Eres parte
importante
de mis días.
Estés lejos.
O estés cerca.
Te tengo
muy presente.
Sabes que
toda fe se basa
en asumir riesgos.
Ni tenemos
corazón de hielo,
ni sentimientos
de cera.
Sumas mucho,
Al fin y al cabo,
somos tu
y somos yo.
Eres parte
importante
de mis días.
Estés lejos.
O estés cerca.
Te tengo
muy presente.
Sabes que
toda fe se basa
en asumir riesgos.
Ni tenemos
corazón de hielo,
ni sentimientos
de cera.
Sumas mucho,
Al fin y al cabo,
somos tu
y somos yo.
Siempre estamos a un beso de un naufragio.
Y como buen precipicio, también estamos
al borde de un teléfono que no devuelve la llamada.
Siempre estamos a un beso de volver.
Pero alguien ha pintado el camino
que habíamos memorizado de color amarillo.
Siempre estamos a un beso de soñar.
Pero nos despertamos sobre una almohada
húmeda de tanto exculpar la nostalgia.
Siempre estamos a un beso de olvidar.
Aquella traición que nos desarmó.
Aquella noche que nunca existió.
Estoy cansado.
Mi corazón no me reconoce.
Vivo al borde de la inexistencia.
El corazón no olvida las mentiras.
Ni los castillos construidos en el aire.
Necesito un soplo más de esperanza.
A falta de manos que acariciar.
Necesito manos que me abracen.
En silencio. Sin culpabilidad.
Estoy a un beso de renacer.
Estoy al borde de volar.
A una sonrisa de llorar.
Hemos llegado a ser
dos almas entrelazadas
en un idilio más allá
del crepúsculo del día.
Un solo corazón
Dos cuerpos.
Cuatro manos.
Un abrazo eterno.
Un racimo de perfidias
que hemos desterrado.
Sin un mínimo despecho.
Te adoro en cada sueño.
Soplamos en el viento
y recogimos sonrisas.
Una melodía sin fin.
Aire que desnuda el alma.
No quiero despertar.
Vivir a un milímetro
del aroma de tus labios.
O del sabor de tu piel.
hoy, me atrevo a declinar
esa palabra colmada de verdad
e intensa entre los dos.
Te quiero, vida mía.
No puedo dejar de pensar en ti.
En las curvas de tu cintura.
En el bies de tus labios.
En su sabor a miel.
En tu belleza sin extravagancia.
En lo fácil de mis días sin ti.
Cuando apenas esbozo un recuerdo.
De lo cerca que me llevabas del cielo.
La historia más corta de mi vida.
Y la más intensa y ferviente.
No puedo alejar mis ojos de ti.
De tu aliento envolvente y fértil.
Fuimos lo que quisimos ser.
Somos lo que hemos podido ser.
Aventajamos a la brisa del día.
Un soplo en la vela mayor.
Aprendimos a besarnos.
Deshojando pétalos.
A significarnos en la almohada.
Y nos lo llevamos a casa.
Somos rescoldos y nunca residuos.
Nunca nos equivocamos ni excusamos.
Nos lo dimos todo.
Almacenamos todo.
De los errores nacen las grandes victorias.
De los abrazos el amor infinito.
De un beso nace la eternidad.
No dejes de besarme.
Yo, nunca he dejado de hacerlo.
Y ya mi piel no es mi piel.
Sino un escalofrío con vida propia.
Somos aprendices de un frenético trovador.
Compulsos sentimientos a ritmo de bolero.
Criados por una generación que bailaba agarrada.
Tal vez por miedo a perderla, tal vez por miedo a perderse.
Era importante que todo pasara. Que los caminos se abrieran bajo los pies.
O que aprendiéramos a caminar sobre la espuma y la sal del atlántico.
Lo que si teníamos claro es que la gloria era efímera como un beso robado.
Canciones con ritmo de caderas, brazos al viento sobre costados ardientes.
Sutilezas que fueran capaces de transportarnos por la mismísima ingravidez.
Pinturas de guerra con tonos pastel, aliñadas con el dulce perfume de la piel.
Techos de cielo oscuro jaspeadas de estrellas tintineantes y quebradizas.
Huellas polvorientas glorificadas sobre la piel de tu vientre seductor.
Visas y licencias para caminar sin mirar atrás, cogidos de la mano.
Nada que pueda limitar las ganas de revolotear entre las nubes.
Verdades que te alejan de una prisión bordada de flores cortadas.
Risas irreprimibles bajo el manto chispeante de una estrella fugaz.
Amar no es sencillo.
Pero es inmensamente necesario.
Contemplar como la piel se aja
ante la mirada encendida de ella.
Zambullirte en el mar
y confiar en volver nadando.
Incluso cuando no has de volver
a sustentarte en sus brazos.
Mantener la vista al frente.
incluso cuando la noche cae
sobre el cándido beso
o la piel de tu espalda.
Solo tú tienes tu nombre.
Solo yo pronuncio su eco.
