Si me equivoco, no me distraigas. Sigo caminando. Mi alma duda.

miércoles, octubre 14, 2026 Permalink 0

No dispongo de poderes sobrenaturales. Nunca los he tenido. Apenas unos ojos humanos, cierta obstinación por comprender y un alma que, de vez en cuando, quiere saltar al vacío para intentar unos arabescos. No sabe volar, pero tampoco parece dispuesta a renunciar al intento.

Cambio de rumbo entre fases de luna y crepúsculos. A veces por convicción, otras por miedo, por conveniencia o por una intuición que todavía no encuentra palabras. He defendido certezas que terminaron desmoronándose y he dudado de cosas que, con el tiempo, resultaron ser verdaderas. No siempre supe distinguirlas.

El mundo no es mundo porque alguien inventó una frontera. Otro blandió una espada y el que quedaba agitaba una bandera que no era suya.

Los tres eran humanos. Los tres tenían razones, aunque no fueran buenas. Quizá alguno creyó estar haciendo justicia. Quizá otro solo quiso proteger lo que amaba. También es posible que ninguno se detuviera a preguntarse por qué hacía lo que hacía.

No me cuesta reconocerme en ellos.

He levantado fronteras que después quise cruzar. He empuñado palabras como espadas y he defendido banderas que, al mirarlas de cerca, no sabía si eran mías. No necesito inventarme una inocencia para reconocer mis errores. Tampoco quiero que se conviertan en la explicación definitiva de quien soy.

Hay algo de intelectualidad en la belleza y algo de justicia poética en la indignación. La primera nos permite descubrir lo que no sabíamos que buscábamos. La segunda nos recuerda que todavía somos capaces de sentir como intolerable aquello que otros han aprendido a considerar inevitable.

Incluso lo grotesco quiere que lo veamos vivo. Hasta los demonios buscan el reflejo de Dios para su redención.

Quizá por eso, cuando rezo, no intento parecer mejor de lo que soy. Comparezco con mis contradicciones, con las cosas que hice y con las que no me atreví a hacer. Con aquello de lo que me arrepiento y con lo que todavía no sé si debo arrepentirme.

No siempre pido respuestas.

A veces solo necesito permanecer allí, abierto en canal, sin esconderme detrás de una explicación conveniente.

Somos don nadie en algún receso de nuestra propia idiosincrasia. Nos reconocemos en el espejo y, sin embargo, hay días en que nos sorprendemos pensando como desconocidos. Lo que ayer parecía irrenunciable hoy apenas nos importa. Una palabra, una ausencia, una mirada pueden alterar el orden de una vida que creíamos cuidadosamente construida.

Y seguimos.

Me usurpo para avanzar. Le tomo prestado el lugar a alguien que todavía no soy y trato de habitarlo sin saber si me pertenece. A veces descubro que truncar un impulso me acerca más a ese desconocido que todos mis esfuerzos por alcanzarlo.

En la diáspora de mis pensamientos encuentro el espíritu de un tobogán. Hay ideas que se deslizan sin pedir permiso, recuerdos que tropiezan con otros recuerdos y preguntas que llegan desde lugares donde nunca se me habría ocurrido buscarlas.

Lo innato reflexiona dando tumbos, con su propia banda sonora.

Somos cierta música en el fondo de un barranco. Puede que nadie la escuche. Puede que ni siquiera sepamos reconocerla cuando suena. Pero hay momentos en que algo dentro de nosotros encuentra su melodía y, durante unos instantes, no necesita demostrar nada.

Entonces aparece alguien.

Me haces llorar cuando siento que me abrazas y, sin embargo, no te suelto.

No sé si son lágrimas de alegría, de gratitud o de todas las veces que necesité aquel abrazo sin saber pedirlo. Tampoco necesito averiguarlo inmediatamente. Hay encuentros que pierden algo cuando nos apresuramos a explicarlos.

Tal vez caminar juntos consista en eso: aceptar que el otro también lleva sus fronteras, sus espadas, sus banderas, sus equivocaciones. Que no podemos recorrer su camino por él, ni exigirle que ilumine el nuestro.

Hay un sendero universal que solo se enciende a cada paso. No sé si conduce a alguna parte. Tampoco sé si todos caminamos por el mismo. Pero me gusta pensar que, de vez en cuando, nuestros pasos coinciden y podemos acompañarnos un trecho.

He aprendido algunas cosas. He olvidado otras. Todavía confundo el miedo con la prudencia y la obstinación con la fidelidad a mis principios. Algunas veces me doy cuenta a tiempo. Otras, cuando ya he causado daño.

Y entonces vuelvo a aquella conversación que mantengo conmigo mismo, incluso cuando rezo.

No me prometo que acertaré mañana. Ni que sabré reconocer todas mis equivocaciones. Ni siquiera que tendré el valor de corregirlas siempre.

Solo intento no apartar la mirada.

Porque no quiero una vida sin errores. Quiero una vida en la que todavía sea posible aprender de ellos, rectificar, cambiar de rumbo, volver a querer y descubrir algo hermoso donde antes no había sabido mirar.

No necesito llegar a ser otro para seguir siendo yo.

Mi alma y mi duda son mi yo al completo.

Y mientras haya un paso posible, aunque no sepa adónde conduce, seguiré intentando darlo.

Si me equivoco, no me distraigas.

Sigo caminando.

Mi alma duda.

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