Caen lágrimas. Riegas tus plantas. La vida florece

viernes, octubre 16, 2026 Permalink 0

Caen lágrimas. Riegas tus plantas. La vida florece.

Hay personas que no necesitan que las conmuevan hasta las lágrimas. Les basta con reconocerse en la mirada de alguien que las quiere y descubrir, quizá con cierta sorpresa, que su manera de estar en el mundo también puede ser motivo de alegría.

Conozco a una mujer que llega al hospital cuando el día apenas comienza y regresa a casa cuando la tarde ya se ha rendido. Entre esas dos horas transcurren muchas vidas, algunas decisiones difíciles, pequeñas victorias y alguna despedida que hubiera preferido no tener que vivir. Es médica internista y directora de un hospital, aunque sospecho que, si pudiera elegir cómo recordarla, preferiría que sus pacientes hablaran de cómo los trató antes que de los cargos que desempeñó.

Tiene una debilidad especial por las personas mayores. Las cuida con una ternura que parece venir de algún lugar anterior a los libros de medicina. Conoce sus dolencias, pero también sus temores, sus costumbres y esa necesidad tan humana de sentirse acompañado cuando los años empiezan a pesar. Algunos terminan convirtiéndose en algo más que pacientes. Y cuando se marchan, le duele. Sabe perfectamente que no todas las batallas pueden ganarse, pero el conocimiento de la muerte no nos hace inmunes a las despedidas.

Ella dice que huye de la tristeza. Lo dice con naturalidad, como quien conoce bien un camino y prefiere no recorrerlo. Quizá por eso procura encontrar siempre algo bueno en lo que sucede, incluso cuando quien tiene delante no está demasiado dispuesto a verlo. No sé si es optimismo, disciplina o una manera muy suya de seguir adelante. Tampoco necesito averiguarlo.

Porque esta mujer tiene otra característica: cuando cree que algo debe hacerse, lo hace. Escucha, pregunta, aprende y agradece sinceramente aquello que otros pueden enseñarle. Pero cuando alcanza una convicción, moverla resulta bastante más complicado. Una vez le dije que era como un tractor. Se echó a reír. Lo verdaderamente divertido fue descubrir que le encantaba la comparación. Hay personas que se ofenden cuando les señalan su carácter. Ella parecía orgullosa de la potencia del motor.

En su hospital dirige equipos, resuelve conflictos y acompaña a profesionales que todavía están aprendiendo a ocupar sus responsabilidades. A veces consigue que las cosas mejoren y termina trabajando más que antes, porque las personas nuevas traen entusiasmo, pero también necesitan tiempo. No parece importarle demasiado mientras vea que avanzan. Tiene esa curiosa capacidad de exigir mucho y, al mismo tiempo, reconocer con gratitud cuando alguien la ayuda a comprender lo que todavía no sabe.

En casa continúa siendo ella misma. Quiere profundamente a sus hijos, se preocupa por su futuro y defiende sus convicciones con una determinación que seguramente provoca más de una discusión familiar. No siempre pide colaboración porque considera que hay responsabilidades que deberían entenderse sin necesidad de explicarlas. Y entre sus pequeñas contradicciones hay una que me hace sonreír: le gusta el vino blanco, pero nunca se lo compra. Después protesta porque en casa solo hay tinto. Dirigir un hospital parece resultar más sencillo que conseguir una botella del vino que a uno le gusta.

Habla de su madre con una admiración que atraviesa los años. También fue médica, también asumió responsabilidades importantes y dejó un recuerdo profesional del que su hija se siente orgullosa. Hay ausencias que no desaparecen porque continúan viviendo en nuestras conversaciones, en las cosas que admiramos y, a veces, en gestos que repetimos sin advertirlo. No sé cuánto de aquella madre habita todavía en esta hija. Solo sé que, cuando habla de ella, sigue estando presente.

Y al terminar el día, después de tantas decisiones, de tantas personas que necesitan algo de ella, vuelve a casa y encuentra sus plantas. Las riega, las observa y las cuida. Las plantas no conocen los organigramas, no presentan reclamaciones ni discuten sobre quién tiene razón. Tampoco se impresionan por los títulos. Crecen a su ritmo, necesitan luz, agua y paciencia. Me gusta imaginarla allí, sin bata ni reuniones, atendiendo una hoja nueva con la misma dedicación con la que durante el día ha atendido a tantas personas.

Tiene amigos, aunque no necesita hablar con ellos todos los días. Comparte libros, conversaciones, preocupaciones y alguna carcajada. Sabe agradecer un consejo, regalar un detalle y recibir con alegría una tarta de cumpleaños que después comparte con sus compañeros. Hay afectos que no necesitan grandes declaraciones para hacerse visibles. A veces basta con una llamada atendida, una conversación sin prisas o una risa compartida cuando alguien se toma demasiado en serio.

Un día le dije que quería escribir algo sobre ella que la conmoviera. Me contestó que lo que la conmueve la pone triste y que ya sabía que huía de la tristeza. Le pedí entonces unas líneas, alguna pista, incluso una canción que le gustara. No conseguí gran cosa. Se rio y me recordó algo que quizá era suficiente: «Tú sabes cómo soy».

Y puede que tuviera razón, aunque nadie llegue nunca a conocer completamente a otra persona. Siempre queda una habitación propia, un pensamiento que no se comparte, una emoción que no encuentra palabras o que sencillamente no necesita encontrarlas. Querer a alguien también consiste en aceptar que no tenemos que recorrer todos sus rincones.

Por eso no quisiera que estas palabras la entristecieran. Me gustaría que se reconociera en ellas y sonriera. Que se encontrara con sus pacientes, con su madre, con sus hijos, con sus libros, con su hospital y con esas plantas que la esperan al final de cada jornada. Que volviera a reírse al descubrir al tractor avanzando imperturbable por mitad de la página. Y que, por una vez, se acordara de comprarse una botella de vino blanco.

No sé si ella se considera feliz. Nunca se lo he preguntado. Hay preguntas que pertenecen a la intimidad de cada persona y respuestas que no necesitamos conocer para apreciar su compañía.

Pero sí sé que existen personas cuya forma de querer consiste en cuidar, cuya manera de afrontar las dificultades consiste en seguir haciendo cosas y cuya ternura aparece en los lugares más inesperados, incluso detrás de una voluntad que parece imposible de doblegar.

Quizá algún día descubra que no todas las emociones que nos conmueven vienen para entristecernos. Algunas llegan simplemente para recordarnos que somos queridos, que alguien se ha detenido a mirarnos y que nuestra existencia deja pequeñas huellas de alegría en los demás.

Y si entonces se le escapa una lágrima, tampoco pasa nada.

Al fin y al cabo, tiene un jardín esperando.

Caen lágrimas.

Riegas tus plantas.

La vida florece.

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