Entre analfabeto emocional y vanidoso te quedas en la orilla y te pierdes zambullirte en el mar
Hace muchos años alguien me llamó analfabeto emocional.
No recuerdo exactamente qué estaba diciendo yo antes de escucharlo. Tampoco qué dije después. Pero recuerdo esas dos palabras.
Eso debe significar algo.
Mucho tiempo después, alguien me dijo que escondía muy bien mi vanidad.
Curiosa combinación.
Analfabeto emocional y vanidoso.
Durante años he llevado ambas expresiones conmigo. No como una condena permanente ni como una obsesión. La vida tiene bastante trabajo como para dedicarla a recurrir sentencias antiguas. Pero algunas palabras encuentran un lugar extraño donde quedarse. No molestan todos los días. Ni siquiera pensamos habitualmente en ellas. Hasta que algo las roza.
Y entonces siguen ahí.
Podría defenderme.
Podría decir que no soy un analfabeto emocional. Podría enumerar afectos, conversaciones, pérdidas, personas a las que he querido y personas que me han querido. Podría explicar todo lo que he aprendido desde entonces.
También podría defenderme de la vanidad.
Decir que no necesito ser el centro de atención, que no instrumentalizo a las personas, que puedo reconocer un error, que me gusta escuchar a quien piensa diferente y que no necesito que nadie me admire.
Pero sería demasiado fácil.
Y probablemente tampoco sería completamente verdad.
Claro que tengo vanidad.
Me gusta que reconozcan aquello que hago bien. Me gusta estar a la altura del lugar que ocupo. Cuido mi forma de presentarme. Soy exigente conmigo y, seguramente demasiadas veces, he esperado de los demás una exigencia parecida.
Y puede que hace veinticinco años supiera bastante menos de emociones de lo que creía saber.
Puede que quisiera bien y lo expresara mal.
Puede que no entendiera cosas que hoy me parecen evidentes.
Puede que alguna vez confundiera proteger con decidir, exigir con ayudar, fortaleza con resistencia.
Puede.
Los años conceden una ventaja extraordinaria y bastante tramposa: podemos mirar al hombre que fuimos con conocimientos que aquel hombre todavía no tenía.
Por eso ya no necesito demostrar que aquellas palabras eran falsas.
Lo que todavía puedo decir es que dolieron.
Especialmente una.
Analfabeto emocional.
Dolió porque aquel hombre estaba intentándolo.
Intentaba adaptarse. Sobrevivir. Construir. Mantener una casa. Levantarse después de épocas buenas y después de otras bastante malas. Intentaba querer y ser querido con las herramientas que tenía.
Algunas eran buenas.
Otras, seguramente, no.
Había aprendido pronto que había que estar a la altura. Que fallar podía tener consecuencias. Que cuando otras personas dependen de ti, equivocarte deja de ser un asunto exclusivamente tuyo.
Y esa manera de vivir puede convertirse en una losa.
Hay días en los que uno siente que, si no está entre los mejores de cualquier absurdo teorema de Pareto que se haya impuesto, el mundo se abrirá debajo de sus pies.
Después descubre que no.
El mundo suele tener cosas bastante más importantes que hacer.
Pero descubrirlo lleva tiempo.
En mi casa he repetido muchas veces una frase:
Cuando hay, hay para todos. Y cuando no hay, no hay para nadie.
Nunca la entendí como una contabilidad.
La entendí como compañía.
Disfrutemos juntos cuando podamos. Y cuando las cosas vengan mal dadas, procuremos seguir estando juntos.
Quizá por eso he tardado tanto en distinguir algunas palabras.
Admiración.
Reconocimiento.
Amor.
Durante mucho tiempo pueden parecer cercanas.
No lo son.
Del mundo profesional espero reconocimiento. Si ocupo una responsabilidad tengo que merecerla. Si represento a otros debo estar a la altura. Y si un día dejo de ser útil allí, habrá llegado el momento de hacer otra cosa.
