Cada media noche,
en la que no te tengo,
repican las campanas
de nuestro fracaso,
al tiempo que,
enmudece mi esperanza.
Cada media noche,
en la que no te tengo,
repican las campanas
de nuestro fracaso,
al tiempo que,
enmudece mi esperanza.
Ensayo y error sobre lo mejor de mi.
De camino hacia el abismo
secuenciamos la fértil sangre.
Desaparecen los errores de bulto
de una trama, excesivamente precaria,
y vista para sentencia.
Nunca pedí perdón por nacer.
Ni permiso.
Me vuelvo, a diario, a la infancia sutil.
La que se jugaba en silencio.
En la que observaba cauto
La construcción de castillos
efímeros y desordenados.
Las ansias tempranas,
que diría mi añorada Tía.
Un manojo de barro.
Un filo yermo de sangre.
Jadeos nómadas entre cuartos.
Risas. Inocentes risas.
Ya no soy capaz de mirar atrás
sin que me duela a espina dorsal.
Será por su incuestionable lejanía.
Por la ausencia de aroma.
Por aquellos que no están.
O los que quise, inútilmente, que estuvieran.
¡Quizás!
Siempre me he preocupado de vivir, disfrutar y sentir
Sin la obsesión de atesorar, literalmente, cada recuerdo.
Siempre he preferido olvidarlo todo y luego, evocarlo,
cuando repito la sensación o añoro un sentimiento.
Vivir la vida en serio, ha sido mi lema.
Nunca me ha esclavizado su necesidad.
Un arte singular, parecido a la esgrima,
donde la defensa y el ataque se convierten
en un baile de salón, cabalmente sincronizado.
Hoy,
atesoro sensaciones.
Amigos.
Nostalgia.
Deseos.
E ilusiones.
Cuando tomo café con ellos,
cariñosamente nos tratamos de tu.
Intercambiamos recuerdos sin dogma alguno,
y vencemos el insomnio con el alma a cuestas.
¿Qué es la vida?
¿Lo que transcurre en tu presencia?
¿Lo que queda del mundo?
¿Lo que comparten los que te quieren?
¿O lo que te desposee el adversario?
¿Somos humo o presencia?
¿Herencia o virtud?
¿Momentos inconexos?
¿O una realidad fasciculada?
¿Eres lo que deseas?
¿O lo que posees?
¿Tal vez lo que fuimos?
¿Lo que ya no seremos?
Me inquieta.
Me sorprende.
Me corroe.
Me fascina.
¡Que la vida,
que me da luz propia,
me sorprenda un día,
y el resto también!
Al fin y al cabo,
Cuando el miedo nos rodea,
ya posee tu alma atormentada,
aun cuando piensas en mi,
como un ser querido.
En esta vida, ya no veré muchas cosas nuevas.
Me he sorprendido atesorando tiempo y recuerdos,
con una ansiedad impropia de un ser humano feliz.
He soñado, y alcanzado, mucho más de lo que mi mente creó.
He dado color a realidades que sentí incapaz de soportar.
He volado tras el humo del hogar hasta tejados quebradizos.
Al final es mi sombra la que termina en mis pies y no al revés.
La nitidez del arcoíris solo la ilustro entre el blanco y el negro.
Y mi voz balbucea convencimientos mas allá de seducirte.
Este no soy yo.
Soy el naufragio
de aquello que fui,
y quise huir.
Sofoquemos la ignorancia con lo cercano.
Envejezcamos de manera pausada y atenta.
Tratemos de superar lo escrito por nuestros ancestros.
Desertemos del hambre como de la autocomplacencia.
Seamos espiga e incienso.
Abrazos y sentida felicidad.
Las ventanas del coche despiertan jaspeadas de noche.
En el poste de teléfonos, otea un cernícalo su primera presa.
Me hundo en el aroma del café y vuelo lejos.
En el borde de la niebla del pasado, donde mora la nostalgia,
estarás enroscada bajo la manta. Allá lejos, en tu casa.
Tus sueños y deseos, absortos, juegan bajo las sábanas.
Tu almohada sostiene un suspiro entrecortado.
Tu mente descansa.
Tu cuerpo emerge del submundo de la nostalgia.
Se insensata y disfruta de todo.
Deja que las palabras se arremolinen
Bajo el abrigo del viento de otoño.
No intentes decirme que alguien te espera cuando te sientes sola.
Tus barreras se abaten con un golpe de viento, y trazas de locura.
Bésame. Lo que se lleva el viento, no infunde miedo, ni explicación.
Fui sangre y fui piedra.
Inerte y helada.
Helada e inerte.
Casi caduca.
Das coherencia
al lejano tañido
tras la desolación.
Reduces a una coma
la encíclica que desbasta
el instante desnudo.
Una incontable constelación
conjura el pavor de mi llanto.
Llueve una banda sonora indescifrable
El otoño viene a morar sus tres meses y un día.
Las piedras del jardín se resisten a evaporar
los últimos rayos atesorados del verano.
Una etérea flor de buganvilla se suicida,
salpicando sonrisas sobre los charcos.
Las vasijas abren, aun más, sus bocas
en busca de un hálito de agua.
El silencio ha emigrado.
Las tejas ejecutan su cacofonía otoñal.
El olivo gotea con la parsimonia de su aceite.
Las macetas se inundan y todo el jardín
toma un color intenso y brillante ,
mientras la luz de la tarde agoniza.
Me doy cuenta que me agrada
el hecho de sincronizar mis años
mientras jugueteo con tu recuerdo.
Acontecerá la esperanza.
Y con ella, tu presencia.
Gracias.
Por impedir que me ahogue con mi propia vida.
Por escuchar pacientemente cuando ni yo sé lo que quiero.
Cuando los botones se desordenan y sonríes mientras te acercas.
Por esperar por mis papeles garabateados de vida y locura.
Gracias.
Por las minucias que dan fruto al despertarme, aun de noche.
Por cambiar tu respiración por la mía hasta que se acompasa.
Por tus manos mansas y cálidas que contienen, al menos, dos mundos.
Por ser mi centro de gravedad y el reflejo nítido de mis oraciones.
Gracias.
Por la satisfacción del perdón recibido y nunca solicitado.
Por cerrarme en tu círculo al borde del mar con el pliegue de sus olas.
Por la ausencia de secretos y la memoria henchida de felicidad.
Gracias.