El arte no tiene espacio

lunes, agosto 10, 2026 Permalink 0

El arte no tiene espacio

El arte no tiene espacio. Lo crea.

Como el cortejo de dos cernícalos que se encuentran en mitad del aire y, durante unos instantes, convierten el vacío en territorio. Son depredadores. Conservan las garras, el instinto, la fiereza que les permite sobrevivir. Ninguno necesita dejar de ser lo que es para acercarse al otro. Y, sin embargo, se buscan. Se reconocen. Se cortejan. Hay algo casi incomprensible en esa danza: dos animales hechos también para matar son capaces de inventar belleza mientras vuelan.

Quizá nosotros no seamos tan diferentes.

Hace más de veinte años alguien me llamó analfabeto emocional.

No recuerdo aquellas palabras como una revelación. Recuerdo el golpe.

Hay palabras que no llegan para explicar nada. Llegan con la intención de encontrar una grieta y entrar por ella. Y aquella encontró la suya.

No devolví otra frase.

Quizá una mirada. Cierta humillación. Un quejido pequeño de esos que apenas llegan a convertirse en sonido.

Después quedó el silencio.

Y las palabras.

Durante mucho tiempo pensé en ellas.

No para decidir quién tenía razón. Tampoco para construir un culpable al que poder regresar cuando necesitara explicarme. Eso habría sido demasiado sencillo.

Necesitaba hacer algo bastante más incómodo:

mirarme.

Un espejo sirve de muy poco si solo estamos dispuestos a aceptar aquello que nos gusta.

Y encontré cosas que no me gustaban.

Discusiones innecesarias. Reacciones desproporcionadas. Frustraciones que llegaban disfrazadas de ira. Emociones que aparecían dentro de mí sin haber aprendido todavía a presentarse.

Pero descubrí también algo importante.

Yo sabía sentir. Lo que no siempre sabía era qué estaba sintiendo.

Y hay una diferencia enorme.

Porque aquello significaba que no estaba vacío.

Simplemente tenía que aprender a leer.

Todos conservamos dentro un idioma anterior a las palabras.

Los arcanos.

El gruñido.

La embestida.

Las garras.

Ese lugar primitivo desde el que reaccionamos antes de comprender por qué estamos reaccionando.

Podemos negarlo.

Esconderlo.

Disfrazarlo de educación, cultura, inteligencia o buenas maneras.

Pero seguirá allí.

No creo que evolucionar consista en amputarnos aquello que no nos gusta.

Eres lo que eres.

La cuestión es qué haces con ello.

A los toros hay que tomarlos.

Hay que aprender su fuerza, conocer su embestida y decidir hacia dónde queremos conducir toda esa energía.

Porque dominar no significa destruir.

Significa gobernar.

Y quizá una parte importante de hacerse humano consista precisamente en eso: conseguir que aquello que antes solo sabía reaccionar aprenda también a elegir.

Las garras no desaparecen.

Aprenden cuándo no arañar.

El veneno tampoco.

Hasta la pobre culebra muerde porque esa es la defensa que la naturaleza le entregó. No necesitamos odiarla para comprender que puede hacernos daño.

Nosotros tenemos una posibilidad extraordinaria que ella no tiene.

Podemos detenernos.

Podemos observarnos.

Podemos preguntarnos.

Podemos decidir qué hacemos después.

Y, sobre todo, podemos transformar.

Hace poco alguien a quien quiero me dijo una frase que me hizo sonreír:

«A ti te tiran piedras y devuelves pulseras.»

Quizá exageraba.

Pero me gusta pensar que ahí hay una posibilidad que todos tenemos.

No estamos obligados a devolver al mundo las cosas en el mismo estado en que llegaron hasta nosotros.

Una piedra puede seguir siendo una piedra.

O puede convertirse en otra cosa.

El veneno puede quedarse dentro.

O enseñarnos algo.

Una palabra pronunciada para herir puede acompañarnos durante veinte años y terminar ayudándonos a comprendernos.

Una herida puede permanecer abierta.

O el tiempo puede convertirla en una cicatriz.

Y las cicatrices son hermosas precisamente porque no niegan lo ocurrido.

Son tiempo visible.

La prueba de que algo pasó de un estado a otro.

Quizá eso sea la vida.

El tiempo que tardamos en convertir unas cosas en otras.

Podemos llamarlo introspección.

Racionalización.

Aprendizaje.

Madurez.

Evolución.

Da igual el nombre.

Lo importante es el movimiento.

Y durante mucho tiempo pensamos que ese movimiento tenía que dirigirse hacia nosotros mismos.

Comprenderme.

Mejorarme.

Superarme.

Perdonarme.

Encontrarme.

Pero incluso una introspección maravillosa puede convertirse en otra forma de permanecer girando eternamente alrededor de uno mismo.

