No quiero que seas nada, salvo mi realidad.
Que la eternidad no tenga significado.
No quiero que seas nada, salvo mi realidad.
Que la eternidad no tenga significado.
Larga calma de tu cuerpo sobre arremolinadas sábanas.
Palpitan los anhelos entre contracciones involuntarias.
Se consuma el deseo y consumimos el aire que nos rodea.
La espuma del deseo cubre los poros de tu piel perfecta.
Salimos del abismo al que juntos accedimos a nuestra vera.
Resplandece el blanco de tu sonrisa sobre el rojo imperfecto.
Un velo de agua compartida y sueños consumados de a dos.
Oro que asciende. Aromas de sal y sabor maduro de fresa.
La consagración de la ofrenda de los cuerpos incombustibles.
El centelleo que siembra el humo de la pasión espontánea.
El rumor de la orilla de la cama. tu sombra repleta. Tu orilla.
Dentro de mi corazón se abre un hueco abocado a tu aliento.
Siembro hueso y sangre vencida. Recolecto turgencia divina.
Te atesoro, y ya comienzo a temblar si algún día te pierdo.
Quiero que seas el ángel
que venga a buscarme
tras la muerte.
Que mi última sonrisa
te salude mientras me abrazas.
De cuando la seducción
se convirtió en corrupción,
ante quien me desposeí
de la crueldad de este mundo.
Con mi última lágrima.
pronúnciame por quien soy,
y no por lo que este mundo
quiso que fuera.
He tenido voluntad de amar
por mí mismo.
Sin embargo hoy necesito
que me ayudes a dar
el último paso.
Extraños pétalos de ignota flor.
…
Aquellas lágrimas,
nunca derramas
Cristalizadas,
e incrustadas.
Murallas durmientes.
Universos convexos.
Diamantes sin pulir.
Océanos sagrados.
Milagros irisados.
Eternidad que zozobra.
Ingratitud,
y profusas traiciones.
Tañidos de ansiedad.
Gloria extinta.
Lujuria sin carne.
Fósiles arcanos .
Festín de atmósferas.
Sudarios sobre la cama.
Extraños pétalos,
de ignota flor.
La demencia
que amo y odio
Y necesito beber.
Sé quién eres:
La felicidad plena.
El miedo a perderla.
La muerte cabalga rápida
a lomos del último beso,
aun cuando no hayas
decidido dármelo.
Aprovechemos
la felicidad que podamos
mientras el beso de la muerte,
ese que te arranca el hálito,
y te deja inerte ante el silencio
de la presencia secuestrada.
Entramos en esa falsa decadencia
donde podamos ante el confesionario
la vida que llevamos a cuesta.
Con tu trabajo y pasión
consigues
que la tierra hable,
me convenza
y amamante.
La efusión del recuerdo.
Los instantes ínfimos.
La angustia.
La emoción contenida.
El miedo desmesurado,
que convierte a los hombres
en parte de su propia tierra.
La alegría de la vida.
La fiesta de la gratitud.
Su presencia: Inquebrantable.
Su voz: Profundamente despeñada.
Su mirada: Inundada de silencio.
La amaba,
mientras olvidé respirar.
Me dejo morir,
como agoniza el aliento.
Desde la ansiedad,
hasta la rendición.
Expiro,
anegada el alma de sangre.
Con el sabor metálico,
que impregna el silencio.
Mientras yacías,
fría como el invierno.
No somos eternos.
Aunque, a veces,
un poema
cimbrea tu cintura,
y en tus ojos
prende un verso.
Sin aire,
que poder respirar,
Tan solo imploro,
que la ansiosa muerte
sea la sublimación
de amarte
desde dentro.
Un acto sin nadie
y más allá de una vida.
Hagamos una historia
excéntrica de mitos.
Una condena
de orquídeas orquestadas.
Volar entre aromas a verdad
y pasión irreductible.
No somos eternos.
Sobre los cadáveres de los falsos líderes,
vencidos en batallas sin librar,
se abonan los cimientos
de la nueva civilización.
…
A veces.
Algunas veces.
Mi esperanza es un reflejo
de mi propia inocencia.
Y te imploro,
que la arranques de mis pecados.
Al fin y al cabo,
todos estamos bendecidos
o malditos.
No tengo dudas,
que de esa manera,
harás resplandecer
el resto de mi vida.
Sufro tratando de entenderte,
cuando solo necesito vivirte.