Solo tú tiendes la mano
Solo yo me cuelgo de ella.
Amar no es sencillo.
Aunque trates de liberar
la libertad de escoger.
El placer de acertar.
Alcanzar la ilusión
mientras vives entre horas.
O reclinas tu cabeza
sobre tu almohada.
Rezar para que no te vayas.
Acertar con las pinceladas
sobre el lienzo de tu boca.
Sobre la seda de tu pecho.
Observar cómo te alejas.
Y aprender a vivir
pronunciando la soledad
sin que puedas llorar.
Amar no es sencillo
Pero es vital.
Ineludible.
Celestial.
Necesito entretener mi mente.
Pegar un par de sorbos de música.
Un cimbreo elegante bajo el calor.
Las palmeras de una playa de arena rubia.
Tal vez la voz apagada, pero reivindicativa,
de un pueblo que necesita aire y agua.
Posiblemente una caótica improvisación
de una voz rasgada. Un saxo impostado.
O de un piano envolvente que declina
corcheas y claves al compás del viento.
Un batiburrillo de sorpresas con vida propia.
O el plácido calor del caribe y su ritmo.
Entre lo sencillo, lo íntimo y lo sensual,
de una historia popular parida en el barrio.
De la cimbreante mujer que cruza la calle,
con el desparpajo de una falda de tablas.
Tal vez, sería mejor, acunar una nana
y volver al regazo materno.
Donde el aroma a canela y limón
hacen parpadear los sueños,
mientras las manos bailan solas.
La imagen de un niño sentado
a la vera de su padre cuando trabaja.
Mientras unas ruidosas gaviotas
tratan de acompasar la imagen
con un graznido sin espinas.
Días de distancia conmigo mismo.
Buscando un lugar al final del camino.
Una pausa para rezar una plegaria
Por aquellos sueños que no eclosionaron.
Aquellos besos que nunca fueron dados.
Buscamos palabras de amor mientras aprendemos a vivir a distancia.
Nos olvidamos de la calidez de un abrazo, de esos que te atrapan.
Preferimos estar cerca que dentro, como aquel beso que me robaste.
Pretendo envolverme con tu piel y vivir con el pálpito de tu corazón.
Soy adicto a lo sencillo. A la ternura de las arrugas que circundan tu mirada.
A esperar en la estación de tren donde nos despedimos sin saber aun porqué.
A dormir en tu lado de la cama junto a aquella ventana donde entraba la sal.
A amontonar amor en la mesilla de noche donde la noche se vestía de azul.
He surcado mares sin salir de mi almohada, besando con pasión esos labios carnosos.
No temo a nada salvo que el mar se recoja y deje de perfumar los pliegues de tu piel.
Que, enredado en tu pelo sople las sortijas que elevan en volandas nuestra canción.
Un poema de amor que trata al viento de tú y cimbrea bajo tu falda mientras bailas.
Nunca fuimos aves de paso. Anidamos en cualquier rama que quisiera adoptarnos.
Aprender a amar contigo ha sido la magia que la vida permite cristalizar los sueños.
Crear caminos entre los pinos, meciendo la hierba con sutiles sonrisas crujientes.
Nunca he dejado de cantar tu nombre. De mirar tu reflejo en el espejo y acariciarlo.
Creamos nuestra obra de teatro mientras las noches se volvían cortas y larga la ilusión.
Días en los que nada pasaba de largo. Fiestas donde la celebración nacía de tus brazos.
Velas desplegadas a todo juramento, que otorgaban una vida entera y un amanecer.
Cruzamos el laberinto sin mirar atrás, a la caza de aquella estrella que guiñaba al alba.
Post Data:
Ha sido un placer caminar a tu lado por esta vida,
mientras aprendíamos a amar de dos en dos.
¡Qué difícil es caminar con la mochila vacía!
Llegar al final de camino de baldosas amarillas
y volver a verte con la inquebrantable soledad.
Mirar a Dios a la cara y llenar tu rostro de lágrimas.
Danzar con los malditos silencios sin melodía alguna.
Jugar con la traicionera psicología inversa,
que convierte vacío en ausencia con suma habilidad.
No se trata de adornar los recuerdos con harmonía.
Ni de añorar un pasado infeliz al uso.
Se trata de un grito ahogado e inconcluso, nunca llenado.
La ausencia de la ausencia. La mortalidad de lo divino.
Tendré que asumir que no estaba destinado a ser feliz.
Tendré que seguir tocando puertas y entrando a hurtadillas.
Valorar mejor lo que he conseguido y lo que tengo.
Valorar lo que te dan las personas que se acercan y te aman.
Aunque sea efímero o borrascoso. Aprender a atesorar.
Al fin y al cabo, aquello que no te dieron nunca se compensa.
Se asume y se supera como Dios te dé a entender.
Se camina y se añora, sin tratar de sustituir emociones.
Cargar esa maldita mochila y sonreír,
mientras alguien te coge de la mano.