Centrípeto.

Cada vez más hacia dentro.

Quizá la verdadera evolución empiece cuando invertimos la dirección.

Centrífugo.

Cuando lo aprendido sale.

Cuando comprender mi ira me ayuda a no herirte con ella.

Cuando conocer mi miedo me permite reconocer el tuyo.

Cuando haber aprendido algunas letras de mi propio alfabeto emocional me impide humillarte porque tú todavía estás aprendiendo las tuyas.

Cuando mi cicatriz deja de ser únicamente el recuerdo de lo que me ocurrió y se convierte en sensibilidad hacia aquello que te está ocurriendo a ti.

Entre la gente.

Con la gente.

Para la gente.

Porque en cualquier relación todos somos, como mínimo, partes.

No hace falta organizar un tribunal para decidir quién fue el problema y quién debía haber encontrado la solución.

Dos personas crean algo desde el instante en que se encuentran.

Un espacio que no existía antes.

Como los cernícalos.

Una palabra puede hacerlo inhabitable.

Una mirada puede reconstruirlo.

Una caricia puede ensancharlo.

Una disculpa puede permitirnos regresar.

Y a veces alguien seguirá sin saber leer una emoción porque quienes la rodean se limitan a señalarle las faltas de ortografía.

Todos somos maestros y alumnos en ese extraño alfabeto.

Hay sentimientos que leemos con absoluta fluidez y otros en los que todavía juntamos las letras con el dedo.

Quizá amar también sea eso.

No exigir que el otro llegue aprendido.

Sentarnos alguna vez a su lado y leer juntos.

Sin saber siquiera cuál de los dos terminará enseñando al otro.

Y entonces volvemos a aquellos cernícalos.

Siguen siendo depredadores.

Siguen teniendo garras.

Pero vuelan juntos.

No han necesitado convertirse en palomas para encontrarse.

Tal vez nosotros tampoco necesitemos convertirnos en otra cosa para aprender a convivir con lo que somos.

Necesitamos algo aparentemente más sencillo y muchísimo más difícil:

ser honestos.

Mirarnos al espejo.

Sin indulgencia.

Sin crueldad.

Reconocernos.

Esto me gusta.

Esto no.

Esto me enorgullece.

Esto todavía me avergüenza.

Aquí sigo teniendo garras.

Aquí aprendí a acariciar.

Aquí creía haber evolucionado y ayer volví a gruñir.

No pasa nada.

Hoy soy esto.

Hoy.

Ahí está quizá una de las palabras más importantes de nuestra vida.

Porque «yo soy así» puede convertirse en una cárcel.

Pero «hoy soy así» contiene una puerta.

Nada es permanente.

Nada es eterno.

Nada está completamente terminado.

Ni siquiera aquello de nosotros mismos que hoy nos parece maravilloso tiene obligación de permanecer igual mañana.

Por eso superarnos no debería significar derrotar a quien fuimos.

Debería significar llevarlo con nosotros hasta lugares a los que todavía no sabía llegar.

Y entonces aparece algo de lo que hablamos demasiado poco:

el orgullo.

El legítimo orgullo de mirar hacia atrás y reconocer la distancia.

No para decir:

«Ya llegué».

Sino para sonreír ante una evidencia mucho más hermosa:

«Pude hacerlo.»

Y después mirar hacia delante.

Porque quien pudo hacerlo una vez acaba de descubrir algo todavía más importante.

Puede volver a hacerlo.

Quizá ahí empiece el futuro.

No como amenaza.

No como territorio desconocido que debamos conquistar.

Sino como algo mucho más hermoso:

un lugar acunado y efervescente.

Acunado porque podemos llegar hasta él llevando con ternura todo cuanto hemos sido.

Efervescente porque todavía quedan cosas que descubrir, crear, amar, aprender, transformar.

No llegaremos limpios.

Llegaremos enteros.

Con nuestras piedras.

Nuestro veneno.

Nuestras cicatrices.

Nuestros arcanos.

Nuestras garras.

Nuestra ternura.

Nuestro orgullo.

Todo sirve.

Todo es material.

Así que alguna vez, cuando tengas el valor de hacerlo, ponte delante de un espejo.

No busques defectos.

Tampoco virtudes.

No te juzgues.

Mira.

Reconoce honestamente a quien tienes delante.

Y cuando hayas terminado, no digas:

«Yo soy así».

Di:

«Hoy soy así.»

Después quédate unos segundos más.

Y pregúntale a esa persona que te devuelve la mirada:

si nada de cuanto veo tiene por qué ser definitivo, ¿en qué podría convertir todo esto?

Tal vez entonces comprendas por qué dos cernícalos pueden crear un territorio en mitad del aire.

Y por qué el arte no tiene espacio.

Lo crea.

Quizá tú también.

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