No busco certezas.
Abro puertas al azar.
Tal vez suceda.
Hola.
No sé quién eres.
Hay algo en ti que me llama la atención. No sabría decir exactamente qué. Quizá tu manera de mirar, una sonrisa que todavía no me has regalado o simplemente esa extraña sensación de que, entre tantas personas, hoy tenía que encontrarme contigo.
No sé si creo en las casualidades. Pero si alguna vez el mundo ha querido demostrarme que existe el magnetismo, hoy ha encontrado una manera bastante convincente de hacerlo.
Espero no importunarte.
No vengo a ofrecerte una historia extraordinaria. Ni a prometerte que dentro de unos años recordaremos este instante como el comienzo de algo maravilloso.
Ni siquiera sé si volveremos a encontrarnos.
Solo quisiera que consideraras la posibilidad de dedicarme unos minutos. Puede que no ocurra nada. Puede que nos despidamos con una sonrisa educada y que mañana ninguno recuerde demasiado bien esta conversación.
O puede que esos minutos terminen convirtiéndose en años, en una vida o en algo que todavía no sabemos nombrar.
¿Quién podría saberlo ahora?
A veces nos empeñamos tanto en conocer el resultado de las cosas que olvidamos permitirles comenzar.
Queremos saber si funcionará antes de intentarlo. Si nos comprenderán antes de hablar. Si nos querrán antes de acercarnos. Si el camino merece la pena antes de dar el primer paso.
Y así, sin darnos cuenta, terminamos viviendo dentro de las fronteras de aquello que ya conocemos.
Es una forma bastante segura de no equivocarse.
También de no descubrir demasiado.
He pensado muchas veces en la cantidad de cosas que existen porque alguien hizo algo que, en aquel momento, parecía no tener demasiado sentido.
Alguien decidió mirar donde los demás habían dejado de mirar. Probar una combinación improbable. Contradecir una explicación aceptada. Preguntar por qué aquello tenía que ser necesariamente así.
Y hubo quien se equivocó.
Muchísimas veces.
Pero también hubo quien encontró algo que nadie había imaginado.
El azar puede poner una oportunidad delante de nosotros. Reconocerla, sin embargo, exige algo más que suerte. Exige curiosidad. Y, algunas veces, el valor de admitir que nuestras certezas no alcanzan para explicarlo todo.
No pretendo comparar una conversación entre desconocidos con un descubrimiento científico.
Aunque quizá compartan algo más sencillo: ninguno habría existido si alguien hubiera decidido que no merecía la pena intentarlo.
Nos han enseñado a valorar la utilidad de las cosas. A medir su rendimiento, calcular su coste, anticipar sus consecuencias y descartar aquello que no parece conducir a ninguna parte.
Y está bien.
Gracias a esa manera de pensar hemos construido mucho de lo que hace nuestra vida más fácil.
Pero ¿qué hacemos con aquello que simplemente nos gusta?
¿Qué hacemos con el deseo de pintar el césped de azul, de caminar por una calle desconocida, de escuchar una música que no entendemos o de acercarnos a alguien sin saber qué encontraremos?
¿Tenemos que justificarlo todo?
Quizá el césped azul no sirva para nada más que para hacernos sonreír cuando abrimos la ventana.
Y quizá eso sea suficiente.
La vida humana contiene una inmensa cantidad de cosas que no podrían defenderse ante un tribunal de la eficiencia. Una caricia que se prolonga, una conversación sin propósito, una tarde mirando el mar, una amistad que comienza con una pregunta absurda.
Nada de eso necesita producir un resultado para haber merecido la pena.
Aunque también es verdad que las posibilidades no son inocentes por el simple hecho de ser nuevas.
Hay puertas que conviene no abrir. Caminos que pueden hacernos daño. Decisiones cuyas consecuencias alcanzan a personas que nunca participaron en ellas.
Por eso necesitamos pensar.
Antes de decidir.
Y después.
Porque decidir no debería significar dejar de aprender. Ni tener razón. Ni convertir lo elegido en una verdad que debamos defender para siempre.
Hay decisiones que pueden corregirse. Otras no. Pero incluso de aquellas que ya no podemos cambiar debería quedarnos la libertad de comprender algo nuevo.
Tal vez la madurez no consista en acumular certezas, sino en aprender cuáles merecen acompañarnos y cuáles debemos estar dispuestos a revisar.
También en saber cuándo no hacer nada.
No todas las oportunidades requieren una respuesta inmediata. No toda curiosidad exige una experiencia. No toda puerta abierta nos obliga a cruzarla.
Y, sin embargo, me inquieta la facilidad con la que podemos convertir la prudencia en costumbre y la costumbre en una manera de renunciar.
Hay personas que pasan por nuestra vida sin que lleguemos a conocerlas. Algunas porque no hubo ocasión. Otras porque la hubo y ninguno se atrevió a decir hola.
Quizá habríamos sido incompatibles.
Agua y aceite.
Quizá no habríamos encontrado una sola idea que compartir, ni una conversación que mereciera prolongarse.
Pero incluso el agua y el aceite pueden encontrarse sin necesidad de dejar de ser lo que son.
No todas las diferencias necesitan resolverse. Algunas pueden contemplarse, comprenderse y permanecer.
No necesito que pienses como yo para interesarme por lo que piensas. Ni que quieras lo que yo quiero para preguntarte qué buscas.
Tampoco necesito convencerte de nada.
A veces basta con descubrir que existe otra manera de mirar aquello que creíamos conocer.
Y puede que, después de escucharte, continúe pensando exactamente igual.
O no.
Me gusta esa última posibilidad.
Porque hay algo profundamente humano en permitir que otra persona nos sorprenda sin exigirle que termine pareciéndose a nosotros.
Volvamos entonces al principio.
Estás ahí.
Yo estoy aquí.
No sabemos nada el uno del otro.
Quizá llevemos vidas que nunca volverán a cruzarse. Quizá nuestras historias no tengan ningún lugar donde encontrarse. Quizá dentro de unos minutos descubramos que no tenemos nada que decirnos.
Pero todavía no lo sabemos.
Y eso, curiosamente, es lo que me anima a acercarme.
No busco que me prometas nada. Ni que me recibas con los brazos abiertos antes de saber quién soy.
Solo quisiera que no confundieras lo desconocido con lo que no merece conocerse.
Si te apetece, sonríe un poco.
Tal vez sea la señal que me falta para dar el siguiente paso.
Y si no te apetece, también está bien.
La libertad de encontrarnos incluye la de seguir caminando.
Puede que todo termine aquí.
Puede que no.
Mientras tanto, me quedo con algo que hoy me parece más importante que averiguar cómo acabará nuestra historia.
Todavía podemos empezarla.
Hola.
No busco certezas.
Abro puertas al azar.
Tal vez suceda.
