Miro desde ti. Sin dejar de ser yo. El mundo es nuestro

sábado, septiembre 26, 2026 Permalink 0

Miro desde ti. Sin dejar de ser yo. El mundo es nuestro.

A veces creemos que acercarnos a alguien consiste en recorrer la distancia que nos separa.

Quizá no.

Quizá haya encuentros en los que no sea necesario avanzar ni un solo paso. Basta con cambiar durante un instante el lugar desde el que miramos.

Miro desde ti.

No para darte la razón. Ni para apropiarme de tus ojos. Ni siquiera para comprenderte del todo, porque hay territorios de otra persona a los que probablemente nunca tendremos acceso.

Miro desde ti porque desde donde estoy hay cosas que no puedo ver.

Es curioso. Pasamos buena parte de la vida defendiendo nuestro pequeño lienzo. Lo pintamos con experiencias, conversaciones, errores, afectos, silencios, algún que otro puñal y bastantes colores cuyo nombre hemos olvidado. Y terminamos creyendo que la escena es aquello que tenemos delante.

Hasta que alguien se coloca a nuestro lado y dice:

—Desde aquí se ve distinto.

Y fastidia un poco.

Porque se ve distinto.

Entonces descubrimos que nuestro lienzo tenía laterales. Que podía mirarse desde arriba, desde abajo, oblicuamente. Incluso desde detrás.

Y que ninguna de esas miradas obliga a borrar la anterior.

Sin dejar de ser yo.

Ahí está probablemente lo más difícil.

Porque comprender al otro no debería exigirnos desaparecer. Puedo intentar mirar desde tus ojos y regresar a los míos. Puedo entender por qué callaste y seguir pensando que debiste hablar. Puedo comprender tu miedo sin hacerlo mío. Puedo aceptar que tu verdad contiene algo que yo no veía sin entregar por ello todo aquello que veo.

Tal vez convivir consista también en eso: acercarnos mucho sin confundirnos.

Somos extraños puzles.

Nos vamos armando con piezas que llegan de lugares que apenas recordamos. Una conversación escuchada hace treinta años. Una canción. Una despedida. Alguien que nos quiso bien. Alguien que no supo hacerlo. Una frase que entonces pasó inadvertida y un día, sin avisar, vuelve y encaja.

Lo que fuimos permanece de maneras que no siempre reconocemos.

Y cuando compartimos una de esas piezas ocurre algo todavía más extraño.

Ya no sabemos exactamente de quién es.

Te cuento algo que viví y tú lo escuchas desde tu propia historia. Aquello que salió de mí entra en un territorio que desconozco. Quizá lo olvides. Quizá reaparezca años después convertido en otra cosa. Quizá una pregunta tuya consiga que yo mismo vea de otra manera aquello que creía conocer perfectamente.

Ninguno posee ya completamente lo ocurrido.

Hemos añadido otro lienzo.

Incluso podemos arrugar alguno.

Hacer una bola con él y arrojarlo a la papelera convencidos de que ya no significa nada.

Pero si alguna vez lo desplegamos, los pliegues siguen allí.

No necesariamente como heridas.

Simplemente como prueba de que aquello ocurrió.

Y quizá por eso convenga desconfiar un poco cuando creemos haber encontrado la respuesta definitiva. A veces no hemos encontrado la verdad. Simplemente hemos llegado hasta el borde del lienzo que estábamos mirando.

Podemos equivocarnos.

Podemos cambiar.

Podemos descubrir que aquello que defendíamos era apenas una perspectiva.

Y también podemos decidir.

Porque llega un momento en que mirar todos los lienzos posibles deja de ser suficiente. Hay que elegir dónde ponemos el siguiente trazo.

Entonces creamos.

No el mundo.

Un mundo.

Uno pequeño, provisional, imperfecto, hecho con todo lo que alcanzamos a comprender y también con aquello que todavía ignoramos.

Tal vez por eso no necesito que seas mi mundo.

Ni quiero ser el tuyo.

Sería demasiado peso para cualquiera.

Prefiero algo mucho más sencillo.

Tú conservas tus ojos.

Yo conservo los míos.

De vez en cuando intercambiamos el lugar desde el que miramos.

Y quizá, mientras suenan dos violines que jamás necesitan convertirse en uno para hacer música, descubramos que entre tu lienzo y el mío ha aparecido algo que antes no estaba.

No eres tú.

No soy yo.

Tampoco necesitamos ponerle nombre.

Por ahora basta con mirarlo.

El mundo es nuestro.

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