Todavía puede

viernes, julio 17, 2026 Permalink 0

Todavía puede

Nunca renuncies a que todavía pueda.

El ser humano empieza a envejecer el día que deja de creer en la posibilidad. No cuando aparecen las arrugas, ni cuando el cuerpo protesta al levantarse. Envejece cuando deja de mirar una puerta cerrada preguntándose qué habrá detrás.

Yo quiero seguir viviendo de otra manera.

Quiero seguir creyendo que todavía queda una conversación capaz de cambiarme. Una mirada que aún no he aprendido a comprender. Una tarde cualquiera esperando enseñarme algo que llevaba toda la vida delante de mí y nunca había visto.

Porque observar nunca consistió en mirar.

Observar es permitir que el silencio y la mirada se reconozcan.

Solo entonces el mundo deja de enseñarte objetos y empieza, muy despacio, a confiarte su alma.

Quizá por eso nunca deberíamos renunciar a descubrir qué necesitan de nosotros quienes caminan a nuestro lado.

No lo que esperan.

No lo que piden.

Lo que necesitan.

Hay necesidades que jamás pronuncian una palabra. Se esconden en una sonrisa demasiado correcta, en una ironía repetida, en un cambio de tema o en un silencio que lleva demasiado tiempo esperando compañía.

Quien aprende a verlas deja de vivir rodeado de personas.

Empieza a vivir rodeado de universos.

La belleza nunca fue un lujo.

Es una forma de respirar.

Está en una mano que no reclama reconocimiento después de ayudar. En una silla vieja que todavía sostiene a quien se sienta. En una rosa que recuerda que para pincharte con ella primero tuviste que tener un jardín.

Renunciar a la belleza sería renunciar a la parte del mundo que todavía sabe hablar sin hacer ruido.

He comprendido que crear no consiste en inventar.

Consiste en quitarse una venda.

En descubrir que donde ayer había una piedra hoy puede existir una historia, y donde parecía no haber nada aparece un mundo que solo esperaba ser mirado de otra manera.

Quizá crear sea el intento más hermoso del ser humano de parecerse a Dios.

No por sentirse superior.

Sino por experimentar, durante un instante, el milagro de que donde no había nada…

Ahora haya algo.

Y ese algo lleve la huella de quien se atrevió a soñarlo.

No tengas miedo al riesgo.

El riesgo no es el precio de la vida.

Es una de sus reglas.

La zona de confort no protege.

Anestesia.

No conserva lo que eres.

Va apagando, poco a poco, todo aquello que todavía podrías llegar a ser.

La vida nunca fue una arquitectura de piedra.

Es un pincel y un lienzo.

Y la mayor libertad que poseemos consiste en volver sobre el cuadro, cambiar un color, cubrir una antigua certeza con una intuición nueva y descubrir que ninguna pincelada verdadera destruye la anterior: simplemente la convierte en el camino que hacía falta recorrer.

El gran juego no consiste en acertar.

Consiste en seguir pintando.

No traiciones tu capacidad de emocionarte.

Las emociones cambian.

Las personas llegan y se marchan.

Las ideas envejecen.

Pero mientras sigas siendo capaz de conmoverte ante una voz, una lluvia, una pieza de música o la forma en que alguien sostiene una taza de café mientras escucha a otro, todavía seguirás habitando el mundo.

No dejes nunca que la costumbre sustituya al asombro.

Y si un día dudas de quién eres, no busques una definición.

Pregúntate de qué sigues siendo capaz.

¿Todavía puedes amar sin calcular?

¿Todavía puedes observar sin juzgar?

¿Todavía puedes crear sin necesitar aplausos?

¿Todavía puedes cambiar de opinión cuando la verdad te invita a hacerlo?

¿Todavía puedes sentarte al lado de alguien sin querer parecer más importante que él?

Si la respuesta es sí…

Entonces todo lo importante sigue intacto.

Porque una vida no se reconoce por lo que consiguió.

Se reconoce por aquello a lo que nunca estuvo dispuesta a renunciar.

Y quizá llegue un día —ojalá muy tarde— en que puedas sentarte frente a tu propia historia sin sentir la necesidad de corregirla.

No porque todo saliera bien.

Sino porque nunca dejaste de coger el pincel cuando la vida te entregó un lienzo nuevo.

Entonces sonreirás.

No por orgullo.

Por gratitud.

Y pensarás, con la serenidad de quien ha vivido despierto:

Qué fuerte… qué bonito… qué bueno.

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