Hola

jueves, octubre 1, 2026 Permalink 0

Hola

El escenario está casi desnudo.

No hay atril. No hay una mesa detrás de la que protegerse con unos papeles. Tampoco una pantalla esperando distraer la mirada.

Solo un sillón ancho, amplio, cómodo, ligeramente girado. No completamente de frente al auditorio. Casi de medio lado, como si aquello no fuera a ser una conferencia, sino una conversación que todavía no sabemos adónde nos llevará.

A mi derecha, una pequeña mesa.

Sobre ella, un cenicero y un vaso bajo, pesado, de cristal de roca. Apenas unos dedos de whisky de malta. Solo whisky. Sin hielo. Nada que pueda tintinear cuando llegue el silencio.

Entro sin chaqueta y sin corbata.

Me siento.

Acomodo la espalda y, durante unos segundos, observo el auditorio sin decir nada.

Saco un Wide Churchill de una reconocida casa cubana. Lo sostengo entre los dedos y lo observo un instante, casi por costumbre. Después tomo una cerilla extralarga.

Ras.

La llama aparece.

La acerco despacio al pie del puro y lo hago girar entre los dedos. Sin prisas. Dejo que el calor vaya formando la brasa antes de dar la primera calada.

Apago la cerilla.

La primera bocanada asciende despacio.

No hago nada por apartarla.

Durante unos segundos el humo queda suspendido entre el escenario y yo, buscando su propio camino bajo la luz.

Levanto entonces la mirada.

A través del borde de las gafas busco a alguien en la última fila.

—Hola.

[Pausa.]

—Hoy les voy a proponer algo un poco extraño.

Miro el puro.

Sonrío.

—Les invito a hacer unos humos conmigo.

[Alguna risa.]

—No se preocupen. No hace falta que fumen. Con que se queden un rato, me basta.

[Risas.]

Doy otra calada.

—Porque no soy una persona fácil.

Ni siquiera soy fácil de conocer de una sola vez.

Tampoco soy hermético.

Pero soy real.

Y si vas a acercarte, te pediría algo.

No te confundas quedándote con una sola parte.

Todo es una parte de todo. Cada parte pertenece a un conjunto y, de alguna manera, entre todas van haciendo eso que llamamos uno mismo.

Si te acercas, podés encontrar presencia, rapidez mental, capacidad o una cierta tendencia a ocupar un espacio.

Tal vez mi cabeza trabaje deprisa y enseguida empiece los juegos malabares, relacionando unas cosas con otras.

Eso puede fascinarte.

Puede intimidarte.

O incluso puede cansarte.

[Sonrío.]

Créeme. Esto último también me lo han hecho saber.

[Risas.]

Tomo el vaso. Un sorbo pequeño. Lo saboreo y vuelvo a dejarlo exactamente donde estaba.

Pero si despierto una curiosidad…

si despierto tu curiosidad…

me doy por satisfecho.

Porque entonces quizá te quedes un poco más.

Y si te quedas, es posible que descubras que no siempre quiero ocupar ese espacio.

A veces solamente estoy buscando con quién compartirlo.

[Calada.]

Tengo una curiosidad casi incorregible.

Me interesa saber qué hay detrás de las cosas, pero también qué hay al lado. Y alguna vez, para desesperación de quienes me acompañan, qué coño habrá debajo.

[Risas.]

Puedo empezar hablando de economía y terminar preguntándome por qué alguien dejó de hablarnos hace veinte años. Escuchar una canción y encontrar dentro una conversación. Ver una película y quedarme con una frase que probablemente el guionista consideraba secundaria.

Tengo conversaciones que empezaron hace más de sesenta años y todavía no han terminado.

Algunas fueron con personas que siguen conmigo.

Otras, no.

Y hay algo extraño en eso.

Hay palabras que alguien me dijo cuando yo era casi un niño y que entonces no entendí. Pasaron los años, pasó aquella persona, pasó incluso aquel que yo era…

y un día, sin avisar, comprendí lo que había querido decirme.

Sesenta años después.

¿Cómo puede durar tanto una conversación?

No lo sé.

Pero dura.

Y eso me hace sospechar que quizá somos bastante más grandes de lo que conseguimos contar cuando decimos quiénes somos.

Y también bastante más pequeños.

Eso conviene recordarlo.

[Risas.]

He tenido responsabilidades. He dirigido cosas. He representado organizaciones. He tomado decisiones. Y supongo que todo eso habrá ido dejando cierta apariencia de seguridad.

No se fíen demasiado.

