Es terrible rogar para sobrevivir.
Sin embargo,
me arrodillaría
hasta desangrar mi alma,
por un minuto más a tu lado.
Es terrible rogar para sobrevivir.
Sin embargo,
me arrodillaría
hasta desangrar mi alma,
por un minuto más a tu lado.
Haz de mi
el mejor amante.
Tal vez de este mundo.
Al menos de tu mundo.
Tu amigo.
Tu pareja.
Tu amante.
Tu deseo.
Tu ambición.
Mi objetivo vital,
no es acabar la lucha.
Se centra en ganar.
En recordar batallas,
libradas y ganadas.
Empuñar firmemente la espada,
y buscar el golpe certero.
Huir de esta soledad
de tamaño infinito.
Juguete de tu azar.
Susurremos las cosas que nos duelen.
la tormenta perfecta de la creación.
Bienvenida la noche donde vagan las almas,
donde somos extraños para nosotros mismos.
Entregamos amor de forma compulsiva,
y recibimos un miedo enfermizo
a perderlo ante cualquier destello.
Hordas de entusiasmo controlan mi mente.
El desamor me ha golpeado sin piedad,
desmontando la teoría de que las heridas
sanan cuando llegan a cicatriz.
Necesito desesperadamente mi infancia
y encontrar consuelo entre tanta crueldad
para conciliar un puñado de sueños y vida.
Ser quien quieres ser,
y no quien eres.
La persuasión.
La seducción.
La belleza.
El pecado.
La vanidad.
A solas ante Dios,
postrado sobre tu piel.
Rogando para vivir.
Rezando por no morir.
Toda tu maldad
no deja de ser
el reverso de Dios.
Y como tal,
serás amada sin reservas.
Mis labios guardan
el tibio sabor de tu sangre.
La verdad pura y diáfana
que tu oscuridad oculta.
Una flor con la raíz marchita
y su cáliz en perfecta floración.
La fugacidad de la vida
sin un ápice de futuro.
Sin el canto de un ruiseñor.
¡Cuánto sufrimiento,
bajo tanta belleza!
Tan solo desaparecerá el dolor,
cuando me arranques el corazón.
Cargo con tantos pecados,
que agonizaría si los afrontase.
La hermosura es un suspiro,
exhalado por la muerte.
Un sorbo de láudano que adormece.
Una ofrenda de pan ácimo y espuma de sal,
me convertirán en un nuevo dios.
Tu Dios.
El hálito de esta vida,
que no desea abandonar tu cuerpo.
Un mundo de consecuencias.
Atrapados en el miedo a la ausencia.
Contando los años vividos
y los minutos por vivir.
Con mas miedo a la incertidumbre
que a los esqueletos del armario.
Un pasado fugaz por la intensidad,
que me impidió disfrutarlo.
Un futuro, ciertamente corto,
para las ilusiones que quedan por forjar.
Un dilema, entre la intensidad
de los estambres del azafrán,
y la hermosa corola de las rosas que,
desordenadamente, perlan el jardín.
La vulnerabilidad agazapada
bajo la piel de un león.
Forjemos largo el futuro,
para que vivas siempre en él.
Llevo toda una vida aprendiéndote, para lograr entenderte.
Al cabo de unos años, no vivimos despedidas, sino reencuentros.
Cansado de regresos basados en ilusiones nunca fraguadas,
trazamos un alambre donde los malabarismos son celebrados.
Te siento como si nunca te hubiera vivido.
Sin embargo, necesito comulgarte en pecado.
Expiar la intensidad de estar hecho de trozos de ti.
Esperanzas rescatadas desde la profundidad del cielo.
No cambiamos.
Vamos evolucionando
mientras culminamos
el Apocalipsis de las ilusiones.
Todo parece pausado.
Una arquitectura
de papel maché.
Moldeable.
Frágil.
Efímera.
Al final de los tiempos,
no llevaremos nada.
Ni tan siquiera
a ti mismo.
Silencios llenos de agua.
Huellas que arden
sobre el raído asfalto.
Sombras que no despiertan.
Oraciones de ida y vuelta.
Caricias volubles,
envueltas en sueño.
Tengo miedo de morir y perderme las próximas cien noches para amarte.
Una sensación abstracta que me invade, más allá de sucesos y miradas.
Mi identidad, intensamente esculpida, con un primer plano de tu presencia.
De cuando amar y respirar estaban vinculadas a la epopeya de los sentidos.