Infértil,
como arena de playa,
solo me queda
admirarte.
Aunque sabes,
cabalmente,
que lo que deseo
es infundirte vida.
infundirnos vida.
Infértil,
como arena de playa,
solo me queda
admirarte.
Aunque sabes,
cabalmente,
que lo que deseo
es infundirte vida.
infundirnos vida.
Regreso a la desobediencia sobre los escombros de lo que fui.
Soy definitivamente la mirada extraviada que nunca quise ser.
Arraigado sobre una cometa al viento caprichoso del deseo.
La conciencia de un pasado que habla futuro mientras duerme.
Seguramente los escombros humeantes sobre los que vivo,
son los rescoldos cimentados y profundos de quien volveré a ser.
Mientras tanto volveré a la disciplina de mi desierto emocional,
en que se ha convertido ese viaje lúdico sobre la piel de tu cuerpo.
Hambriento de ti me sacio de recuerdos y aromas sueltos de locura.
Cada vez que fracaso
me siento más viejo.
Vivo ahogado
entre ilusiones.
Bien pensado,
¿Vivo o muero?
¡Era joven!
En algún recodo del camino derramé la sal de la vida.
La mire con cierto desprecio y me zambullí en la abundancia.
La fiesta fue indescriptible. Vibrante. Canibalismo emocional.
Todo nacía y moría en la dirección caprichosa del viento.
¡Era joven!
En alguna orilla desembarqué con yelmo conquistador.
Hinqué la rodilla en la arena y aspire el mar y su sal.
Aprendí a añorar. Comencé a menguar.
Como también blandía espada, la hendí en cien costados.
Sentía que la fuerza era más poderosa que la propia vida.
¡Era joven!
Mirada corta, respuesta ligera.
No poseía matices. Tan solo colores intensos.
Sentimientos fugaces hasta la indiferencia.
Aprendí, también, que las heridas tardan en curar.
incluso alguna te recuerda la falacia de la inmortalidad.
¡Era joven!
¡Aun era joven!
Hoy lo tengo todo y quiero más.
Coqueteo con la ética y me esquiva.
Me armo de experiencia y tenso piel.
Cosecho saciedad.
Un reloj atrasado me indica las horas perdidas.
Mi mayor lealtad se llama soledad.
Y el mejor aliento sonaba a eco.
¡Era tarde!
Es tarde.
No sé hacer nada más,
salvo esperar y sentarme.
Y para eso,
¡Lo siento tanto!
Ya es tarde.
Mi percepción deja de vibrar
para reconvertirse en vidrio.
Escéptico ante tu ausencia,
me oriento a repensar la vida.
No evolucionaremos
mientras el recelo
se instale entre
lo que pienso
y lo que juzgas.
Más de medio siglo, y aun mi alma no descansa.
Este laboratorio en que se ha convertido la vida
da a conocer sus proclamas antes de ser escritas.
Un buen asiento en el tren de larga distancia,
entre el primer llanto y el último suspiro
no es valor suficiente para vivir cada día.
Largas conversaciones sin más fruto
que una leyenda, y algún sambenito,
jugando en una espiral de viento.
Dos o tres amores,
y diez o doce lechos.
Infortunios al margen.
Delirios sofocados
entre el borde de una cama
y una almohada desangelada.
Tengo
tu cuerpo
a mi lado.
¡Silencio!
¡Se vive!
Cuando te aprieto contra mí,
lamento que no me toques más.
Invento una cerradura de siete llaves
y aun así desapareces.
Una declaración de amor
en rojo, agua y viento
entre la milimétrica sombra
de una noche tatuada en azul.
Mi realidad está reservada para quien quiero.
No está disponible para la plaza central del pueblo.
Ni para estridentes altavoces que todo lo inundan.
Mi realidad es un susurro.
Una glosa íntima.
Una caricia vana.
Un beso carmesí.
Mi realidad se susurra
sobre el manto de tu piel.
Mientras tanto esbozo
entre líneas de papel.