Uno puede aprender durante años a caminar con bastante seguridad y continuar sin tener ni puta idea de dónde está el baño cuando entra en un restaurante nuevo.

[Risas.]

Quizá esté bien que sea así.

Porque me preocupan un poco las personas que han conseguido explicarse completamente.

Sobre todo cuando empiezan a explicarme a mí.

[Risas.]

Yo todavía no he terminado.

Y no sé si quiero terminar.

Durante mucho tiempo pensé que madurar consistía en ir encontrando respuestas.

Ahora tengo algunas dudas.

He encontrado respuestas, naturalmente.

Pero las mejores me han hecho algo bastante puñetero.

Me han traído preguntas nuevas.

Me gusta preguntar.

Mucho.

Y me gustan especialmente las preguntas que estropean una buena respuesta.

[Risas.]

Si me dices algo demasiado perfecto, probablemente empezaré a buscarle una grieta.

No necesariamente porque piense que estás equivocado.

Quizá precisamente porque sospecho que tienes razón y quiero saber cuánto aguanta.

También hago eso conmigo.

No siempre.

No voy a venderte ahora una versión extraordinariamente tolerante de mí mismo porque nos conocemos desde hace apenas unos minutos y sería empezar engañándote.

Soy terco.

Puedo ser impaciente.

Hay convicciones que defiendo con fuerza.

Y alguna vez escucho al otro mientras, en realidad, estoy preparando mi respuesta.

Supongo que tú también lo has hecho.

Esa maravillosa conversación en la que los dos parecemos escucharnos y, en realidad, hay dos personas esperando turno para continuar hablando consigo mismas.

[Risas.]

Pero intento corregirlo.

Porque cada vez me interesa más la gente que piensa diferente.

No para convencerla.

Eso sería demasiado pobre.

Me interesa porque existe una posibilidad mucho más inquietante:

que vea algo que yo no estoy viendo.

[Silencio.]

Y ahí empiezan los problemas.

Porque puedo escucharte y continuar pensando que estás equivocado.

Pero también puedo escucharte y descubrir que el equivocado era yo.

Eso tiene bastante peor arreglo.

[Risas.]

Feynman dejó una advertencia que siempre me ha parecido incómoda: la persona más fácil de engañar es uno mismo.

Y uno dispone de medios extraordinarios para hacerlo.

Tenemos memoria selectiva, argumentos, experiencia, orgullo, miedos.

Tenemos incluso inteligencia.

Y la inteligencia, cuando decide ponerse al servicio de una mentira que nos conviene, puede ser una herramienta extraordinariamente eficaz.

Por eso necesito alguna vez que alguien me lleve la contraria.

No continuamente, por favor.

Tengo una edad.

[Risas.]

Pero sí lo suficiente para impedir que mis certezas terminen convirtiéndose en paredes.

Porque hay paredes muy curiosas.

Son de cristal.

Desde dentro puedes verlo todo.

Ves a quienes piensan diferente. Lees. Escuchas. Conversas. Te consideras una persona abierta.

Hasta que intentas caminar hacia otro lugar…

y te das de frente contra el cristal.

[Silencio.]

Yo me he dado algunos golpes.

Probablemente todavía se noten.

[Risas.]

Pero hay otra parte de mí que quizá tardes más en encontrar.

Porque la rapidez mental hace ruido.

La presencia también.

Los cargos hacen muchísimo ruido.

Las responsabilidades, las decisiones, esa imagen que vamos construyendo para desenvolvernos por el mundo…

todo eso suena.

Y debajo hay cosas que hablan mucho más bajo.

El afecto, por ejemplo. La memoria. La necesidad de comprender. El miedo a equivocarnos con alguien. La sensación de que algunas personas se han marchado de nuestra vida pero han dejado algo que no consiguieron llevarse.

Eso habla bajito.

Hay que acercarse.

[Silencio.]

Yo recuerdo detalles.

A veces detalles absurdos.

Una mirada. Una canción. Una frase dicha casi sin importancia. Una mesa. Un olor. Algo que alguien dijo sin saber que yo iba a conservarlo durante décadas.

Y eso tiene una consecuencia extraña.

Las personas pueden dejar de estar presentes y continuar formando parte de nosotros.

No como fantasmas.

Ni siquiera necesariamente como nostalgia.

Simplemente porque participaron en nuestra construcción.

También las que nos hicieron daño.

Aunque a esas procuro no concederles más protagonismo del que merecen.

[Tomo el vaso. Esta vez el sorbo es algo más lento.]

Y aquí aparece una de mis contradicciones.

