El conocimiento es único. Su aplicación infinita.
El sueño eterno
Recuerdo el temor a ser abandonado.
Recitando taciturnas noches en vela.
El orgullo perturbó la razón del alma.
Bailo en silencio por la habitación
con la espesa tristeza que nos arrastra.
Era morena.
De pelo suelto,
y curvas prominentes.
Piel curtida.
Su mirada era libre,
y sus manos inquietas.
El alma vibrante.
Aroma de playa en que
me dejabas tirado
sobre la cama,
y abierto en canal.
La primera vez.
El último aliento.
El silencio del miedo.
La magia inocente.
La frustración presente.
La perfección del momento.
El sueño eterno.
A la deriva de su propia sombra
El tren de la última noche exigía abrir los ojos de par en par.
Persigues un diamante tras una ventana pintada de verde y azul.
Un diario secreto de raptos y secretos dictado por los dioses.
Tres semanas en el desierto del silencio de una muchacha gris.
La desolación de vencedores y vencidos separados por su sangre.
Un rastro desaparecido en el abismo de un desaliento inolvidable.
Impredecible hechicera fanática de cruel maestría.
Precursora de una estirpe de azar convencional.
Estoicismo de dos décadas con el socorro denegado.
Un complejo mundo a la deriva de su propia sombra.
El sol ha detenido su marcha
Los pétalos se desploman en medio de la ventisca.
Una sombra caliza mora en la espalda de una canción.
La niebla azuleaba el perfil de la buganvilla en el jardín.
He mutado de no existir, al Olimpo de los enemigos.
Cada palmo de aire vive recalentado de tanto jadear.
Me escabullo entre escalofríos apócrifos de nostalgia.
El cielo oscurece aunque el sol ha detenido su marcha.
Vegeto en el fondo de un vaso largo recubierto de piel.
Mis huesos se esparcen como limaduras de sal marina.
Una ilusión herida que se espanta a galope tendido.
Crónica de almas en vilo que huyen de guerras perdidas.
Cien circunloquios para que todo siga, igual que siempre.
Doce oportunidades
La mañana es especialmente fría.
Las ventanas del coche despiertan jaspeadas de noche.
En el poste de teléfonos ya otea un cernícalo su primera presa.
A través de las paredes flota Frank Sinatra y uno de sus duduá.
Llego a la cafetería de siempre. La de los buenos días monótonos.
La televisión trata de exorcizar el ambiente con villancicos impersonales.
Pongo atención a las conversaciones dispares de cada mesa.
Los mismos dolores de Juan, innovando por la excesiva humedad.
Mari Carmen sigue wassapeando en la misma conversación de ayer.
La parejita del fondo se habla. Son jóvenes y tienen el brillo en los ojos.
Me saca de la introspección un altisonante “buenos días, ¿lo de siempre?”
¿Desde cuándo me he convertido en mi padre y soy tan previsible?
No gracias, hoy ponme un bocadillo de tortilla y un café. Es noche vieja.
Me sorprendo. Que tendrá que ver la Nochevieja con la tortilla. En fin.
Desayuno, comienzo a tararear al viejo Frank y muevo mis pies al compás.
Debo hacerlo más alto de los que pienso porque me mira mal el vecino.
Paso. Me hundo en el aroma del café y vuelo lejos. Hacia nuestro paseo.
Tres o cuatro vueltas a la misma planta del centro comercial sin parar de hablar.
¿Será un record Guinnes de esos? Es preciosa. Encantadora. Culta y sutil.
Además me partía de risa con sus arranques virulentos basados en la ideología.
Tal vez era su edad, o que aun tiene hambre. No se me ocurrió contradecirle.
Ni tan siquiera darle ese barniz que te da la experiencia. Debía seguir pura.
Dos besos apurados al borde de la escalera metálica y fue desapareciendo.
Creo que el contoneo era forzado, por lo cual era una señal para no olvidarla.
Y ahí se quedó, en el borde de la niebla del pasado, donde mora la nostalgia.
Ahora sonrío. Seré tonto. O tal vez no. Ya tengo un motivo para las doce uvas.
Doce oportunidades para volver a verla. Doce raciones de aroma cítrico.
Ahora ya puede llegar el fin de año. Mi armadura brilla. Las nubes se levantan…
Pero esa no es otra canción. Estoy fatal. Necesito una copa. Allá voy.
…Feliz año. Un abrazo o un beso. Pero feliz año.
No despiertes aun
Son las seis de la mañana.
Estarás enroscada bajo la manta. Allá en tu casa.
Tus sueños y deseos jugando lejos de las sábanas.
Tu almohada sostiene un suspiro entrecortado.
Tus manos dudan entre acariciar las mejillas,
o declarar la guerra en tus muslos.
Tibios de noche.
Tu mente descansa.
Tu cuerpo emerge del submundo de la nostalgia,
de camino hacia mis brazos.
No despiertes aun.
Deja que me desplace dentro de tu cuerpo.
Libera tus manos y que me enseñen
como eres capaz de hacerme sentir
dentro de un solo cuerpo.
Tengo que contarte como me amaste mientras dormías.
Y como mi voz, incapaz de articular sonido,
pide a gritos que la redimas con un beso.
Se insensata
Una arista fragmentada te pide
que trepemos sueños despacio.
Se insensata y disfruta de todo.
No concluyamos conversaciones.
Deja que las palabras se arremolinen
al abrigo del viento de otoño.
Sostienes dos conexiones con tu único aliento.
Eres gravedad entre el rojo y el negro.
Fusión de la lluvia con el vidrio de mi ventana.
Piel arrancada que aun palpita aullando a la luna.
Un manto de cenizas sobre dos cuerpos inertes.
Signo de dos vidas caóticas enfrentadas entre sí.
Me quedo con todo
La Navidad enciende todas mis alarmas.
Las deseadas y las innombrables.
Creo que, en caso contrario,
No sería Navidad.
Esas imágenes mensajeras comerciales.
La risa fácil que rebota en el hígado.
Las llamadas de amigos con falso propósito.
Las miradas perdidas por el hambre.
Las esperanzas obligadas.
El recordado guiso ausente.
Las risas infantiles apagadas.
Por el contrario miro a mi alrededor
Y me asalta el aroma de chimenea.
Las risas al fondo abriendo paquetes.
Un abrazo cómplice que se me escapa.
Una tarjeta inesperada que te agua la mirada.
Música en cada esquina.
Un frio que te obliga a la introspección.
El recuerdo de lo ausente y aun querido.
Intento deshojar la margarita para elegir
Y me quedo con todo.
Con lo que no deseo para nadie, ni para mí.
Y lo que deseo ardientemente
para todos los que necesiten ser feliz.
Feliz Navidad.
Trazas de simple ternura
No intentes decirme que alguien te espera
cuando te sientes sola.
Tus barreras se abaten con un golpe de viento,
y te veo llorar envuelta en destellos de locura.
No conviertas este intenso deseo
en trazas de simple ternura.
Bésame
Bésame.
Lo que se lleva el viento
no requiere explicación.
