Utiliza mi almohada
a modo de pecho.
Así besaría las sombras de tu alma,
si con ello consiguiera tu resurrección.
Aprender a morir,
si consigo hacerlo en tus brazos,
antes que culmine esta vida.
Utiliza mi almohada
a modo de pecho.
Así besaría las sombras de tu alma,
si con ello consiguiera tu resurrección.
Aprender a morir,
si consigo hacerlo en tus brazos,
antes que culmine esta vida.
Sé que lo quieres todo.
También que fabulas,
en la penumbra de mi fantasía.
Y sueño con el ruido que respiras,
con sus mil veredas de retorno.
Sin realidad objetiva,
conjuro una vereda traslúcida,
entre la sonrisa y el destino.
Prohibido amar.
Sin miedo.
Sin ilusión.
Amo contar historias, y aderezarlas con detalles penetrantes y anárquicos.
Inventarme un sortilegio que impregne la atmósfera de suficiente magia.
Incrustarme en tus entrañas y hablares de pasión de tú a tú. Sin ansiedad.
Novelar el silencio de tus sentimientos y sumergirme en un mundo animado.
Acabar con los días grises, con la paleta de tus labios sobre un único lienzo.
Aparcar junto al mar y ver como revolotean las gaviotas sobre tu aroma.
Volver a lugares imposibles por el paso del tiempo y revivir tus momentos.
Sentirte sin que detectes mi presencia. Arremolinarme bajo tus sábanas.
Desaparecer como hombre y revivir en tu costado conformando latidos.
Conmemorar tu conquista sin blasones ni estandartes. Solo con silencios.
La perfección del filo entre tu deseo paciente y mi pasión descontrolada.
Buscar un beso encapsulado sin máscaras. Una banda compuesta por dos.
Aun escucho la banda sonora de tu primer beso.
Aquellos besos que me miraban e invadían.
Aquellos océanos que orbitaban tu sonrisa.
El vaivén de los recuerdos compartidos.
Aquella manera de querer que me enseñó
a no vivir de otra manera.
Un abrazo cálido que me ponía a tus pies.
El laberinto que formamos entre sábanas.
La anunciada llegada de tu explosión.
La diversidad de tactos y sabores correspondidos.
El sonido de la eternidad en tus labios.
La fluidez de tus deseos y mi entrega,
La ausencia premeditada de etiquetas.
La naturalidad con que nos convertimos.
Como desgranamos vidas y esperanzas.
Los momentos decisivos y los efímeros.
Tu sexualidad deliciosamente creativa.
Los puentes hacia tu pensamiento.
Tu ingrávida juventud en mis manos.
La pasión insólita de tu entrega.
Los mapas de acceso a tu cuerpo.
La sencillez de la inmersión en tu boca.
Racimos de purpurina que crearon
a este encantado servidor de tu amor.
La realidad se ha convertido en el lugar en donde estamos,
y lo inesperado, en lo único que puede cambiar tu vida.
Vivimos envueltos en el miedo al riesgo y a cualquier cambio.
Lo queremos todo y elegir se ha convertido en un tormento.
Ignoramos la capacidad de una catarsis endémica y sin límites.
También es cierto que es la necesidad de cambio quien nos elige.
Recelamos de una conversación ininterrumpida a tumba abierta.
El valor intrínseco del alma se ha convertido en la ocultación.
Una herida abierta por una palabra, lacera siempre de muerte.
Fascinados por la cobardía, dejamos de valorar el reflejo del espejo.
Y nos empobrecemos como ser humano, persona, o sociedad.
Quizás encontramos romanticismo en esquivar un beso a bocajarro.
Nos apresuramos a escondernos en la ególatra cueva del silencio.
Imprudentemente olvidamos que la única forma de tener varias vidas,
consiste en aligerar la piel muerta y desvencijada que curte el tiempo.
Me gusta ser quien soy mientras no tenga otra cosa que hacer.
Vivir es transformarse. Nunca poseer o esconderse perpetuamente.
Aun te asustas,
y no entiendo porqué.
Entiende tu poder.
Tu talento.
Tu belleza.
Tu oportunidad.
Domínalos.
Ámalos.
Úsalos.
Vívelos.
Los líderes nunca
van en manada.
Nunca.
Nos preceden las palabras pronunciadas,
e incluso las silenciadas.