Me gusta mucho acercarme a las personas.

Pero necesito seguir siendo yo.

He tardado tiempo en comprender que ambas cosas no son incompatibles.

Puedo intentar mirar desde tus ojos sin arrancarme los míos.

Puedo comprender por qué hiciste algo y seguir pensando que no debiste hacerlo.

Puedo quererte sin pertenecerte.

Puedo necesitarte alguna vez sin convertirte en responsable de mi existencia.

Y puedo dejar que algo tuyo entre en mí sin exigirte que te quedes para siempre.

No siempre lo he sabido hacer.

Tampoco estoy seguro de saber hacerlo ahora.

Pero me gusta la dirección.

[Silencio.]

Hay algo, sin embargo, que llevo peor.

El silencio.

No el silencio tranquilo.

Ese me gusta.

El otro.

El que aparece entre dos personas cuando una de ellas sabe algo que la otra desconoce.

Ese silencio puede hacerme daño.

Porque si me dices qué ocurre, tengo algo con lo que trabajar.

Puedo explicarme. Puedo reconocer un error. Puedo pedir perdón. Puedo defenderme. Puedo incluso decirte que estás completamente equivocado.

Pero cuando no dices nada…

mi cabeza hace lo que mejor sabe hacer.

Empieza los malabares.

Y créeme: puede montar un circo entero.

[Risas suaves.]

He aprendido que ahí también tengo que detenerme.

Porque una explicación construida por mí puede ser perfectamente coherente…

y completamente falsa.

Así que estoy intentando aprender algo que quizá debería haber aprendido mucho antes.

Preguntar antes de concluir.

¿Quién eres?

¿Qué piensas?

¿Qué quieres?

¿Qué buscas?

¿Qué te da miedo?

¿Qué necesitas?

Explícamelo.

Y después viene lo verdaderamente difícil.

[Sonrío.]

Callarme.

[Risas.]

No para obedecerte.

Para escucharte.

Hay una historia que me gusta.

Un hombre cae en un hoyo.

Pide ayuda.

Pasan varias personas. Desde arriba le ofrecen consejos, palabras, soluciones.

Hasta que llega un amigo.

Mira hacia abajo…

y salta.

El hombre no entiende nada.

—¿Pero qué haces? Ahora estamos los dos aquí.

Y el amigo responde:

—Tranquilo. Yo ya estuve aquí. Conozco una salida.

Durante mucho tiempo pensé que lo importante de esa historia era que el amigo conocía la salida.

Ahora me interesa más otra cosa.

Bajó.

[Silencio.]

Antes de explicarle nada, estuvo dispuesto a compartir el lugar desde el que el otro tendría que recorrer el camino.

Eso cambia mucho las cosas.

Aunque también ahí podemos engañarnos.

Porque haber conocido mi dolor no significa conocer el tuyo.

Haber estado en un hoyo no me convierte en especialista en todos los agujeros del mundo.

Así que quizá, una vez abajo, todavía tenga que sentarme a tu lado y preguntarte:

—¿Cómo es éste?

Y escuchar.

Puede que yo descubra una salida.

Puede que la encuentres tú.

Puede incluso que tengamos que quedarnos allí un rato sin tener ni puta idea de por dónde se sale.

No me parece poca cosa.

Porque algunas veces lo que necesita una persona no es que alguien llegue inmediatamente con una respuesta.

Necesita comprobar que no tiene que formular sola todas las preguntas.

[Silencio.]

No sé ustedes, pero yo habría agradecido alguna vez que alguien hiciera eso conmigo.

Y probablemente alguna persona habría agradecido que yo lo hiciera con ella.

[Calada.]

Eso me gusta.

Porque entonces ya no sé exactamente quién está ayudando a quién.

Y ahí suelen empezar las conversaciones que merecen la pena.

Esas que empiezan en un sitio y terminan donde les da la gana.

Las que alguna vez nos dejan al borde de una lágrima.

Y otras veces nos hacen reír hasta que aquello que parecía importantísimo hace cinco minutos resulta ligeramente ridículo.

Necesito ambas cosas.

La emoción y la carcajada.

Desconfío un poco de quien solamente sabe vivir en una de ellas.

Yo puedo estar hablando de Dios, del libre albedrío o de la muerte…

y cinco minutos después estar riéndome de unas patas de pollo de cuerda encima de una mesa.

[Risas.]

No es falta de respeto.

Quizá sea exactamente lo contrario.

La vida es demasiado importante para vivirla permanentemente con cara de estar comprendiendo la vida.

[Carcajada.]

