Donde caes, me siento junto a ti. Recomenzamos

miércoles, septiembre 30, 2026 Permalink 0

Donde caes, me siento junto a ti. Recomenzamos.

Nos cuesta escuchar.

No necesariamente porque seamos egoístas, intolerantes o indiferentes. A veces ocurre algo mucho más sencillo: estamos demasiado ocupados teniendo razón.

Escuchamos mientras preparamos la respuesta. Preguntamos buscando confirmar lo que ya sospechábamos. Interpretamos una palabra desde nuestra experiencia y, antes de que el otro termine de hablar, hemos construido una explicación bastante razonable de lo que le ocurre.

Y puede que incluso acertemos.

O no.

Feynman advertía de algo incómodo: la persona más fácil de engañar somos nosotros mismos. Quizá porque conocemos perfectamente nuestros argumentos. Sabemos dónde colocarlos para que encajen, qué preguntas conviene no hacerles y qué parte del lienzo es preferible dejar fuera del marco.

Así construimos certezas confortables.

Y vivimos dentro de ellas.

Lo curioso es que algunas tienen paredes de cristal. Desde dentro podemos verlo prácticamente todo. Leemos, conversamos, discutimos, observamos a quienes piensan distinto. Incluso podemos convencernos de que somos personas abiertas.

Hasta que intentamos caminar hacia el otro.

Y chocamos con el cristal.

Tal vez por eso escuchar no consista simplemente en permanecer callados mientras alguien habla.

Escuchar exige desplazarse.

—¿Quién eres?

—¿Qué piensas?

—¿Qué quieres?

—¿Qué buscas?

—¿Qué te da miedo?

—¿Qué necesitas?

—Explícamelo.

Preguntas sencillas.

Lo difícil viene después: estar dispuesto a escuchar respuestas que no se parezcan a las que esperábamos.

Porque puedo acercarme a ti para comprenderte y terminar descubriendo algo sobre mí.

Puedo encontrar razones donde esperaba encontrar prejuicios.

Miedo donde veía arrogancia.

Dolor donde interpretaba indiferencia.

O puedo escucharte con toda la empatía de la que soy capaz y continuar pensando que estás equivocado.

No pasa nada.

Empatizar no significa entregarte mi criterio.

Significa concederte algo mucho más elemental: la posibilidad de que seas más grande que la explicación que yo había construido sobre ti.

Hay una vieja historia sobre un hombre que cae en un hoyo.

Pide ayuda.

Desde arriba aparecen personas dispuestas a ofrecérsela. Una tiene una solución. Otra, unas palabras. Otra sabe perfectamente lo que debería hacer.

Hasta que llega un amigo.

Mira hacia abajo.

Y salta.

—¿Qué haces? Ahora estamos los dos aquí.

—Sí. Pero yo ya estuve antes y conozco una salida.

Siempre me ha parecido que lo verdaderamente hermoso de esa historia sucede antes de la última frase.

Salta.

Durante unos segundos no hay solución.

Hay dos personas en el fondo de un hoyo.

Una podría haber permanecido arriba explicando el camino. Ha preferido compartir primero el lugar desde el que el otro tendrá que recorrerlo.

Aunque también aquí podemos engañarnos.

Haber estado en un hoyo no significa conocer todos los hoyos.

Mi dolor no me convierte en especialista en el tuyo. Mi experiencia puede ayudarme a reconocerte, pero también puede hacerme cometer el error de pensar que tu historia tendrá que parecerse a la mía.

Así que, incluso después de saltar, tendré que preguntarte:

¿Cómo es este hoyo?

Y escucharte.

Quizá ahí empiece la empatía.

No cuando digo «sé lo que te pasa», sino cuando soy capaz de reconocer:

«No lo sé. Cuéntamelo.»

Y entonces ocurre algo inesperado.

Ya no estamos solamente hablando de ayudarte.

También mi pensamiento ha abandonado por un momento el lugar cómodo desde el que observaba.

He bajado.

He visto las paredes desde otra altura.

Quizá descubra una salida que tú no habías visto.

Quizá seas tú quien encuentre otra.

Quizá tengamos que quedarnos un rato allí abajo pensando.

Incluso puede ocurrir que aquello que desde arriba parecía un agujero, desde dentro resulte ser otra cosa.

No importa.

Porque ya no estoy intentando convertirte en mí.

Estoy intentando mirar desde ti sin dejar de ser yo.

Y quizá eso sea lo que libera verdaderamente nuestro pensamiento: no renunciar a nuestras convicciones, sino permitir que alguna vez respiren fuera de nosotros.

Escuchar lo que incomoda.

Acercarnos a aquello que no comprendemos.

Preguntar antes de concluir.

Dudar alguna vez de la explicación que mejor nos convenía.

Y conservar suficiente sentido del humor para descubrir que también podemos haber estado solemnemente equivocados.

No siempre conseguiremos entendernos.

No todas las diferencias desaparecerán.

Ni falta que hace.

Hay pensamientos que seguirán enfrentados, heridas que necesitarán tiempo y caminos que terminarán separándose.

Pero incluso entonces habrá ocurrido algo.

Durante un instante dejamos de gritarnos desde los extremos de nuestras certezas.

Uno cayó.

El otro bajó.

Y allí, donde parecía que algo había terminado, sucedió algo diminuto.

Nos sentamos juntos.

Nos miramos.

Y sin necesidad de saber todavía por dónde se salía,

recomenzamos.

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