Berreamos como criaturas
lo que nunca conseguimos como hombres.
Envejecen las metáforas que aplicamos
a los errores mientras se diluyen.
Morimos de a poco.
A medida que la libertad de errar
nos abandona en el camino.
Abrimos puertas de manera compulsiva,
y las cerramos perturbados.
Infancia de un pensamiento
con el síndrome de Peter Pan.
Racionalizamos la magia,
y acabamos llorando su ausencia.
En ausencia de palabras,
gritamos compasión.
Huimos del pasado,
y perecemos en sus cenizas.
Mostramos la piedra de nuestra mano,
como innato gesto de defensa.
Enloquecemos,
bajo esta peligrosa historia.
Te aprecio, pero no te quiero.
Te extraño, pero no te busco.
Te pierdo, y poco a poco, muero.
Enloquecemos
En mi hora más brillante, alcanzo a pronunciar tu nombre sin inmutarme.
La impune nostalgia que pues cargar en tu maleta sin zozobrar de dolor.
Aquella pasión que nos desbordaba nunca dejo de asustarnos a cada paso.
Aquella historia terminó arrodillándome ante la colina de los fracasos.
Calumniamos los principios de la entrega y varios versículos del amor.
Sorpresas que desconocía, pero bullían entre la piel fría como el ámbar.
Desmerezco la ausencia de tu voz. La penitencia de tus labios vacíos.
Con el tiempo, he acumulado una deuda de honor con mi corazón.
El respeto por la pasión incondicional fue un veneno que me horadaba.
Respuestas inexplicables compartidas entre silencios distorsionados.
Sigo viajando sin equipaje desde mi gruta hacia los confines de la razón.
Escarmenté con el veneno de las palabras huecas con una cicatriz perenne.
Culpa mía. Demasiadas ilusiones se desbocan en las rendijas del llanto.
Al final, tan solo me queda la fantasía como antídoto ante lo imprevisible.
Un gran momento para una tormenta perfecta que permita reinventarme.
Hola Olga, hace siete años que no estás.
La hija de nuestra amiga Ali, escribía en estos días, una frase preciosa:
“Eres mi casualidad más bonita.” Esa mujer ha parido pequeñas diosas.
Pocas personas me han cogido de la mano y me han mostrado sueños.
Tu fuiste una de ellas. Me enseñaste a escribir en un folio mis sentimientos.
También, que en los detalles imperceptibles estaba la grandeza de la vida.
Juntos dimos forma a unos pocos miles de folios aderezados de música.
Te levantabas temprano y nos atendías a todos con una frase personalizada.
Eran tiempos de dudas, de embriones nonatos y de ilusiones desmedidas.
Aprendí a expresar lo que sentía y, poco a poco, voy aprendiendo a escribir.
Ya no soy quien era. Fuiste la frontera entre la decadencia del egoísmo
y el florecimiento de una sonrisa tatuada al dobladillo de tu falda.
Amé tu vitalidad sin invadir tu espacio. A mirar por tu ojos. Y aprender.
Ahí estaba el mundo de todos y cada uno que conformamos la comunidad.
Agazapada bajo tu piel borboteaba tu cruel e inesperado adiós.
Tu silencio permanente robó mi sonrisa y me sentí a merced de la duda.
Sin embargo, amiga mía, sembraste un mano de semillas de ilusión
Que un hoy sostienen mi nuevo yo y el recuerdo imborrable de tu gesto.
Sigue esperándome. Nos queda una última poesía a dos manos.
Besos.
Me obsesiona el como simplificar
la complejidad de la vida:
Sus debilidades descreídas.
Los poderes desorbitados.
Sus silencios cómplices.
Los corazones desposeídos.
Las renuncias entre lágrimas.
Su incomprensión pesimista.
Las promesas impermeables.
Los individuos rodeados de aire.
Sus confianzas diseminadas.
La incapacidad de sentir.
Los abrazos con las manos cortadas.
La irrigación de los sentimientos.
El conflicto permanente.
Sus mitos celestiales.
Sonrisas petrificados sobre silencio.
Las palabras que suenan a vacío.
El esbozo rutilante de tu sonrisa.
La desorientación de tu mirada.
La renuncia a tu libertad.
Sus mil maneras de olvidarte,
y una más para extrañarte.
Al fin y al cabo fuimos mariposas
sin su inexcusable metamorfosis.