Y si has llegado hasta aquí quizá ya hayas descubierto otra cosa.

No estoy intentando decirte quién soy.

Te estoy dando pistas.

Alguna será importante.

Otra quizá sea puro envoltorio.

Pero cuidado con despreciar el envoltorio.

También cuenta.

Lo elegimos. Lo arrugamos. Lo cambiamos. A veces nos protege.

Y otras veces es precisamente aquello que hace que alguien tenga ganas de descubrir qué hay dentro.

[Silencio.]

No voy a desenvolverme delante de ti.

Sería demasiado fácil.

Y seguramente sería mentira.

Porque tampoco yo conozco todo lo que hay dentro.

Todavía me sorprendo.

Todavía cambio.

Todavía descubro que estaba equivocado.

Todavía aparece alguien que mueve una pieza que yo creía definitivamente colocada.

Y quiero que siga ocurriendo.

Así que si después de todo esto crees que ya sabes quién soy…

ten cuidado.

Probablemente te hayas quedado con una parte.

Es verdadera.

No la descartes.

Pero no es todo.

[Calada.]

Yo llevo toda una vida conmigo y todavía mantengo conversaciones que empezaron hace más de sesenta años intentando averiguarlo.

[Silencio.]

Y quizá tú también tengas alguna.

Una que todavía no terminó.

Una persona a la que sigues respondiendo aunque ya no esté delante.

Algo que creías olvidado y que, de vez en cuando, vuelve a sentarse contigo.

No voy a preguntarte cuál.

[Sonrío.]

Todavía no nos conocemos tanto.

[Risas suaves.]

Pero si durante este rato alguna cosa que yo he dicho te ha llevado durante unos segundos a un lugar que era solamente tuyo…

entonces ya ha ocurrido algo entre nosotros.

No necesito saber qué.

Ni siquiera necesito que me lo cuentes.

[Silencio.]

Miro el puro.

Todavía queda.

Después miro el vaso.

Lo tomo con la mano derecha.

Esta vez no doy un sorbo.

Bebo lentamente lo que queda. Sin prisa. Dejo que el whisky termine de pasar antes de bajar el vaso. Lo sostengo todavía un instante, saboreándolo, y después lo deposito sobre la mesa.

El cristal queda limpio por dentro, apenas humedecido por la última película del malta.

Paso suavemente los labios uno contra otro.

Tomo entonces el puro entre los dedos.

Lo miro.

No lo apago.

Lo deposito ceremoniosamente en el centro del cenicero.

La brasa permanece viva.

Una hebra de humo comienza a elevarse lentamente.

Me pongo de pie.

Por primera vez abandono el sillón.

Camino despacio hasta el borde del escenario.

Ya no busco al último de la fila.

Ahora intento mirarlos a todos.

[Sonrío.]

—Hola.

[Silencio.]

—Me llamo Pedro.

[Pausa.]

—Ahora ya solo podemos continuar.

No espero el aplauso.

Empiezo yo.

Una palmada.

Después otra.

Y otra.

Los aplaudo a ellos.

Durante unos segundos quizá no sepan qué hacer.

Después alguien responde.

Otro se suma.

El aplauso comienza a extenderse por el auditorio.

Yo sigo aplaudiendo.

No agradezco nada.

No hago ningún gesto de despedida.

Porque todavía no nos estamos despidiendo.

Cuando el aplauso empieza a crecer, dejo lentamente de aplaudir.

Doy un último paso hacia el borde del escenario.

Los miro.

Sonrío.

—Hola. Me llamo Pedro.

[Pausa.]

—Ahora ya tenemos un comienzo.

Y me voy.

El aplauso continúa creciendo mientras mi figura desaparece lentamente de la escena.

El sillón queda vacío.

El vaso, sobre la mesa.

Y en el cenicero, el Wide Churchill continúa encendido.

Nadie vuelve a entrar.

La luz tampoco se apaga.

Desciende lentamente.

Entonces el humo empieza a hacerse visible.

Sube desde el cenicero, atraviesa la luz, se deshace y vuelve a aparecer. Por momentos parece quedarse suspendido sobre el sillón vacío. Después cambia de dirección y ocupa otro lugar.

No tiene forma suficiente para ser nada.

Y puede parecer muchas cosas.

El aplauso continúa mientras el escenario va desapareciendo.

El humo sigue jugando unos segundos con la luz.

Y alguien quizá recuerde entonces aquella extraña invitación del principio.

Hoy les invito a hacer unos humos conmigo.

Después ya no sabemos distinguir el humo de la oscuridad.

Negro.

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