Hay silencios que son puñales
Aún crepita en mis entrañas la vileza de tu silencio.
Mientras callas me hurtas la posibilidad de explicarme, de reconocer, de defender incluso mi ignorancia. Me condenas a buscar respuestas que solo tú conoces.
¡Pero acepto el envite!
Durante un tiempo tu silencio fue un puñal.
Lo clavaste.
Y cometí el error de centrarme en la hoja que me atravesó.
Ya no.
He descubierto que los puñales también pueden desclavarse.
No necesito convertirlo en una flor, ni agradecerte la herida, ni siquiera convencerme de que todo ocurre por algo.
Preferiría que nunca hubiera ocurrido.
Pero ocurrió.
Y ahora el reto es mío.
Ante tu envite, mi desafío.
Ante la herida, la sanación.
Ante el reto, un espíritu pleno.
No porque el dolor me haya hecho mejor. No voy a concederle semejante mérito.
Simplemente, mientras tú elegías el silencio, yo buscaba una brecha para seguir viviendo.
Me llevaste hasta el borde del abismo.
Y allí descubrí algo que no esperaba.
También desde el borde se puede mirar hacia otro lado.
No tuve que saltar.
Ni retroceder.
Aproveché el impulso.
Y donde parecía terminar un mundo, empecé a imaginar otro.
Quizá sea eso lo que algunos llaman progreso. No avanzar porque alguien nos empuja, sino descubrir que todavía podemos elegir la dirección después del empujón.
Ya veré.
Porque hay algo que tu silencio ya no puede decidir ni por los dos ni por mí.
He decidido que hay vida más allá de tu elección.
Hay vida donde comienza la esperanza.
Y la esperanza no siempre nos espera al final de un camino.
A veces está escondida mucho más cerca, en uno de esos pequeños dobladillos que la vida deja sin coser.
Basta encontrarlo.
Tirar del hilo.
Y ver qué hay detrás.
