pero baile al fin y al cabo.

Hay quien intenta atravesar la vida evitando el dolor.

Hay quien intenta llegar intacto.

Hay quien confunde prudencia con inmovilidad.

Y hay quien termina viviendo una vida tan protegida que nunca llega a estrenarla del todo.

Ese sí me parece el verdadero fracaso.

No equivocarse.

No caer.

No perder.

Sino llegar al final pensando que la vida verdadera era otra.

La que nunca ocurrió.

La que siempre dejamos para después.

La que observamos desde lejos sin atrevernos a tocarla.

Y quizá por eso nos aferramos a ciertas cosas.

A una conversación.

A un libro.

A una canción.

A una mirada.

A una fotografía.

A una mesa compartida.

A esos pequeños fuegos que iluminan la noche y nos recuerdan que seguimos aquí.

No porque vayan a durar para siempre.

Sino porque durante un instante consiguen que dejemos de sentirnos extranjeros.

Durante demasiado tiempo nos enseñaron a mirar hacia el centro del huracán.

Hacia los grandes acontecimientos.

Las grandes victorias.

Las grandes pérdidas.

Los grandes dolores.

Como si la vida sucediera únicamente allí, donde todo parece decidirse.

Y quizá se equivocaban.

Porque la vida rara vez habita el centro de nada.

La vida sucede en los bordes.

En la conversación que nadie recordará.

En la mano que busca otra mano.

En el libro abierto sobre unas rodillas.

En la canción que vuelve sin ser llamada.

En la imaginación que todavía se niega a rendirse.

En los pequeños gestos que sostienen silenciosamente una existencia.

Tal vez por eso nos parecemos menos a un huracán de lo que creemos.

Y mucho más a un carrusel.

Giramos.

Cambiamos.

Subimos.

Bajamos.

Perdemos cosas.

Encontramos otras.

Nos despedimos.

Volvemos a empezar.

Y mientras la música sigue sonando descubrimos algo sencillo y extraordinario:

que nunca fue necesario alcanzar el centro.

Bastaba con disfrutar el viaje desde los bordes.

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