Sumo, pero no acumulo
No vine al mundo para conservar.
Vine para cruzar.
Cuando otros levantaban fronteras, yo buscaba el lugar por donde podían derribarse. Cuando otros defendían banderas, yo ya estaba preguntándome qué había al otro lado del mapa.
Nunca entendí la vida como un refugio.
Siempre la entendí como una expedición.
He cruzado ejércitos y he caminado solo.
He conocido la luz que deslumbra y la sombra que obliga a afinar la mirada.
He probado el sabor del éxito y el hierro de la derrota.
He respirado el humo de los incendios que yo mismo ayudé a apagar.
Y cada vez que el polvo terminaba de caer, hacía siempre lo mismo.
Miraba el horizonte.
Porque detrás de cada línea aparecía otra.
Y detrás de cada mundo esperaba otro mundo.
Muchos creen que el poder consiste en ganar.
Nunca lo entendí así.
El poder consiste en elegir.
Elegir el siguiente paso.
Elegir el siguiente riesgo.
Elegir el siguiente juego.
No importa si el caballo se convierte en oso, el oso en león o el león en gacela.
Importa no dejar que nadie decida por ti cuál será el siguiente animal sobre el que cabalgar.
Ahí empieza la libertad.
No he querido acumular.
Nunca.
Acumular inmoviliza.
Pesa.
Te obliga a vigilar lo que posees por miedo a perderlo.
Yo prefiero sumar.
Porque cada suma no aumenta el equipaje.
Aumenta el horizonte.
Dos más dos nunca fueron cuatro.
Cuatro era simplemente la plataforma desde la que construir el seis.
Y el seis, la del diez.
Y el diez, la del infinito.
He aprendido que las respuestas solo valen cuando son capaces de sostener preguntas mejores.
Por eso jamás me interesó encontrarme a mí mismo.
Cuando me cruzo conmigo, me saludo.
Y sigo caminando.
No porque me falte algo.
Porque todavía queda un camino por recorrer.
Me preguntan si no me cansa vivir así.
Claro que cansa.
Después de cada batalla hay heridas.
Hay humo.
Hay un sabor metálico en la boca que recuerda el precio de haber cruzado una frontera más.
Pero nunca confundí el cansancio con el deseo de detenerme.
Descansar nunca fue mi destino.
Solo la pausa necesaria para recuperar el aliento antes del siguiente amanecer.
Porque el amanecer nunca fue una promesa de tranquilidad.
Fue siempre una invitación.
Una puerta abierta.
Un tablero vacío.
La posibilidad de inventar un juego que ayer todavía no existía.
Tal vez por eso nunca he perseguido la inmortalidad.
He perseguido otra cosa.
La capacidad de crear valor allí donde me encontrara.
Si un día me quitaran los proyectos, los cargos, las empresas, la responsabilidad y hasta la posibilidad de cruzar una sola frontera…
Ese día mi vida no valdría menos.
Valdría más.
Porque tendría que volver a crear desde la nada.
Y ese ha sido siempre el único territorio donde he querido ponerme a prueba.
Hoy soy el protagonista de mi vida.
En el próximo amanecer lo seré… o no.
Pero amanecerá.
Y esa es la forma más hermosa que tiene el mundo de recordarnos que la vida nunca nos perteneció del todo.
Solo nos fue prestada un día cada vez.
Por eso no temo al último amanecer.
Mientras exista uno más, habrá una línea esperando ser cruzada.
Y si un día no despierto para verla…
Que nadie escriba que terminé mi camino.
Escribid simplemente que iba de camino hacia la siguiente frontera.
