La siembra que hay en ti
¿Dónde moran las semillas que plantamos?
¿Y dónde aquellas que perdimos por el camino?
Tal vez alguna cayó cerca y pudimos verla crecer. La regamos, apartamos alguna piedra, protegimos sus primeros brotes y un día, casi sin darnos cuenta, tuvimos delante algo que ya no se parecía a aquella pequeña semilla que sostuvimos entre los dedos.
Otras desaparecieron.
No sabemos si encontraron tierra, si alguien las recogió, si permanecen todavía esperando una lluvia improbable o si simplemente dejaron de existir.
¿Y las esperanzas?
¿Dónde están aquellas que una noche dejamos olvidadas sobre la mesa, junto a un libro, unas gafas, quizá un vaso de agua?
A veces regresamos a buscarlas. No porque todavía las necesitemos, sino por una extraña preocupación: que sean ellas las que se sientan perdidas.
Cuántas noches soñamos con lo que pudo ser.
Y quizá fue.
En otras manos.
En otros lares.
En otros mares.
Porque no todo aquello que desaparece de nuestra vida desaparece del mundo.
Hay corazones cuyo latido dejamos de escuchar y, sin embargo, siguen latiendo. Personas a las que dimos algo sin saberlo. Personas que dejaron algo en nosotros sin proponérselo. Una palabra dicha cualquier tarde, una mirada, una contradicción, una mano que apareció cuando apenas quedaba nada en los bolsillos.
Esencias de vacío.
Y entre ellas, de pronto, una semilla.
Alguien la encuentra.
La mira.
No sabe todavía qué puede llegar a ser. Tampoco sabe si germinará. Pero algo en aquella pequeñez le hace preguntarse hasta dónde podría llegar.
Y la cuida.
No porque algún día quiera apropiarse del fruto.
La cuida porque ha descubierto una posibilidad.
Quizá amar sea también eso.
Regar algo cuyo destino no nos pertenece.
Aceptar que algunas de las semillas que más cuidamos crecerán lejos de nosotros. Que otras necesitarán manos distintas. Que alguna convertirá lo que recibió en algo que jamás habríamos imaginado.
Y que otras no germinarán.
No toda esperanza se cumple.
No toda semilla encuentra tierra.
No todo lo que amamos permanece.
Pero tampoco todo lo que perdimos se perdió.
A veces tendremos que aceptar incluso algo más difícil: dejar de ser protagonistas.
Puede que ni siquiera nos corresponda un papel secundario.
Nos sentaremos entre el público y contemplaremos cómo continúa la obra.
Y allí reconoceremos lo que quisimos, lo que tuvimos, lo que buscamos, lo que amamos, aquello que rechazamos, lo que quizá todavía esperamos.
La obra no gira alrededor de nosotros.
Pero seguimos siendo el epicentro de aquello que provoca en nuestro interior.
A veces comienza apenas con un latido.
Algo se mueve.
Puede crecer hasta remover territorios que creíamos firmes. Puede alcanzar antiguas grietas, desplazar recuerdos, despertar deseos que permanecían dormidos.
O puede no ocurrir nada de eso.
Quizá sea solamente un escalofrío.
Y sea suficiente.
Porque no todos los sismos están hechos para derribar edificios.
Algunos únicamente nos recuerdan que seguimos sintiendo.
Tal vez por eso, cuando quieras saber quién eres, no tengas que buscar solamente dentro de ti.
Mira también alrededor.
Mira lo que germinó.
Mira lo que se marchó.
Mira aquello que continúa sin necesitarte.
Y, si alguna vez puedes, mira incluso hacia esos lugares donde ya no alcanza tu vista.
Puede que algo que un día pasó por tus manos siga creciendo allí.
Puede que jamás lo sepas.
¿Dónde moran las semillas que plantamos?
No lo sé.
Pero alguna noche, cuando todo parezca quieto, quizá sientas un pequeño latido.
No corras a buscar de dónde viene.
Déjalo.
Puede que solo sea la siembra que hay en ti.