No pasa nada.
Hay otros lugares.
Pero con las personas que quiero ocurre algo completamente diferente.
Hace poco me hice una pregunta que me desarmó:
¿Qué pasaría si mañana las personas que más quiero dejaran de admirar todo lo que he hecho y, sin embargo, continuaran queriéndome exactamente igual?
Creo que lloraría como un niño.
De alivio.
Porque durante unos minutos podría dejar en el suelo una losa que conozco bien.
No tendría que demostrar nada.
Ni sostener nada.
Ni explicar nada.
Simplemente estar.
Quizá por eso alguna vez dije a alguien:
Te querré hasta que te quiera.
Para mí significaba todo.
Para quien lo escuchaba podía significar exactamente lo contrario.
Yo creía estar diciendo que no quería prometer una emoción futura que nadie puede gobernar; que mientras quisiera, estaría entero dentro de aquello.
Tal vez el otro escuchó que yo decidiría cuándo terminaba.
¿Quién tenía razón?
Probablemente la pregunta sea inútil.
Las palabras también pertenecen a quien las escucha.
Y a veces dos personas pueden compartir una historia mientras están viviendo historias distintas.
Después llega la divergencia.
Algunas veces produce distancia.
Otras crea un abismo.
Y cuando aparece el abismo, cada uno continúa caminando por su lado con una imagen del otro que empieza a quedarse antigua.
Ahí hay algo que me inquieta.
Alguien puede habernos conocido profundamente y, sin embargo, conocer solamente a quien fuimos mientras estuvo con nosotros.
Puede haber visto algo verdadero.
Nuestra soberbia.
Nuestra cobardía.
Nuestra generosidad.
Nuestra torpeza.
Nuestra vanidad.
Puede haber acertado plenamente.
Y ése puede ser precisamente el problema.
Acertar en una parte y creer que hemos comprendido el todo.
Porque las personas seguimos.
Yo he rehecho mi vida varias veces. He cambiado afectivamente, personalmente, profesionalmente. He abandonado certezas que parecían definitivas y he conservado otras que sobrevivieron a casi todo.
No sé si eso me convierte en alguien especialmente sabio.
Probablemente no.
Me convierte en alguien que ha caminado.
Soy un hombre en permanente tránsito emocional.
Y tampoco quiero convertir esa frase en una nueva etiqueta.
Sería bastante estúpido pasar media vida intentando escapar de las definiciones de otros para terminar fabricándome una más elegante.
Sigo teniendo vanidad.
Sigo equivocándome.
Sigo siendo capaz de no entender a quien tengo delante.
Sigo exigiéndome demasiado algunas veces.
Y todavía puedo confundir mis razones con la razón.
Pero sigo caminando.
Por eso cada vez me interesan menos las etiquetas.
No porque sean siempre falsas.
Precisamente porque algunas son verdaderas.
El vanidoso puede ser vanidoso.
El frío puede haber sido frío.
El egoísta puede haber actuado egoístamente.
El analfabeto emocional puede no haber sabido leer algo que tenía delante.
Pero una persona es un territorio demasiado grande para contemplarlo desde una sola palabra.
La palabra puede ser la orilla.
Desde allí podemos describir el color del agua, observar las olas, calcular la temperatura y decidir incluso que conocemos el mar.
Pero todavía estamos secos.
Para conocer algo más hay que acercarse.
Y alguna vez hay que zambullirse.
No para justificar al otro.
No para absolverlo.
Ni siquiera para quererlo.
Simplemente para aceptar que detrás de aquello que hemos decidido que alguien es puede existir alguien que todavía está siendo.
Quizá nosotros también.
Hace muchos años alguien me llamó analfabeto emocional.
Mucho después alguien me habló de mi vanidad.
Puede que ambos vieran algo.
Hoy ya no necesito borrar ninguna de esas palabras.
Puedo dejarlas allí, en la orilla.
Tengo mar por delante.
